Las imágenes de destrucción se repetían a lo largo de los más de 200 kilómetros de litoral afectado en Ecuador: sobre calles en las que solían levantarse casas, edificios y hoteles, ahora se apilaban toneladas y toneladas de escombros.


En Portoviejo, Ecuador, el incólume estadio de fútbol servía de centro de acopio, improvisado mortuorio y de morada para evitar que los lugareños volvieran a pasar la noche a la intemperie por temor a las incesantes réplicas, que ya sumaban más de 540.

La madrugada del miércoles, un fuerte temblor de 6,1 de magnitud azotó nuevamente la zona cero despertando a miles que, despavoridos, salieron de sus casas.

"No te puedes imaginar el susto", dijo María Quiñónez, de 25 años, mientras esperaba en Pedernales por víveres que, finalmente, no recibió. "'¿Otra vez?', pensé. Salimos corriendo hacia espacio abierto".

A pesar de todo, el mayor Fernando Ayala, del cuerpo de bomberos de Guayaquil, dijo que no tenían reportes de nuevos muertos o heridos tras la última serie de sismos, aunque se produjeron algunos desmoronamientos de estructuras dañadas y algunas carreteras terminaron de cuartearse, lo que complicaba la labor de los rescatistas.

En Pedernales, donde ocho de cada 10 edificios se vino abajo con el terremoto, los pobladores seguían rescatando lo poco que quedaba a la vista. Otros, ya empezaban a botar el desmonte con la mente puesta en la reconstrucción.

Muchos pueblos aún no recibían víveres, y algunos damnificados viajaban a otras localidades cercanas para poder conseguir algo de comer, aunque tan solo fuera una fruta.

A la vera de la carretera que conecta los pueblos de Pedernales con Cojimíes, tres niños sostenían carteles que rogaban "Comida por favor".

El secretario de la Administración Pública, Pedro Solines, dijo el miércoles que la restauración de los pueblos devastados tardaría hasta cinco años.

"Estamos pensando en la rehabilitación de las ciudades, que tendrán que ser en otros lugares", dijo Solines al canal privado Teleamazonas. "Hasta que se realicen las ciudades (pueden pasar) de tres a cinco años".

Los cientos de rescatistas y los 14.000 efectivos de seguridad, desplegados para mantener el orden, empezaban a usar mascarillas para combatir el intenso olor a descomposición.

Pero las autoridades llamaron a la calma y aseguraron que, por el momento, no se había detectado la presencia de vectores, como mosquitos o roedores, que puedan transmitir enfermedades y aseguraron que los cuerpos recuperados estaban siendo retirados por sus familiares.

Para enfrentar el peor escenario, no obstante, la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados, ACNUR, envió un primer lote de repelente contra mosquitos ante el riesgo de una epidemia del virus de Zika que afecta Latinoamérica.

Fuente: Reuters