Un grupo de mujeres hace cola en los exteriores de un mercado en el distrito de Jesús María, el pasado martes. (Alessandro Currarino / GEC)
Un grupo de mujeres hace cola en los exteriores de un mercado en el distrito de Jesús María, el pasado martes. (Alessandro Currarino / GEC)
Marlene Molero

Socia fundadora de Gender Lab

Hace una semana y media, el Perú asignó puedan salir a hacer las compras y los trámites bancarios. Tres días para mujeres, tres días para varones. Hoy hemos dado marcha atrás. Todavía no conocemos el impacto. Sabemos esencialmente lo que nos ha mostrado la prensa. Aglomeración y desorden en los días de mujeres. Desorientación en la compra en los días de varones. En el medio de todo esto, restricciones adicionales . Pero más allá de las imágenes que vimos, lo cierto es que no sabemos si el pico y género estaba funcionando. Esfuerzos recientes de Hugo Ñopo y Nelly Luna Amancio de Grade y Ojo Público buscan una respuesta a través del análisis de los reportes de movilidad difundidos por Google.

El género como criterio de política pública ya se había usado en el Perú como parte de las acciones de contención del COVID-19. Se hizo al establecer que serían esencialmente las mujeres quienes irían a cobrar . Y esto no es nuevo. Esta es una práctica que viene de los programas de transferencias condicionadas. El programa Juntos en el Perú es un ejemplo, y hay una serie de experiencias similares paralelas en otros países. ¿Por qué el bono se entrega a las mujeres? Porque las mujeres muestran mayor tendencia a invertir los ingresos en beneficio de las personas que integran el núcleo familiar.

Las mujeres cuidan. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT, 2010), las mujeres dedican 39 horas a la semana al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los varones dedican 16. Dentro de estas, destacan las actividades culinarias y la compra de alimentos. Las mujeres dedican hasta 150% más tiempo que sus pares varones a cocinar y 25% más a comprar los alimentos. Las brechas se hacen más profundas en el ámbito rural y en sectores económicos bajos. Estos no son solo números. Hay un mandato social de cuidado que recae en las mujeres detrás de estos datos. Este mandato social es lo que explica su permanencia en el tiempo y su exacerbación en situaciones como la que estamos viviendo.

Como explica Fanni Muñoz, en el Perú mantenemos un esquema de roles tradicionales asignados a mujeres y hombres de manera diferenciada. La Encuesta Nacional de Relaciones Sociales (ENARES, 2015) nos muestra que uno(a) de cada dos peruanos(as) considera que toda mujer debe cumplir primero con su rol de madre, esposa o ama de casa y después realizar sus propios sueños. Y que uno(a) de cada tres coincide al señalar que a las mujeres les corresponde realizar todas las tareas del hogar. Un estudio del 2019 realizado por el Instituto de Opinión Pública de la PUCP, por encargo de la ONG Manuela Ramos, ratifica los resultados de la ENARES. Uno(a) de cada dos limeños(as) considera que trabajar está bien, pero lo que la mayoría de las mujeres realmente quiere es formar un hogar y tener hijos. Y un número muy similar señala que cuando la mujer tiene un trabajo a jornada completa, la vida familiar se perjudica.

Y todo esto a pesar de que nuestro discurso expreso sea el contrario. De hecho, el 94% de la población refiere que los hombres deben compartir con su pareja las tareas del hogar y el cuidado de descendientes (IOP PUCP / Manuela Ramos). Por eso, estarán los varones que hagan habitualmente las compras o las tareas del hogar, pero son la excepción.

Y por supuesto, esto no es exclusivo de los varones. Los hogares son espacios donde se reproducen los estereotipos de género. Porque, si de un lado se considera que estas son labores “propias” de mujeres, del otro se cree que lo hacemos mejor.

Así pues, no estamos tan cerca de la igualdad como creemos estar. De hecho estamos tan lejos que ni siquiera en una situación de emergencia nacional pudimos hacer algo distinto.


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