Este año, el Día del Maestro se conmemora en una circunstancia inusual. (Ilustración: El Comercio)
Este año, el Día del Maestro se conmemora en una circunstancia inusual. (Ilustración: El Comercio)

Hace unos días me enteré de que una de mis alumnas se ha contagiado de coronavirus. Su mamá también. Por suerte, no son casos graves. Pero me pide tiempo para presentar sus tareas. Lo más importante es tu salud y la de tu mami, tranquila, ya habrá tiempo para estudiar. Esta misma semana, otra alumna presentó como proyecto para su cortometraje una historia en la que la protagonista decide contraer voluntariamente el virus. ¿Por qué? Para poder pasar la cuarentena con su enamorado que se contagió primero. Su motivación: teme que se consiga otra con quien pasar la pandemia. Csm. ¿Habré leído mal? Será que los años me han vuelto un descreído del amor romántico –le digo–, pero ese argumento me parece un poco inverosímil, por no decir que es más tóxico que el COVID-19. Profe, es como “Romeo y Julieta”. Claro, porque los dos van a terminar muertos. ¡Qué malo, profe!

Antes de mandarla en catapulta a la ‘bica’, hacemos una encuesta en plena clase virtual. A ver, queridos, si sus enamorados contrajeran el COVID-19, ¿ustedes se contagiarían a propósito para acompañarlos? Profe, no me lo chapo ni cuando está con gripe, lo voy a estar besando con COVID xD. A lo mejor puede venderlo como capítulo de “La rosa de Guadalupe”, profe. O tal vez no es que quiera cuidarlo –interviene otro–, pa’ mí que hay otras razones. ¿Cómo cuáles? Lo quiere ir a ver para poder hacer el delicioso. ¿El qué? El ‘deliciousss’, prosor, el ‘sin respeto’, ya van 100 días de cuarentena, sea consciente. Recién entonces caigo en que ellos tienen 20 años. Son otras sus preocupaciones. Perder un año encerrado a los 40 no es gran cosa. Que un virus te robe la euforia de los 20 duele en las ganas y en las gónadas. El cuerpo les pide “Safaera”.

Este ciclo, los cortometrajes de mis alumnos giran en torno a la pandemia: “No eres tú, es el virus”, se titula uno. Sus historias hablan de los lazos humanos que pugnan por encontrar nuevos caminos. No nos resignamos a estar separados, parecen gritar. Hay de todos los géneros: Sci-Fi: un chico crea un portal para visitar a su novia en cuarentena. Comedia: un policía intenta arrestar a un ladrón sin romper el protocolo de la distancia social obligatoria. Drama: un hombre usa un proyector y las fotos de su esposa para seguir teniéndola presente tras su muerte. Documental: al estar encerrada, una niña descubre la violencia en su propia casa.

Es difícil ser profesor sin involucrarte emocionalmente con los conflictos de tus alumnos. Especialmente cuando dictas un curso que enseña a contar historias. El ser humano narra lo que lo aqueja, lo que no consigue entender. Narrar es una forma de descifrar.

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Ayer me escribió un chico al que ya había tachado de la lista porque a tres semanas de acabar el ciclo no ha presentado ninguna tarea. Me contó que lleva semanas ausente porque está intentando rescatar su pequeña empresa, la que le da de comer, la que le permite pagar sus estudios. Ahora ya está más tranquilo e intenta ponerse al día. Adjuntó a su mail todas las tareas del ciclo. Hizo en un par de días una chamba que a sus compañeros les tomó semanas, meses. Y estaba bien hecha. La corregí y lo felicité. Compadre, le dije, yo a veces no tengo fuerzas ni para cambiarme el pijama. No sé cómo lo has logrado. Te admiro. Yo dicto las clases en bóxer.

Tengo otro alumno que tiene su mamá con cáncer. Ya tenía la enfermedad antes de la pandemia, pero esto hace que llevarla al hospital y seguir su tratamiento sea más complicado. Mi alumno, sin embargo, además de llevarla al hospital, sigue haciendo sus tareas. Está escribiendo el guion de su cortometraje sobre ella. Cuando corrijo sus avances en plena aula virtual, solo él y yo sabemos que la historia no es una ficción. Solo él y yo sabemos que la protagonista existe, que está en una cama luchando por sobrevivir. ¿Cómo corriges una tarea así? No estamos preparados para esto.

Me tomó tiempo darme cuenta de que aprender a ser un buen profe en plena pandemia no tiene tanto que ver con saber conectarte al aula virtual o con programar de forma eficiente actividades en el Blackboard. Vamos, que ha sido difícil aprender, preparar una clase ahora nos toma el triple de tiempo y esfuerzo, pero lo hemos logrado.

Sin embargo, lo realmente revelador de estos días en que a todos se nos empieza a llenar el bote de agua ha sido recordar que detrás de cada alumno que termina o no termina su tarea hay un ser humano que, al igual que tú, intenta mantener la cabeza fuera del agua.

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Es curioso que durante la primera mitad del ciclo estuve enseñándoles a mis alumnos algo que a mí mismo se me estaba escapando: la importancia de la empatía en la narración. Les decía: “Si sus lectores no logran identificarse con sus personajes, si no aman lo que ellos aman y no desean lo que ellos luchan por alcanzar, el conflicto de la historia carece de sentido”.

Ahora recién comprendo algo tan evidente como esto: el conflicto en la vida de nuestros alumnos no son las tareas que les encargamos. A lo mucho, son un detalle complementario en la trama de sus vidas. Mucho más importante para ellos es no alejarse de sus novi@s, mantener sana a su familia, a flote su negocio e intactas las esperanzas de que el mundo no se vaya al diablo y ellos puedan algún día volver a disfrutarlo.

Mis clases han cambiado. Todavía intento enseñarles sobre técnicas narrativas, pero cuando veo que un alumno ha subido tarde su tarea yo igual la corrijo. Y cuando me proponen un guion tipo “La rosa de Guadalupe”, me digo: no seas tan cruel que todos andamos sensibles en estos días.

Pienso en esas casas donde se escriben esas historias. Casas con padres y madres preocupados por conservar sus empleos, con chicos que al igual que yo extrañan ir a conversar con sus amigos, bailar, abrazar a sus novi@s sin temor a infectarse, y entonces busco un cuento reconfortante para empezar la clase.

Tal vez lo más importante de enseñarle a alguien a contar una historia sea recordarle que hace decenas de miles de años nuestros antepasados empezaron a contarlas para reunir a la tribu junto al fuego y sentirse protegidos y acompañados en espera del alba.

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