La primera novela de Raúl Romero no tiene una narración típica. No es la historia de un personaje que va de un punto hacia otro, que se topa con gente o situaciones que alteran su “travesía” y le ayudan a entender algo sobre sí mismo. Tampoco es una historia de introspección personal; en cambio, es sobre un intento de transformación física, donde el protagonista, que es un alter ego del autor, busca una mejora su salud. Al mismo tiempo, es una conversación de diálogos unilaterales donde hay un “personaje” adicional que no respira, no habla, no vive, pero que es el disparador del texto.

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