Ya ha pasado más de dos décadas desde que se establecieran los pilares de la descentralización en el Perú. Un marco conceptual sobre el cual descansaban grandes esperanzas para un desarrollo equilibrado y justo en el país. Las bases lógicas de esta aproximación sugerían que el otorgamiento de mayores poderes a los gobiernos regionales y locales podría llevar a que la gestión pública sea más eficiente, de calidad y con mayor rendición de cuentas, lo cual redundaría en un mayor bienestar ciudadano. Lamentablemente en el Perú, la distancia entre la teoría y la realidad ha demostrado ser enorme, pues gran parte de los problemas sociales, políticos y económicos a los que no se puede poner solución responden a un proceso fallido en el que se otorgaron fundamentalmente recursos financieros y responsabilidades en el papel, sin preocuparse en fortalecer las bases institucionales, operativas y de capital humano necesarias.