Richard Webb

Nuestro avance económico y social sigue siendo lento, frenado por el atraso tecnológico que caracteriza a gran parte de la economía, y por el alto nivel de desigualdad social que subsiste. Propongo dos explicaciones que, en mi opinión, ayudarían a comprender esos atrasos y, de esa manera, mejorar la formulación de políticas para acelerar el avance en ambos frentes.

En los dos casos, la razón de fondo se remite a nuestra geografía, que es a la vez una de las más hermosas en el mundo, y una de las más onerosas para la actividad productiva. El efecto entorpecedor para la producción de desiertos, alturas, lluvias exageradas, y enormes distancias entre productores y consumidores, es directo y evidente. La geografía ha impactado también sobre la desigualdad, aunque indirectamente, creando y reforzando una correlación entre pobreza geográfica, idioma y raza, alargando así un proceso de homogenización humana.

La esencia del estorbo productivo ha sido el extremo costo del movimiento de los productos, dificultando y demorando la evolución desde una economía rural de subsistencia a una economía de intercambio. Sin embargo, el movimiento ágil y barato, tanto de los insumos como de productos, fue un factor determinante para la revolución industrial de Europa. En su historia de la modernización rural en Francia, Eugen Weber dedica una sección para estudiar varios posibles factores explicativos y el primero que revisa se titula “Caminos, caminos, y más caminos”. Esa simple lógica fue reconocida por sucesivos gobiernos peruanos, desde la afirmación de Ramon Castilla de que el constante anhelo de su Gobierno consistía en “abrir caminos, construir puentes y canales de irrigación .. franquear el paso por nuestras montañas”. Sin embargo, la obra necesaria para dominar nuestra geografía fue gigantesca y hemos completado dos siglos de república sin culminarla, y queda la impresión de un estado siempre corriendo por detrás de sus objetivos.

Pero, además de una labor de construcción, la creación de una nueva y moderna estructura productiva ha requerido una masiva reubicación de la población y de la actividad productiva dentro del territorio peruano. En el momento de crearse la república, casi dos tercios de la economía se encontraba ubicada en la sierra e incluía la agricultura de consumo, los obrajes y una variedad de servicios. La población se distribuía en la misma proporción, con 58% de los habitantes residentes en la sierra, dedicados mayormente a la simple sobrevivencia, y con una mínima posibilidad para el intercambio de una parte sustancial de su producción. Lima era un pueblo relativamente pequeño y físicamente separado de la mayor parte de la actividad productiva. Con apenas 60.000 habitantes, Lima aportaba solo 11% de la producción nacional. Desde ese punto de partida, y con la casi imposibilidad de un desarrollo moderno basado en una conectividad económica, el crecimiento se dio principalmente en la costa peruana y, especialmente, en la ciudad de Lima. Así, durante algo más de un siglo se fue creando una nueva economía afuera de la sierra, mayormente en Lima y en los valles de la costa.

En cuanto a la nivelación a la que aspiramos, los datos más recientes son alentadores. Según las encuestas de nivel de vida, el ingreso promedio de las familias de la sierra mejoró a una tasa promedio de 3,2% anual entre el 2004 y el 2021 mientras que las de Lima aumentaron solo 0,1% anual. Además, el acceso a celulares y a la electricidad se ha vuelto casi universal en la población: en el 2021, el 91% de los hogares de la sierra poseían celular y el 93% tenía acceso a electricidad.

Richard Webb es Director del Instituto del Perú de la USMP

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