Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad Católica, entre los premios de Miguel Ildefonso destaca el Nacional de Literatura 2017 por "El hombre elefante y otros poemas" (Foto: Mario Zapata)
Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad Católica, entre los premios de Miguel Ildefonso destaca el Nacional de Literatura 2017 por "El hombre elefante y otros poemas" (Foto: Mario Zapata)
Enrique Planas

Hablar de “Comentarios reales de los Incas” nos remite al Inca Garcilaso. Pero también al poemario de carácter histórico “Comentarios reales” que el entrañable Antonio Cisneros publicó en 1964. Por eso, el más reciente libro del poeta Miguel Ildefonso, “Comentarios irreales” juega a ser una doble relectura (o doble parodia) tanto de la historia peruana como de la poesía histórica.

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¿Qué habría dicho Toño al ver cómo juegas con su título?

(Ríe) Seguramente le hubiera gustado. Me habría besado en la frente, como solía hacer con los poetas jóvenes a los que les había agarrado camote. Es un homenaje para él, a su enorme influencia, por supuesto. Este libro lo tenía pensado hace tiempo, siempre había querido hacer algo histórico. En otros poemarios tengo pasajes de la historia, pero nunca en el conjunto de un libro. Sin embargo, este título no fue algo preconcebido. Surgió al último, luego de juntar una serie de apuntes, datos, lecturas diversas. Fui coleccionando datos poco conocidos, parte de la historia no oficial, como traiciones militares o la corrupción de los gobiernos. Me apoyé en esta recolección para ir armando el libro. Somos un país con mucha historia, y desde la educación escolar, siempre estamos trayendo el pasado al presente.

Este libro tiene mucho de balance generacional...

Mi generación, la del noventa, marcó el agotamiento de varias estéticas, post vanguardia. Leyendo a mis coetáneos, se advierte que todos compartimos la preocupación por qué lenguaje utilizar ahora, pues no hay una tendencia renovadora. Eso nos obliga a rescatar aspectos de la tradición que, quizás por mi formación, siempre estoy revisándola. Quizás hay otros poetas más experimentalistas y arriesgados en cuanto a lenguaje, pero yo lo hago a mi manera, en el diálogo con nuestra historia social, colectiva. Y eso está muy patente en este libro. Siempre he hecho homenajes poéticos a mis autores favoritos como Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza o los miembros de la generación del 50 y 60. Este libro es un guiño tanto a los “Comentarios Reales” de Cisneros como al “Cementerio General” de Tulio Mora.

Antonio Cisneros, autor de "Comentarios Reales", referencia inmediata para el libro de Ildefonso.
Antonio Cisneros, autor de "Comentarios Reales", referencia inmediata para el libro de Ildefonso.

Cuando hablas del agotamiento del lenguaje en los poetas de tu generación, ¿Tiene eso que ver con un sentimiento de orfandad, la ausencia de casi todos los grandes referentes?

Quizás hoy el poeta actual más importante sea Mario Montalbetti. Y no es gratuito que su trabajo se centre en el plano lingüístico. Eso tiene que ver con la búsqueda de un nuevo lenguaje para expresar lo que hoy está sucediendo. En términos sociales, siempre se habla de la crisis de la utopía, y si vemos el pasado, los poetas siempre han estado apoyados por una utopía ideológica: Vallejo es el mejor ejemplo. Pero desde la caída del muro, vivimos una larga incertidumbre social. Si bien la utopía es siempre necesaria, vemos que ésta camina por otro lado. Instalados en la tecnología y lo virtual, hemos dejado atrás las antiguas ideologías, sea la tendencia que sean, porque ya no funcionan para interpretar la sociedad. Se han convertido en reliquias. “Comentarios irreales” no es un libro de historia, tampoco intenta documentar una utopía. Esta es una contribución humilde y pequeña para entender el momento, cómo estamos siendo construidos actualmente.

Retrato de una generación: Tulio Mora al extremo izquierdo, al lado de Dalmacia Ruiz Rosas, Enrique Verástegui, Carmen Ollé, Jorge Pimentel, Óscar Orellana, Carlos Alberto Ostolaza, Roger Santiváñez y Eloy Jáuregui. Foto de un recital de 1983.
Retrato de una generación: Tulio Mora al extremo izquierdo, al lado de Dalmacia Ruiz Rosas, Enrique Verástegui, Carmen Ollé, Jorge Pimentel, Óscar Orellana, Carlos Alberto Ostolaza, Roger Santiváñez y Eloy Jáuregui. Foto de un recital de 1983.

Una demostración de que hemos perdido la utopía es que tu libro se centra en la denuncia de la corrupción histórica. Y pones a dialogar historia permanentemente con el presente.

Mi promoción creció en el desencanto. Nuestra mayor preocupación ha sido cómo construir el entusiasmo colectivo. Con irreverencia, lo que hago es casi un trabajo de arqueología: jugar con las capas de la historia. Por eso actualizo sucesos que sucedieron hace 200 años conectándolos con los de ahora. Para mí, el ser humano es una permanente repetición, nos entusiasmamos para luego desencantarnos. Y eso nos lleva a experimentar un cansancio de la historia. Por eso ya no nos creemos las narrativas heroicas, ni los mitos que justifican una idea de nación. Desde la parodia de la historia, intento cuestionar nuestra argumentación de una nación, cuya idea de progreso para mí resulta depredadora.

La generación del 90 ha sido la última que ha podido tener una relación estrecha con los poetas hoy considerados clásicos: Romualdo, Verástegui, Cisneros, Watanabe. ¿Cómo viven esa ausencia física los poetas más jóvenes?

Hago talleres desde hace mucho tiempo y tengo contacto con los poetas más jóvenes. Al no haber ahora una tendencia dominante, andan en busca de su propia tradición. Desde jóvenes buscando la onda beatnik, hasta otros, más líricos, que siguen la poética de José Watanabe. Está en ellos el afán de descubrir algo personal, sus propios referentes. Lo interesante es que hoy se respira mayor libertad. En los 90, sentías la presión por la “institución poética” existente, que creaba tendencias de escritura y pensamiento poético. Allí estabas, confrontándote con los “sociales” y los “puros”. Hoy ya no existe eso.

Poeta José Watanabe. (Foto: Felix Ingaruca/ El Comercio)
Poeta José Watanabe. (Foto: Felix Ingaruca/ El Comercio)

Llegado a los 50, estás en una edad en que aquellos poetas clásicos ya eran grandes figuras. Hoy día casi no existe la presencia social del poeta, el reconocimiento público...

Eso sucede en todo el mundo. El afán social de encumbrar a líderes culturales se ha perdido. Y no hay una renovación. Quizás ocurre con la poesía lo que antes le sucedió a la música clásica, que se ha vuelto solo para especialistas. Hasta que llegue un nuevo tiempo, no lo sé.

Te hacía esa pregunta pensando en los dos últimos poemas del libro, dedicados a Alejandro Romualdo y a Enrique Verástegui. La presencia del poeta como referente, cuyas casas eran incuso lugar de peregrinaje...

Hace unos días conversaba con Carlos López Degregori, y él me decía algo parecido. Creo que, desde Eduardo Chirinos, nos hemos quedado sin poetas de vanguardia, justamente por el agotamiento de los lenguajes. Quizás vivimos una nueva forma de entender la poesía, una en la que no existen los héroes. mis homenajes a Romualdo y Verástegui son algo distintos con relación al resto del libro, pero tienen que ver con cierta denuncia, la intención de mostrar aquello que se pretende ocultar. El poema a Verástegui lo escribí a un mes de su muerte. Fue alguien muy querido para mí, que me influenció fuertemente al inicio de mi trabajo. De Romualdo celebro su “Canto Coral a Túpac Amaru”. Siendo parte de la generación que creció con Velasco, ese poema se quedó en nuestro subconsciente. Son cosas que afloraron, que se colocaron solas en el libro. No puedo explicarlo.

Alejandro Romualdo en imagen de fines de los años setenta.
Alejandro Romualdo en imagen de fines de los años setenta.

Ambos representan a un ciclo virtuoso e irrepetible de las generaciones poéticas en el Perú, que van del 50 al 70.

Claro. Romualdo representa lo social, algo que Cisneros renovó en la década siguiente con un lenguaje más puro. Y Verástegui asumió lo social con Hora Zero, asumidos todos como provincianos migrantes, pero con un lenguaje experimental.

Recientemente has pasado por la experiencia más radical en tu vida: sobrevivir al Covid-19. ¿Cómo sales de ese trance?

Nunca me había enfermado gravemente ni había estado en un hospital. Esta ha sido la primera vez, y sentí todo ese proceso como si hubiera estado en otra dimensión. Caí en un foso y salí de pronto. Aún tengo secuelas, pero fue como verme a mí mismo en una película. Me internaron en el Almenara, donde yo había nacido y donde murió hace poco mi madre. Estuve consciente durante esos diez días en el hospital, con el 60 % del pulmón comprometido. Pero intento tomarlo como un aprendizaje para la vida. Podría decirte que antes de enfermarme había pensado dejar de escribir. Durante la pandemia escribí mucho y cerré proyectos. Ya tenía muchos inéditos y algunos se me juntaron al publicarlos. Y justo caí. Al salir de la enfermedad, veo las cosas desde otro ángulo. Como una motivación. Cuando era joven y nunca me había tocado, escribí sobre la muerte. Pero enfermarme fue lo más cercano que he estado de ella.

Miguel Ildefonso venció recientemente al Covid. La experiencia lo ha llevado a reflexionar para un nuevo proyecto literario. (foto: Mario Zapata)
Miguel Ildefonso venció recientemente al Covid. La experiencia lo ha llevado a reflexionar para un nuevo proyecto literario. (foto: Mario Zapata)

Los jóvenes escriben de la muerte desde una sensación de inmortalidad.

Así es. Hasta que con la experiencia adquieres otra visión. Todo esto me ha hecho repensar muchas cosas, reformularme. Antes sentía que ya había dicho todo lo que quería, pero la muerte aparece ahora como un tema más. Yo me enfermé viajando en bus a Cerro de Pasco, para visitar el pueblo de mi papá. Quería conocer el campo dónde había vivido su infancia, descubrir mis raíces. Relacionaba la falta de oxígeno con la altura, pero luego descubrí que me había enfermado y regresé mal a Lima. Luego que salí del hospital, mi hermana recordó que me había bañado en el río. Y mamá decía que cuando uno sale del río, siempre debía llamarse por su nombre para que el río no se quede con tu alma. “Tú no llamaste, pues Miguel. Tu alma se quedó allá”, me dijo. Sobre ese viaje, tan parecido al de Pedro Páramo, quiero escribir ahora.

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