Luis Bedoya Reyes fue propuesto por Keiko Fujimori para participar en el diálogo con Pedro Pablo Kuczynski. (Foto: El Comercio)
Luis Bedoya Reyes fue propuesto por Keiko Fujimori para participar en el diálogo con Pedro Pablo Kuczynski. (Foto: El Comercio)
Lourdes Flores Nano

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lflores@comercio.com.pe

El 20 de febrero cumplirá unos juveniles 99 años. Tiene un estupendo estado físico; se resiste a usar los audífonos que algún médico osó recomendar (lo que le sirve de buen pretexto para declarar no haber oído lo que le conviene). Y, desde luego, ha anunciado que no usará bastón, aunque constituya una necesaria ayuda para mayor estabilidad en tiempos de suelo tan disparejo.

Pero si el estado físico impresiona, la lucidez deslumbra. Su larga vida y su vasta experiencia, unidas a una pasión por la historia, lo hacen mirar las lecciones del pasado. Nunca para quedar atrapado en ellas, sino para analizar con objetividad el presente y mirar con proyección el futuro. El ‘Tucán’ vuela por todo lo alto.

Su vida y su obra han sido fecundas y deben servir de ejemplo para las nuevas generaciones.

Hoy que las obras públicas han sido puestas en cuestión por su falta de dimensión y por la corrupción que las ha hecho multiplicarse en costos y reducirse sensiblemente en calidad, la Vía Expresa de Lima –el Zanjón de Bedoya– es una demostración palmaria de visión y solidez técnica. Hace 50 años, mientras se desempeñaba como alcalde de Lima, Bedoya, debidamente asesorado por estudios nacionales y extranjeros, advirtió el vertiginoso crecimiento de norte a sur de la ciudad e inauguró una vía que ha constituido una columna vertebral de integración y, hasta hoy (aunque ya sobrepasada), un desahogo al agobiante tráfico limeño.

Pese a que la vía central fue concebida para un tren (que tan útil habría sido), ha servido de ruta para el Metropolitano. Su prolongación por el sur, acordada en la administración de Susana Villarán, no debería seguir postergándose. Pero con cinco décadas a cuestas, allí está la Vía Expresa, como su impulsor, entera y vital. La receta fue simple pero insuperable: técnica y honradez.

En estos tiempos en que la política está urgida de regeneración, la consecuencia de Bedoya, mantener una sola línea de pensamiento toda la vida, es también un mensaje trascendente. Pero, tal vez, no se ha sabido destacar de manera suficiente la madurez de su vocación por el gradualismo; por el posibilismo, a decir de Albert Hirschman. No en vano Bedoya quiso llamar “Gradualidad en el cambio” a la compilación de escritos y entrevistas suyas que el Congreso publicó hace algún tiempo. El título –y desde luego los mensajes contenidos en la publicación– exponen como síntesis la urgencia de un cambio gradual, pero permanente y sostenido. Esa es la verdadera ruta para alcanzar el desarrollo que el Perú reclama y para vencer a la pobreza que aún nos agobia.

Luis Bedoya es un reformista. Es decir, un político que apunta al mediano y largo plazo y rechaza el populismo de los atajos, de las vías aparentemente simples o de las soluciones milagrosas que no producen la verdadera transformación.

Debió poner en marcha la contrarreforma que el Perú demandaba al comenzar la década de 1980, pero el voto popular le fue esquivo. Hubo que esperar una década para que esta se emprendiera, pero cargada de autoritarismo y desgraciadamente teñida de corrupción.

Recuperada la democracia, todavía no encontramos el ritmo reformista –gradual y perseverante– que nuestra patria demanda. Estamos lamentablemente entrampados en la anécdota y en el incidente cotidiano, cuando no, en lo que el propio Bedoya llamó, en este mismo Diario, “la mediocrización de la política”.

Se apresta a presentar sus memorias, que serán una auténtica historia de una parte fundamental del siglo XX, de Benavides a Belaunde. Esto por decisión personal del autor de no referirse a personas vivas. Se trata de un relato sobre la política y el poder no mirados desde fuera sino vividos intensamente. Esperemos que el Fondo Editorial del Congreso culmine pronto su labor para contar con una obra que enseñará e ilustrará.

Pero a todo lo expuesto, Bedoya suma un sentido de familia extraordinario. Esposo, padre, abuelo y bisabuelo, es el tronco de una familia que ha sufrido golpes duros, pero a la que une y fortalece ese maravilloso lazo que el papa Francisco nos invitó a conservar en su reciente visita.

A Luis Bedoya Reyes la vida le ha dado un justo reconocimiento. No habiendo alcanzado el poder, en sus años señeros ha logrado alcanzar el respeto generalizado de seguidores y adversarios, lo cual considero más honroso que el privilegio del gobierno o la representación popular. Es un respeto bien ganado por la consecuencia de una vida.

Bedoya comienza el año del centenario. Quienes lo queremos y admiramos pedimos al Señor que lo siga bendiciendo y protegiendo. Político de viejo roble, cuidémoslo y escuchémoslo. Tiene todavía mucho que enseñarle al Perú. Feliz día, maestro y amigo.

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