Por ese entonces se decía que la incorporación de Baylón al Werder Bremen, donde ya jugaba Pizarro, era inminente. (USI)
Por ese entonces se decía que la incorporación de Baylón al Werder Bremen, donde ya jugaba Pizarro, era inminente. (USI)
Pedro Ortiz Bisso

El último partido que jugó Sandro Baylón fue uno de los triunfos más amargos en la historia de Alianza Lima. Aunque había vencido a Universitario en Matute, el 1-0 era insuficiente para revertir el 0-3 de la ida y ganar el título nacional.

Esa tarde de lunes de diciembre, Sandro abandonó el campo antes del final del encuentro: fue expulsado luego de una falta inexistente sobre Óscar Ibáñez. A pesar de ello, no hizo ningún reclamo. Cuando vio la roja, dejó la cancha tranquilo. Se marchó al trote, en silencio.

La temporada para Baylón no terminaba ahí. El zaguero se preparaba para participar en el Sudamericano Sub 23, que otorgaba cupos para los Juegos Olímpicos de Sidney. Era el capitán de un equipazo en el que destacaban Claudio Pizarro, Abel Lobatón y Marko Ciurlizza. Las esperanzas de triunfo eran altas, las de alcanzar su consagración también.

Un despiste mientras conducía su auto en la Costa Verde, en el amanecer del primer día del año 2000, acabó con su vida. Nunca sabremos hasta dónde pudo haber llegado. Por ese entonces se decía que su incorporación al Werder Bremen, donde ya jugaba Pizarro, era inminente. Su llamado a la selección mayor se daba por descontado. Alianza, decían los críticos, parecía haber encontrado al defensor que por tantos años buscó luego de la tragedia de Ventanilla.

Pero la vida es así, impredecible. Un segundo basta para quebrar miles de sueños. Como los que tenía Sandro, como los que tenían Alianza y la patria futbolera.

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