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Dámaso Pérez Prado: 25 años sin “El Rey del Mambo”

Es uno de los pocos músicos cuyo nombre pasa a segundo plano frente a su apelativo universal: “El Rey del Mambo”. Dámaso Pérez Prado se llamaba y dio la vuelta al mundo varias veces llevando su inagotable música. Hace 25 años murió en la Ciudad de México, donde vivió desde que dejó su inolvidable pueblo de Matanzas en Cuba. Una trayectoria artística admirable y los ecos de su legado artístico en este nuevo post de Huellas Digitales.

Es uno de los pocos músicos cuyo nombre pasa a segundo plano frente a su apelativo universal: “El Rey del Mambo”. Dámaso Pérez Prado se llamaba y dio la vuelta al mundo varias veces llevando su inagotable música. Hace 25 años murió en la Ciudad de México, donde vivió desde que dejó su inolvidable pueblo de Matanzas en Cuba. Una trayectoria artística admirable y los ecos de su legado artístico en este nuevo post de Huellas Digitales.

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Dámaso Pérez Prado no componía canciones, lo que hacía era regalar al público “ritmos”. Buscaba la popularidad de sus creaciones musicales de una manera persistente. Y siempre lo logró. Como un rey Midas, todo lo que tocaba lo convertía en éxito.

Nacido en Matanzas, Cuba, el 11 de diciembre de 1916, el pequeño Dámaso se adiestró en el piano, y en su juventud se ganó la vida de esa manera: tocando piano, pero también componiendo y haciendo arreglos musicales en su pueblo natal.

A los 25 años, en 1941, decidió ir a La Habana donde formó parte de numerosas orquestas, como el Cubaney de Pilderó. La noche, música y bohemia lo gobernaron en los cabarets donde tocaba en La Habana Vieja y en la playa de Marinao.

En los años ’40, Pérez Prado empezó a buscar nuevas fórmulas rítmicas. Lo hizo incansablemente; inspirado en los giros del jazz, pero a la vez en la música tradición cubana. Hasta que logró formar su primera orquesta en 1945. Se llamó Conjunto Pérez Prado. Con ese nombre grabó discos para el sello RCA Víctor.

Dámaso era un trotamundos incorregible. Su trabajo de arreglista lo llevó a Venezuela para trabajar en importantes orquestas. Ya con la idea del mambo en la cabeza, intentó varias veces desarrollar proyectos con ese ritmo.

Hasta que llegó a México, al mismísimo DF, en 1946. Luego de hacer de pianista y arreglista en varios grupos orquestales, introdujo el ritmo del mambo (cuya fuente original es el ‘danzón’ cubano), acompañado por otros artistas compatriotas suyos como Benny Moré, pero especialmente por Ninón Sevilla, una vedette y actriz cubana, de gran popularidad en esos años.

Dos años después ya el mambo conquistaba el ánimo popular y, en verdad, el de todos los niveles sociales. Pérez Prado intervino en películas, aprovechando el ‘boom’ cinematográfico mexicano. En 1949 hizo los arreglos musicales de ‘Perdida’, en la que actuaron Agustín Lara, Ninón Sevilla y el torero Antonio Velázquez. Allí, mientras Ninón doblaba la voz de Rita Montaner, el maestro hacía solos de piano.

La leyenda cuenta que fue Benny Moré quien le puso el sobrenombre de ‘Car’efoca’ cuando alguien le preguntó sobre el autor de una composición de mambo que acababan de interpretar.

La década del 1950 fue, sin duda, la década del mambo. Y también fue la más productiva del cubano. Sus trompetas y percusiones se impusieron en ‘Qué rico Mambo’ y en ‘Mambo No.5’, colosales piezas que le dieron fama.

Algunos críticos y admiradores del ritmo empezaron a hablar y escribir de una ‘mambomanía’. En ese afán de popularizar el ritmo, surgieron figuras como las Dolly Sisters, una pareja de hermosas bailadoras cubanas que extendieron el mambo en todo el continente.

Los puritanos de entonces lo consideraban como un baile que aludía “descaradamente” a los movimientos sexuales; pero los jóvenes latinoamericanos lo impusieron, porque lo sintieron como suyo: enérgico y vivaz como su juventud.

Furor en Lima

La capital peruana no fue ajena a esa avalancha musical caribeña. La moda llegó a su clímax cuando el maestro -de solo 35 años- arribó al aeropuerto de Limatambo (Corpac) el 3 de marzo de 1951.

Horas antes de su llegada, una masa de fans se alistó para darle una gran bienvenida. Esos jóvenes se enfrentaron a las críticas y antipatías de un sector encabezado por el propio Cardenal Guevara; y a ritmo de mambo siguieron en caravana el automóvil convertible que conducía al músico de Matanzas.

Eran más de 20 coches y dos buses los que integraron la “comitiva”. La mayoría de los seguidores eran integrantes del Club del Mambo.

Los fanáticos del artista cubano lo siguieron hasta el Centro de Lima, y a su paso, el pueblo le demostraba su simpatía. Pérez Prado declaró luego a la prensa, y se mostró en todo momento como una persona educada y amable.

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El mismo día de su llegada, el Rey del Mambo compartió un cóctel con los hombres de prensa, los directores de orquesta y los músicos peruanos que se congregaron en el Hotel Bolívar. Esa misma noche dio un concierto extraordinario en el Club Lawn Tennis de la Exposición.

De los miembros de su orquesta que llegaron con él, uno se quedó en Lima. Se trató del saxofonista Freddy Roland (el ‘flaco’ se llamaba en verdad Ángel Bagni Stela), quien recaló en 1952, para formar aquí su propia orquesta, que llegó a ser muy popular.

Quizás para compensar, el popular ‘Car’e foca’ se llevaría años después a su equipo a un jovencísimo Alex Acuña, el timbalero que necesitaba.

En los años ’50 y ‘60, los limeños olvidaban sus penas en noches de furor vividas en locales del centro como el ‘Embassy’. Allí, el mambo y Pérez Prado fueron por años los reyes de la rumba.

El brillo de un artista

El popular ‘Car’efoca’, como le decían cariñosamente, estaba en su mejor momento. Tras su paso por Lima, participaría junto con el gran actor mexicano Joaquín Pardavé y el cantante Pedro Vargas en el filme ‘Del Can-Can al Mambo’ (1951), donde participó con su orquesta e interpretó ‘Qué rico mambo’, ‘Mambo en sax’, ‘Chula linda’, ‘Mambo latino’, ‘Mambo Baklán’ y ‘Muchachita’. Luego destacaría también en la cinta ‘Víctimas del pecado’ (1953).

Dámaso era un mago, un director precisó ante su orquesta, y capaz de rugir con ese gutural “¡Uuuuuuugh!” que aparecía en medio de sus canciones. Es por eso que su nombre nunca dejó de estar asociado a distintas formas rítmicas conocidas en su momento como ‘La Chunga’, ‘El Suby’ y ‘El Taconazo. Ya en los años 60 presentó ‘El Dengue’, en cuyo movimiento estrenó las canciones ‘Silvia’ y ‘El tartamudo’.

Su legado es inmenso. A los clásicos mambos ‘Muchachita’, el “Mambo del ruletero” y el inolvidable ‘Qué rico mambo’, se sumaron ‘Cerezo rosa’, una pieza exquisita, plena de melodía, ritmo y sabor.

¿El mambo es cubano?

A raíz de la decisión de Pérez Prado de vivir en México, este país se adjudicó el origen del ritmo, a pesar de que era evidente la influencia de la tradición musical cubana. Los mexicanos argumentaron que la orquesta de Pérez Prado se hizo con una mayoría de músicos de su país, y fue allí también donde el ‘Rey del Mambo’ grabó sus discos y participó en películas con sus composiciones.

Lo cierto es que el mambo le debe mucho al ritmo ‘progresivo’ del jazz norteamericano y también a la música de la isla caribeña, en una fusión que el propio Pérez Prado reivindicó. Fue (es) un ritmo del mundo.

Al mambo, como a cualquier pieza popular, no se le puede pedir una letra de profunda poesía, porque no la tiene sencillamente. Es, en cambio, un ritmo que es puro goce de los sentidos.

Luego del mambo vendrían el chachachá, la conga y otros ritmos populares, pero nadie olvidó el ritmo del ‘Car’efoca’, que nadie podía resistirse a bailar o tararear, con sus palabras ininteligibles como el “icuiricui” o el “macalacachimba”.

Una hemiplejia severa nos arrebató al “Rey del Mambo”, el 14 de septiembre de 1989. Hace 25 años. Sus restos no se han movido de la Ciudad de México.

(Carlos Batalla)
Foto: El Universal de México / GDA

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