No una sino muchas Lee Miller - 5
No una sino muchas Lee Miller - 5

París, 1944. La Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin y los nazis se retiran. En su taller, Pablo Picasso espera en suspenso el desenlace de tantos horrores hasta que finalmente golpean a su puerta. Al abrir se da con una sorpresa, se trata de una mujer vestida de militar. Una belleza que empieza a marchitarse y a quien reconoce de inmediato: “¡Qué maravilla!”, le dice el pintor. “¡Este es el primer soldado aliado que veo… y eres tú!”.

Se trata de Lee Miller, a quien Picasso conoció años atrás. Una dama de notoria reputación y también una fotógrafa consumada que formó parte del movimiento surrealista. Picasso de inmediato se da cuenta que la juventud de Miller ha quedado atrás. Pero no solo eso. Hay también una sombra de amargura que la guerra está dejando impresa en su semblante y que se acentuará después, cuando Miller sea testigo de la liberación de los campos de concentración y del fusilamiento de autoridades nazis. Nadie puede reponerse a tanto dolor. Y Lee Miller, además, comprende en ese punto de su vida que la paz no termina con el dolor ni con los males de este mundo. Sabe que es el comienzo de una era siniestra y que la fiesta, aquella en la que reinó alguna vez, ya terminó.

¿QUIÉN FUE LEE MILLER?
Se trata de una interrogante aparentemente fácil de responder: una fotógrafa. Sin embargo, un personaje de las dimensiones de Lee Miller merece mucha más atención. Ningún ser humano que haya vivido tanto es tan fácil de ser etiquetado. A los 22 años era ya una admirada modelo de “Vogue”, poco después se relacionó con los surrealistas, se casó con un millonario egipcio que la convirtió en la más solicitada anfitriona de El Cairo, tuvo una legión de amantes entre quienes se contaba su mentor Man Ray, fue corresponsal de guerra y, finalmente, ya en el retiro, una señora bastante seria a quien la gente difícilmente identificaba con todas esas mujeres que había sido en el pasado. Porque Lee Miller no fue una sino muchas.

Nació en 1907 en un pueblo neoyorquino de nombre impronunciable, Poughkeepsie. Y pronto se inicia en la fotografía de la mano de su padre, quien la anima a viajar a Europa. Fue el comienzo de una serie de idas y venidas entre Europa y América en las que se fue haciendo conocida gracias a una belleza clásica y, sobre todo, a una personalidad única. Como en todas las historias extraordinarias, en la suya también hay una serie de casualidades que cambiaron su destino. Un día en Nueva York, la joven está a punto de ser atropellada por un auto pero un caballero le salva la vida. Se trata de Condé Montrose Nast, el famoso publisher y dueño de la revista “Vogue”. Su belleza no pasa desapercibida para el magnate de la prensa, quien le ofrece trabajo como modelo. Fotografiada por Edward Steichen, la imagen de Lee Miller dio la vuelta al mundo en un abrir y cerrar de ojos.

Pero Miller es ambiciosa y confía sus deseos de convertirse en artista a Steichen. Entonces, su vida da un nuevo giro. El fotógrafo le recomienda que se mude a París y que se reúna con Man Ray, a quien le escribe personalmente para que tome a la muchacha como pupila.

No sería posible detallar toda la historia de Lee Miller. Lo cierto es que junto a Man Ray, de quien aprende el arte y oficio fotográficos, su vida se transforma radicalmente. Enamorados recorren Francia y se relacionan con todos los artistas de su tiempo. Su vida habría de cambiar nuevamente cuando conoció al millonario egipcio Aziz Eloui Bey. Pero el matrimonio se disuelve en 1939 y Miller se muda Londres. Entonces estalló la guerra.

EL MUNDO EN LLAMAS
Enamorada en aquella época del artista británico Roland Penrose, Miller decide quedarse en Europa. Siempre acreditada por “Vogue”, realiza reportajes sobre las mujeres durante en la guerra. Finalmente, en julio de 1944 se embarca hacia Normandía para cubrir notas sobre el Ejército estadounidense. Junto a los aliados marcha a París, donde se reúne con Picasso, Paul Éluard y Jean Cocteau, entre otros amigos.

Y junto a David E. Scherman, un colega de la revista “Life”, decide cubrir el frente. Presenciaron la derrota de los nazis y recorrieron una Alemania convertida en ruinas. Pero nada los preparó para lo que presenciaron al llegar a los campos de concentración de Buchenwald y Dachau. Las fotos que Miller ha dejado de aquellos momentos no pueden ser más brutales. Allí está la prueba más contundente de la maldad humana. 

“Miller, al igual que muchos otros, se sintió amargamente desilusionada después de la guerra”, escribe Stefan van Raay en el catálogo de la exposición en México. “Los ideales y la tenacidad para combatir el mal no lograban erradicar el oportunismo de malhechores y políticos corruptos. Parecía que los sacrificios de los soldados y los civiles, la muerte de tantos amigos y la destrucción de la civilización habían sido en vano”. Sin embargo, la fotógrafa no volvió a casa. Siguió viajando por la Europa devastada y registrando los horrores. 

En 1946 es testigo de la ejecución de Lászlo Bárdossy, ex primer ministro fascista de Hungría. “Me estaba asomando por una ventana cuando ejecutaron a Bárdossy, criminal de guerra”, escribió Miller. “Su voz aguda clamaba: Dios salve a Hungría de todos estos bandidos”. Las fotos que tomó de aquella ejecución son consideradas documentos históricos.

A pesar de ser recibida como una heroína por sus amigos, Lee Miller nunca volvió a ser la misma. Siguió trabajando para “Vogue”, aunque sin la brillantez del pasado. Murió el 21 de julio de 1977. Tenía 70 años. Fue su hijo Antony Penrose quien descubrió sus archivos en un desván. Nunca se había imaginado que su madre había sido una mujer de tal calibre: “Lee Miller fue mi madre. Durante su vida yo, como casi todas las personas, ignoraba el volumen y la calidad de su trabajo. Tras su muerte, sus fotografías fueron descubiertas más o menos por accidente, y a lo largo de los últimos 36 años me he esforzado en dar a conocer su obra. A ello he añadido la satisfacción de conocer a mi madre, quien fue para mí prácticamente una desconocida mientras vivió”. 

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