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Cuando Ernest Hemingway llegó al Perú para pescar un merlín - 4
Carlos Batalla

Ocurrió hace exactamente 60 años, el lunes 16 de abril de 1956. El escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) alborotó la ciudad de Talara, en Piura, a donde llegaría a las 6 y 45 de la mañana, junto con su esposa Mary Welsh, un capitán de pesca y dos amigos, uno de ellos el deportista cubano Elicin Argüelles.
 
Los visitantes arribaron a un reluciente aeropuerto talareño, que se reinauguró justamente ese mismo día. Dos años antes, en 1954, el escritor sufrió dos accidentes aéreos en África (incluso lo dieron por muerto), pero como compensación anímica obtuvo el Premio Nobel de Literatura de ese año. Por eso llegó al Perú bañado en gloria literaria.

Hacía cuatro años, en 1952, que en las playas de Cabo Blanco habían pescado el primer merlín negro del mundo (según la prensa de unas 1.000 libras de peso que representaban 453 kilogramos). Lo tenían desde entonces disecado en el salón principal del Fishing Club de Cabo Blanco, local en el que se alojó justamente el famoso novelista.

Hemingway, cabello blanco y ensortijado, iba a dirigir personalmente algunas tomas exteriores de la pesca de otro merlín negro, necesario para la película “El viejo y el mar” (1958), que protagonizaría Spencer Tracy (ganaría por ello el Óscar a Mejor Actor)  y que se estaba grabando en base a su novela homónima de 1952.

Desde Cabo Blanco, el autor de “Por quién doblan las campanas” (1940), el hombre invencible de 1.83 m. de estatura, fue la noticia de toda la semana. Llegó con la fama no solo de ser un potente fabulador sino también “un pescador, cazador, boxeador, amante, bebedor, torero aficionado y soldado”, como lo describía el enviado especial del diario El Comercio, Mario Saavedra-Pinón Castillo. 

El novelista hablaba un español casi perfecto, y en Piura accedió a una entrevista con Saavedra-Pinón. Ese primer contacto con el periodismo nacional fue clave para medir el talante con el que visitó el país el Nobel literario: buscaba un pez, el merlín negro; y cuando Hemingway buscaba algo… No se rendía así nomás.

Dijo para la edición del martes 17 de abril de El Comercio que confiaba en la potencia de la literatura latinoamericana. “Sus posibilidades son ilimitadas”, decía con certeza porque sentía que eran “pueblos con una gran historia y un rico idioma”. Citó a Ciro Alegría, Rómulo Gallegos y hasta a Gabriela Mistral, pero su percepción iba más allá: se adelantaba a la aparición de los escritores del boom literario de los años 60.

Luego de opinar sobre periodismo y su experiencia como corresponsal de guerra, Hemingway ratificó que venía a esas playas del norte peruano para conseguir a su “tercer personaje”: el gran merlín.  Habló también del Nobel y confirmó lo que ya se sospechaba: “El dinero que obtuve al ganar el Premio Nobel ya no existe, pero en cambio no tengo deudas”, precisó.

El martes 17, “Ernie”, como le decía cariñosamente su mujer, se instaló en Cabo Blanco y allí vivió semanas de relativa paz y calma. Por las mañanas leía el “New York Times” (el “Times”), pero su obsesión era el merlín. El miércoles 18 de abril aun no podía pescarlo. El mal tiempo de la zona conspiró contra la hazaña. Ese día el escritor permaneció nueve horas en alta mar. Pero nada.

Para intentar pescar el merlín, el narrador y su equipo se treparon a la lancha “Miss Texas” -escoltada por la lancha “Pescador II” donde viajaba su esposa Mary- con la que salían siempre a las 8 y 30 de la mañana y regresaban antes de las 6 de la tarde. El jueves 19 de abril, como el día anterior, viajó con el equipo de producción de Warner Bros, integrado por seis personas.

Al día siguiente, el viernes 20, Hemingway declaró a El Comercio (edición sábado 21 de abril) que, pese a su deseo, no podría ir a conocer Lima, pero prometió visitar la capital cuando sea la feria taurina. Su agenda se había complicado. Por motivos de salud de una parte de la tripulación no salieron a alta mar ese viernes.

Pero el norteamericano era una persona paciente. Estuvo en Cabo Blanco todos esos días, con la cara roja por el sol, intentando atrapar al merlín con persistencia. La mejora del tiempo prometía que ese fin de semana podía haber más posibilidades de pesca.

Por ello salió con renovadas fuerzas el sábado 21. Se debió quedar en ese puerto talareño -la mayor parte del día en alta mar- más de un mes. Hasta que consiguió pescar no solo uno sino cuatro merlines, siendo uno de ellos de más de 300 kilos de peso; es decir, casi tan grande como el que se exhibía disecado en el histórico Fishing Club de Cabo Blanco.