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"Emiliano Monge y sus cuentos crueles", por José Carlos Yrigoyen 

En su columna, "Columna vertebral", José Carlos Yrigoyen opina sobre "La superficie más honda", novela de Emiliano Monge.

Emiliano Monge

Los recursos narrativos que Monge emplea nutren estos relatos de una densidad propia.

Los recursos narrativos que Monge emplea nutren estos relatos de una densidad propia.

Fer_Velazquez



En “Solo importa que lo arreglen”, uno de los 11 cuentos que conforman La superficie más honda de Emiliano Monge (México, 1978), un hombre traslada a su pequeño hijo muerto en una mochila a lo largo de una ciudad de atmósfera apocalíptica para cumplir el deseo de su mujer: que le saquen ese frío que nos lo calla. La anécdota que vertebra este relato no solo es perturbadora y angustiante, sino también un buen ejemplo del carácter de un libro que toma la violencia como punto de partida y que, para expresarla en todas sus facetas, se sirve de personajes inseguros, torturados, enloquecidos, colmados de dobleces, y cuya incapacidad para entender el mundo que habitan acaba por destruirlos de diversas formas. O algo tan funesto como eso: les confirma que su condición de derrotados no tiene tregua ni final.

La superficie más honda, como sucede con los buenos libros, escapa a las trampas que su planteamiento propone. Un volumen en el que lo siniestro, lo anormal y la maldad son los temas preponderantes corre siempre el enorme riesgo de convertirse en un catálogo de horrores, en un compendio de cadáveres donde una secuencia de atrocidades y actos extremos se sucede, volviéndolos intercambiables, epidérmicos y predecibles. Los cuentos de Monge —quien además es autor de dos novelas de primer orden, El cielo árido y Las tierras arrasadas— han sido debidamente saneados contra esa plaga. Los antídotos son, en primer lugar, una prosa precisa, contenida, que nunca se regodea en la crueldad o en la monstruosidad que aborda, sino que profundiza en ella como un imperceptible escalpelo que horada la piel sin hacer brotar escandalosa sangre; apenas si lo sentimos como un incómodo escozor que no sabemos hasta cuándo o dónde profundizará. Por otro lado, los recursos narrativos que Monge emplea —como las acertadas elipsis o las descripciones cifradas y ambivalentes de los lugares y acciones—, así como un desgarrado humor que nunca se desborda, nutren a estos relatos de una oscura densidad propia de un gran vacío que todo lo devora.

La superficie más honda, de Emiliano Monge

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Literatura

novela
La superficie más honda
Editorial: Random House, 2017
Páginas: 146

De todos los cuentos, destaca un puñado en los que la pretensión del autor alcanza alturas notables en su propósito de hallar y ahondar en los diversos rostros de la violencia. “Alguien que estaba ahí sobrando”, ambientado en un pueblo del convulso México de nuestros días, es el inadvertido descenso al infierno de un forastero que llega a una localidad donde el velado desprecio por los extraños va tornándose, página a página, en un hostigamiento psicológico que, ante la imposibilidad de solucionar un malentendido, devendrá en tragedia. La incomunicación —en este caso entre el protagonista y sus captores— es una de las circunstancias que desencadena el espanto. Así sucede también en el delicioso “Mejor hablemos de mí”, donde una escritora de éxito va desgajando en su megalomaniaco discurso los entretelones de su demencia homicida, mostrándose incapaz de someterse al interrogatorio que dos policías intentan inútilmente entablar.

Otra de las variantes de esa violencia en la que hurga Monge es el sacrificio del diferente, del incomprendido cuya sola existencia incordia y merece el sadismo o la eliminación. “Una lúgubre satisfacción” tal vez no sea el mejor cuento del conjunto, pero sí es aquel en que la sensación final para el lector no puede ser más agobiante y demoledora. Fabricado a base de un incidente aparentemente ínfimo, los diálogos y pensamientos del padre que debe llevar a su hijo adolescente al hospital para que le extirpen el apéndice contaminan sus aparentemente loables intenciones y nos develan el pasado entre ambos hasta convertir la mesa de operaciones en un altar donde se ejerce un escalofriante rito de venganza. El libro se cierra con una ficción de desenfadada sordidez, “La tortura de la esperanza”, en el que el lado más salvaje y despiadado de la niñez se expone hasta las últimas circunstancias que envuelven la humillación y el sufrimiento a los que es sometido un muchacho aspirante a ser como los demás y cuyo envilecimiento cobra en él mismo a su principal víctima. La superficie más honda es un libro sumamente recomendable, como todos los que ha publicado Emiliano Monge hasta ahora.

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