Conversar con Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955) es, de alguna manera, leerlo. Uno va recorriendo sus anécdotas y ocurrencias como quien pasa las páginas de una historia personal tan entretenida como voluminosa. No es de extrañar, pues, que su regreso a las publicaciones sea a través de la bitácora de un itinerario personal de aventuras literarias, musicales, cinematográficas o fogosamente vitales. No es de extrañar, tampoco, que ‘aventura’ sea su palabra favorita.

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