Por Carlos Batalla

A la medianoche del 24 de diciembre de 1945, en Lima, como era costumbre, se escuchó “el alegre repique de las campanas, con que la Iglesia anuncia al mundo la fiesta de Navidad”, decía la nota de El Comercio al día siguiente. Para nosotros fue una fiesta de paz, en medio de la pena y el dolor del mundo, que aún tenía en la memoria las feroces batallas, los nocturnos bombardeos, las matanzas en los guetos, las inhumanas imágenes que había dejado recientemente la Segunda Guerra, esa hecatombe que duró de setiembre de 1939 a agosto de 1945. Sí, el mundo volvía a recobrar algo de ilusión navideña, pero con las heridas aún por cicatrizar. En el Perú, en tanto, la “Navidad del Niño del Pueblo” le daba sentido a la celebración. Había muchas cosas que pedirle al Señor.

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