"El ecosistema cultural agrupa a un panal multiforme de públicos y comunidades creativas, la mayoría de las veces desconectadas entre sí". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"El ecosistema cultural agrupa a un panal multiforme de públicos y comunidades creativas, la mayoría de las veces desconectadas entre sí". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Santiago Alfaro

Sociólogo

La curva de la recesión necesita ser aplanada como la curva epidémica. El gobierno ha anunciado una serie de medidas generales para conseguirlo pero es el único entre los países de renta media y alta que no ha propuesto un plan de apoyo específico para el sector cultural. El tiempo corre en contra: los efectos de la crisis podrían ser más profundos conforme se tarde en implementarlas.

Según un estudio sobre el impacto del COVID-19 realizado por la organización alemana Kreative Sachsen, debido a sus limitadas reservas financieras, el tiempo de sobrevivencia sin apoyo del Estado de un negocio cultural es corto: entre 4 y 8 semanas. Eso en Europa. En el Perú, donde abundan organizaciones culturales sin fines de lucro, trabajadores independientes y, en general, el 98,7% de las unidades económicas de servicios son microempresas (INEI, 2018), ya no queda oxígeno.

En la industria editorial, quizá el segmento cultural más formal, la cadena de pagos está rota. Como lo hizo ver Jerónimo Pimentel (Penguin Random House) en El Dominical, las librerías no han hecho entrega de sus ventas de febrero a las editoriales para poder pagar planillas y alquileres en marzo, estrategia de repliegue que solo podrán mantener unas semanas más. La quiebra y el desempleo asoman.

La valla para superar la depresión económica, además, es particularmente alta en la cultura, en comparación con otros sectores afectados. Los públicos podrán aglomerarse recién dentro de 12 o 18 meses, cuando se encuentre una vacuna contra al COVID-19. Hasta ese momento no fluirán recursos a través de taquillas ni serán organizadas ferias o festivales, centrales para la circulación de la creación contemporánea. La dependencia de las decisiones que tome el gobierno, por lo mismo, son muy altas.

Aparte de garantizar que los bonos, créditos de Reactiva Perú o el subsidio del 35% a las planillas beneficien al sector, el primer paso que debería dar el Ministerio de Cultura es suspender la convocatoria de los Estímulos Económicos para la Cultura 2020 y destinar a la emergencia y reactivación los 25 millones de soles que el programa tiene asignados, tal como lo han hecho el Reino Unido o Argentina con sus fondos concursables.

Los nuevos concursos, reforzados con una mayor asignación presupuestaria, deberían abarcar áreas ahora desatendidas (museos, patrimonio inmaterial) y ofrecer ayudas económicas para cubrir desde este año los gastos corrientes y operativos de trabajadores independientes y organizaciones culturales con eventos cancelados, incentivar el diseño de nuevos modelos de negocio ajustados al contexto o fomentar la creación de obras que interpreten este momento histórico. Sobrevivir, adaptarse y crear son tres objetivos que tendrían que ser combinados en la propuesta, siguiendo la línea de los fondos de resiliencia del Consejo para las Artes de Australia.

Aparte, será necesario elaborar programas que inyecten ideas y recursos mediante el encargo de contenidos (artísticos, formativos) para ser difundidos por Internet o el Instituto de Radio y Televisión del Perú-IRTP (tipo “Contigo a la distancia” de la Secretaría de Cultura de México o “Ideas que activan” de la Alcaldía de Cali), la compra de funciones por anticipado para luego ofrecerlas a centros educativos (siguiendo el ejemplo del Fondo Solidario Cultural de Uruguay), la adquisición de libros para bibliotecas públicas, la implementación de políticas de activación de la demanda (como el Carné Joven Europeo) o el escalamiento de iniciativas en curso como la tienda virtual de la feria artesanal Ruraq Maki.

Las iniciativas que se impulsen, en todo caso, tiene que ser lo más diversas posibles. El ecosistema cultural agrupa a un panal multiforme de públicos y comunidades creativas, la mayoría de las veces desconectadas entre sí. Las dividen tanto sus modalidad de producción y consumo, así como sus orientaciones (hacia el mercado, la calidad artística o la transformación social) y las diferencias y desigualdades de clase, género, etnicidad o lugar de residencia (rural, urbano). Por lo mismo, cuanto más plurales sean las medidas tomadas, mayores probabilidades hay de atender la multiplicidad de necesidades existentes y de corregir inequidades.

Conseguir que el esfuerzo sea efectivo requerirá, asimismo, que el Ministerio de Cultura priorice resolver algunas de sus debilidades institucionales como la precaria gestión de la información, la limitada articulación territorial, la reducida coordinación interna y la tendencia a dirigirse a la clase media de Lima (solo el 29% de los proyectos ganadores de los Estímulos Económicos para la Cultura 2019 fueron para proyectos de regiones).

También demandará que el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo apoye con decisión a los artesanos (la fuerza laboral más amplia de la cultura) y que el Ministerio de Producción, a través de Innóvate Perú y el Instituto Tecnológico de la Producción, potencie el desarrollo económico de las industrias culturales y creativas, tal como lo hace la Corporación de Fomento de la Producción-CORFO de Chile.

Sin un martillazo plural, efectivo y multisectorial por parte del Estado sobre la curva recesiva, la tasa de mortalidad de empresas, organizaciones y proyectos culturales crecerá exponencialmente.

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