Niños migrantes no acompañados, de 3 a 9 años, ven televisión dentro de un corralito en el centro de detención del Departamento de Seguridad Nacional de Donna, en Texas, Estados Unidos. (Foto de Dario Lopez-Mills / POOL / AFP).
Niños migrantes no acompañados, de 3 a 9 años, ven televisión dentro de un corralito en el centro de detención del Departamento de Seguridad Nacional de Donna, en Texas, Estados Unidos. (Foto de Dario Lopez-Mills / POOL / AFP).
Agencia AP

El gobierno del presidente les permitió el martes por primera vez a periodistas visitar su principal centro de detenciones para , un recorrido que reveló una instalación severamente atestada, donde los más pequeños son mantenidos en un corral de juegos con colchones en el suelo para dormir.

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Debido a que miles de niños y familias han arribado a la frontera sur de Estados Unidos en semanas recientes y llenado las instalaciones, el presidente ha estado bajo presión para implementar más transparencia al proceso. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés) les permitió a dos periodistas de The Associated Press y a un equipo de la cadena CBS recorrer la instalación en Donna, Texas, en el Valle del Río Grande.

La instalación tiene una capacidad de 250 personas, pero más de 4.100 estaban siendo albergadas en el sitio el martes. La mayoría eran menores no acompañados procesados en tiendas de campaña antes de ser llevados a los albergues operados por el Departamento de Salud y Servicios Humanos y entonces colocados con un familiar o un patrocinador.

Los niños estaban durmiendo por centenares en ocho recintos de unos 297 metros cuadrados (3.200 pies cuadrados). Muchos de los recintos alojaban a más de 500 niños.

Oscar Escamilla, director interino de la Patrulla Fronteriza en el Valle del Río Grande, dijo que entre 250 y 300 niños entran al centro cada día, y una cifra mucho menor sale.

El martes, los periodistas vieron el procesamientos de los niños: Iban a una pequeña habitación para un examen de salud y una inspección de piojos. Les rociaban el pelo con mangueras, y las toallas eran lanzadas a un depósito con la inscripción “Piojos”. Los menores —muchos de los cuales hicieron largas travesías para llegar a la frontera, incluyendo tramos a pie— también eran examinados para detectar sarna, fiebre y otros males. No se realizaban pruebas de coronavirus a menos que un menor mostrase síntomas.

Enfermeros administraron además pruebas psicológicas, preguntándoles a los niños si tenían pensamientos sobre suicidio. Todos los cordones de zapatos fueron retirados para prevenir daños.

Los niños eran llevados seguidamente por un largo pasillo a una habitación grande. A aquellos de 14 años o mayores se les tomaban las huellas dactilares y una foto.

De ahí eran llevados a una segunda sala en la que recibían notificaciones para comparecer ante una corte de inmigración. Agentes de la Patrulla Fronteriza les preguntaban si tenían algún conocido en Estados Unidos y les permitían a los niños hablar con esas personas por teléfono.

Los niños recibían brazaletes con un código de barras que muestra cuándo se ducharon y sus condiciones médicas.

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