Imagen de Xavier Abril autografiada para su esposa. Esta edición sirvió de base para la edición del libro que reunió la obra del poeta y que editó la UNMSM el año 2006.
Imagen de Xavier Abril autografiada para su esposa. Esta edición sirvió de base para la edición del libro que reunió la obra del poeta y que editó la UNMSM el año 2006.
Renato Sandoval

“El conjunto es tan vital, tan humano, tan poético! Una gran fuerza pulmonar circula por cada verso, una fuerza circula por cada verso, una fuerza natural sanguínea, desbordante del calor natural de la vida. ¡Qué aire! ¡Qué amplitud! ¡Qué prepotencia! Tonifica y enciende, exalta y hace bien. Desborda en él la salud, encrespada y tranquila al mismo tiempo, de los aedas primitivos.”

Estas son las palabras certeras y entusiasmadas que a César Vallejo le motiva la publicación en Madrid de Difícil trabajo (1935) de Xavier Abril. Juicio sin duda justo e inapelable, en la medida en que la poesía abriliana está hecha de nervio y acero y que tiene en la sangre, en la muerte y en el sueño de la vida su más cara y lograda expresión.

Porque para Abril (Lima, 1905-Montevideo, 1990) —contemporáneo de César Moro, Enrique y Ricardo, Peña, Carlos Oquendo de Amat, entre otros escritores de la Generación del 30 o de la Crisis)— el oficio poético es una lucha cotidiana con riesgo de muerte, pues en él se juegan todas nuestras potencialidades en un espacio y un tiempo sin fin. Dice en su Descubrimiento del alba (1937): “La poesía es una dificultad que se vence a fuerza de perforarse el hueso íntimo, de quemarse diariamente la sangre, incluso perderse uno mismo más allá de toda intención y todo límite.”

Es por tal motivo que manifestaciones humanas como la locura y el sueño —que hasta después de la aparición de Trilce en 1922 habían estado prácticamente ausentes de la poesía peruana— irrumpen en la escena literaria nacional, y tienen en Xavier Abril, a la sazón publicando en Poliedro y Mundial, a su más adelantado exponente.

De este modo es como el surrealismo, a cuyo debate asistió Abril en Europa, llega pioneramente a Sudamérica, si bien para E.A. Westphalen el primer y único poeta surrealista que tiene el Perú era César Moro, lo que no fue óbice para que el mismo Emilio Adolfo, prologara magníficamente Difícil trabajo y señalara a Abril, parafraseando a Lucien Fabre como a uno de aquellos raros poetas encargados de “hacer retroceder los límites de lo inefable.”

¿Sueño o insomnio?

El carácter irracional y profundo es uno de los rasgos saltantes de la poesía abriliana, y tiene en el sueño (tópico por excelencia de los surrealistas) a su iluminada punta de lanza por la que se cristaliza la esencia oculta de las cosas. Por extensión, el sueño deviene instrumento clave del conocimiento artístico que concluye, dolorosamente, al despertar: “Todo viene a nosotros —la razón— cuando estamos durmiendo. Nos estiramos en la noche y oímos mejor el mundo. Nos vamos. Pero viene una gran pena de nuestra carne que nos devuelve a la mañana.”

Sin embargo, en ocasiones, del hecho de exponerse prolongadamente a esta actividad gnoseológica onírica hace que el poeta, muy sensible de por sí, de alguna manera se debilite y se resienta física y espiritualmente, experimentando angustia, insomnio, ansia de muerte y enfermedad: “Ni una sola noche se ha podido pegar los ojos. Y se espera amargamente el alba. Se ha de tener luz en los párpados para dormir libremente, pues los sobresaltos llenan de sombras y de fantasmas la noche. Asalta el sueño blanco, silencioso, huido de las sábanas.”

Es más, el poeta, atribulado ante el último tránsito, decía: “Muchas veces he querido morir en la oscuridad pese al miedo y al temblor en los dientes. (…) La taquicardia nos va matando la carne. Ya no se puede con el pecho. Uno quisiera estar en el aire para no ahogarse. ¡Pegado al oxígeno!”.

Xavier Abril en su casa en Montevideo, donde vivió hasta su muerte, en 1979.
Xavier Abril en su casa en Montevideo, donde vivió hasta su muerte, en 1979.

Eguren y el Descubrimiento del alba

Con respecto al mundo exterior, si la noche es bienvenida porque es el espacio en que de preferencia el sueño mágico y salvador, el día, por su lado, será entonces el ambivalente receptáculo de la muerte y del olvido, pues en él suelen extinguirse el sueño y nuestra alegría, pero acaso se inicia también la verdadera vida. Por eso dice al despertar: “Hay un gran olvido de todo hasta que el toque de las sirenas y el canto de los gallos. Después de esto, la necesidad de vivir. Porque del sueño a la mañana nos hemos dado de boca con la vida.”

Ello nos hace pensar inevitablemente en Eguren, para quien el amanecer era el momento en que sabia y dolorosamente se fundían la vida y la muerte. Compárese si no su conocido “Lied I” (”Era el alba…) con estos versos de Descubrimiento…: “Lápida borrosa y oculta en el bosque,/ más allá de la muerte del mármol/ y de la pátina del tiempo. (…) Muerta en el alba despertará en el aire la música dormida de las flores”, versos que, por lo demás, consagran a Abril como poeta diurno, al igual que Eguren, con quien tiene palmaria afinidad.

Caminando con Vallejo y Oquendo de Amat

Lo mismo se podría decir tal vez de su relación con Oquendo y Vallejo, de quienes fue gran amigo y admirador. Del primero hereda, o comparte, la frase simple y musical, la imagen primigenia y la amorosa contemplación de la vida natural y sencilla: “Tú vives lenta y suave en tono de nube antigua./ Tu país se eleva a la altura del canto elemental/ de las aves y de las florecillas silvestres.”

De Vallejo asume en ocasiones el tono adolorido y nostálgico cuando se refiere especialmente a la familia, lo que también se hacía patente tiempo antes en Valdelomar: “Esta vez que vuelvo de viaje no hallo a mi madre muerta. Solo la casa vacía, hundida del lado de la ausencia. En las paredes agrietadas de desconsuelo, trepan la yedra y el tiempo.”

Además, la expresión sentida y dislocada de Trilce: “Olvidarme de que a dolor existo. Y que en existir riego mi vida. De que en mi infancia no contaba a diez. No restaba el cero”; o bien la apuesta total a la vida y a la palabra de Poemas humanos: “Lo más inútil de la existencia tiene mi voto, mi consonancia entera. (…) Volveríame antiguo en perfecta tensión de ayer. Y lo demás sería de ponerse de pie.”

Espada en el corazón

Pero si bien la poesía de Abril tiene su sustento en el surrealismo y, más aún, en el simbolismo de Mallarmé, Rimbaud y Verlaine, se nutre al mismo tiempo de la mejor tradición española. En concreto, me refiero a la lírica del Arcipreste de Hita, Berceo, Jorge Manrique y a los místicos del Barroco, por un lado; así como a su correlato en el siglo XX: Lorca, Cernuda, Aleixandre, Guillén, Diego…, del otro.

Sean muestras de la sabiduría por experiencia y dolor, al igual que en Berceo y el Arcipreste, los versos: “Cuanto mis ojos han visto/ no digo dónde ni cuándo,/me consuela de morir.// Si duelos fueron, si alegrías,/ olvídéme de los nombres, de las fechas.”

De la austera pasión iluminada a guisa de San Juan de la Cruz o Teresa de Ávila: “A la vida del amor ya me has deshecho,/ la paz del corazón no tiene remedio.// Está transida el alma/ y la voz y mi mirada.// Cuanto en ti mis ojos/ desmayaban,/ la sombra de noche sepultaban.” Y por fin, de la trágica sangre española, con sabor a violencia y soledad lorquianas: “Me han dicho sierras de dolor,/ vegas de sangre,/ cuán parecido estaba a la soledad,/ bajo el cielo, su grito intenso, amortajado,/ LOS MÁS ABIERTOS QUE EN LA VIDA.”

Libros: Poesía soñada, que reúne su obra, y Hollywood, una recopilación de varios textos nacidos de sus viajes por Europa.
Libros: Poesía soñada, que reúne su obra, y Hollywood, una recopilación de varios textos nacidos de sus viajes por Europa.

Abril y su síntesis

Como quiera que sea, habría mucho que decir de la poesía de Xavier Abril (aun cuando se tendría que considerar que su obra abarca también, y de manera extendida, la crítica literaria, el cuento, la novela, el ensayo…) Baste por ahora señalar que pocos como él han tratado de asumir la poesía en su instancia más pura, entendida esta no como instrumento de fuga de la realidad que a cada segundo nos aprieta, sino como voluntad de fusionarse con ella en hueso, en sangre, en pensamiento, para lograr la verdadera unidad: “No alcanzaré a ser puro mientras no crezca yerba de mis pies. Hasta no saber oscuramente que en mí fluye el agua, crece el fuego, trashuman animales.”

Heredero de Eguren y Vallejo, Abril cancela a priori la bizantina polémica de los años cincuenta entre “puros” y “sociales”, ya que en él se conjugan, en algún momento de su escritura, lo mejor de nuestra tradición lírica que da razón de (casi toda) nuestra poesía actual.

De allí que sea imperativo una pronta edición o reedición de toda su obra (falta, además, tarea semejante con Francisco Bendezú, Pablo Guevara, Washington Delgado y un largo etcétera), sobre todo ahora que, salvo excepciones, padecemos de una poesía en gran medida retórica, abotagada, ufana de sí misma y de plana imaginación. Volver a los viejos maestros siempre será un ejercicio saludable y renovador.

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