La obra escrita por Tim Crouch tiene el propósito de desarrollar un personaje menor de la monumental tragedia de Shakespeare, Julio César; en ella, el poeta Cinna, en un acto de fina crueldad con alto valor simbólico, es linchado por una multitud furiosa que lo confunde con su homónimo, uno de los conspiradores del asesinato del dictador.
El dramaturgo inglés, sin embargo, le ofrece la oportunidad de expresar su visión del mundo a través de un poderoso monólogo en el que se nos invita a vivir la experiencia del protagonista: en condiciones ideales, lápiz y papel en mano, cada espectador debe acompañar a Cinna y escribir con él hasta volverse él. Los primeros versos compartidos son poderosos: “¿Coronar a César?/ Tendrá que ser con su muerte”.
La responsabilidad de la interpretación recae en Salvador del Solar, quien nos recuerda el notable actor que es. Aunque los ecos de su rol público en los últimos años aparezcan invocados por los temas de esta obra, y la obra misma sugiera que no hay arte que no sea político ni política que no sea representación, su desempeño posee una autonomía artística que se eleva cuando se disloca: víctima y verdugo, conspirador y testigo, turba y mártir. La propuesta lo obliga a deslizarse por distintos puntos de vista sin perder fuerza ni verdad.
No deben ser muchos los casos en los que un ex primer ministro de un gabinete en crisis ha llevado a las tablas una obra que aborda justamente el colapso de un sistema, pero es bastante probable que Crouch, tan aficionado al experimento, agradezca la coincidencia.
No es posible terminar esta recomendación sin elogiar la dirección de Tuesta, quien se ha valido de numerosos recursos propios del videoarte, la composición escénica y la iluminación para aprovechar las posibilidades del formato virtual: la disposición de las cámaras otorga dinámica y movilidad, las transiciones se marcan correctamente con distorsión y caos, el empleo del espacio teatral más allá del proscenio es un acierto que refuerza la idea de circularidad y cambio, las luces construyen intimidad pero también distancia y, cuando es necesario, épica. Aquí el teatro telemático parece un arte ya maduro y eso es un logro.
“Oh, César, oh, demiurgo,/ tú que vives inmerso en el Poder, deja/ que yo viva inmerso en la palabra”, escribía Rodolfo Hinostroza en “Imitación de Propercio”, versos que perfectamente hubiera cantado Cinna.
La Roma imaginada y el Perú por imaginar van unidos por las mismas sílabas: “No cantaré tu empresa, César:/ Hay un solo cantor para el ascenso/ y hay mil para el descenso”.