Cuando se apagan las luces, la sala queda completamente en silencio. Es de noche y los asistentes inician la comunión con la voz poética del peruano más universal, a través de la voz humana que lo mantiene despierto, vigente, poderoso, como si aún tuviera 30 años y se llenara las manos de versos y el alma de Perú. “¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida”, alza la voz Delfina, mientras ingresa al escenario, que agradece el calor de su presencia. Y sigue: “¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas”. Desde su mundo inconmensurable, desde su dimensión Trilce, desde su planeta Poemas humanos, desde su Tungsteno, sus Heraldos, su España, su Paco Yunque, César Vallejo apoya el rostro en su mano derecha, hecha puño, y contempla la función. No necesita palabras: habla a través de ella.

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