Michael Shifter, uno de los mejores analistas estadounidenses sobre la política latinoamericana, ha señalado varias veces que el Perú es una especie de precursor de lo que viene luego en la región en estos temas.

Si nos remontamos a las últimas décadas, hemos precedido a la mayoría de países en la desconfianza casi absoluta hacia la clase , en la destrucción del sistema histórico de partidos (en nuestro caso, nunca realmente consolidado), en la extrema fragmentación de la oferta política y en la búsqueda del ‘outsider’ salvador.

Mucho más recientemente, ha sido el Perú donde se ha hecho evidente una ola de polarización política extrema entre opciones de ultraizquierda y ultraderecha, que han dejado a las de centro, las que buscan cambios progresivos y acumulativos, totalmente fuera de juego.

Esa polarización ha marcado las elecciones de Ecuador, Chile, Colombia y lo está haciendo en Brasil, donde se venía girando de la derecha a la izquierda y viceversa.

Otra característica es que se está haciendo muy difícil gobernar en democracia, dado que la paciencia de los pueblos, independientemente de quien los gobierne, se ha vuelto muy corta.

Obviamente, el caso peruano es singular, en la medida en que el Gobierno cleptocrático y mediocre es el responsable de su propia situación y solo la carencia de una oposición atractiva para la población permite la continuidad de una terminal.

Me refiero, más bien, a lo difícil que le viene resultando ser gobierno al presidente chileno, Gabriel Boric, expresión política de quienes dos años antes protagonizaron una de las rebeliones más grandes contra el status quo producidas en América Latina. Fueron de tal magnitud que obligaron al entonces presidente Sebastián Piñera y a los otrora poderosos actores políticos “tradicionales”, protagonistas del gran desarrollo chileno de las últimas décadas, a convocar una Convención Constituyente.

Los primeros meses de Boric han sido difíciles y su aprobación sufrió las consecuencias. Entre otros problemas, tuvo que recular en la desmilitarización de la Araucanía y las violentas manifestaciones de los sectores más radicales de la protesta chilena en Santiago siguen presentes. Lo más complejo, sin embargo, es que la abrumadora mayoría que quería refundar el país desde las raíces con una nueva Constitución se ha convertido en minoría y no es seguro que la nueva Carta Magna sea aprobada en el plebiscito constitucional del próximo 4 de setiembre, lo que pondría al país en un limbo muy complejo.

En otro extremo del panorama político, Guillermo Lasso no la pasa nada bien en Ecuador. Él llegó a la presidencia a lo PPK: segundo y muy por detrás en primera vuelta del “correista” Andrés Arauz. El “anticorreismo” definió la elección a su favor en segunda vuelta. Su gobierno ha estado marcado por muchas dificultades con el Congreso. Lasso enfrenta ahora una complicadísima y larga huelga convocada por la poderosa Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que pareciera buscar su salida. De hecho, en la Asamblea Ecuatoriana el tema está en discusión.

No sabemos lo que pasará con Gustavo Petro en Colombia. Nada se repite como calco y copia, y Petro es un político experimentado, pero la polarización es por allá también muy fuerte y probablemente la paciencia de la gente tampoco dure demasiado dadas las expectativas que generan las promesas que se hicieron en campaña (me refiero a todos los países mencionados, a las de los ganadores y a las de los perdedores).

En general, de la mano con el profundo deterioro de la política y de los estragos que, primero la pandemia y ahora el aumento de los precios de los productos básicos, viene ocasionando en la calidad de vida de la mayoría, se instala en los pueblos de América Latina el concepto de que, para poder construir países más justos, no hay que sembrar, que las soluciones son frutas maduras y, si no se cogen del árbol, es porque el gobernante de turno no quiere hacerlo.

El deterioro de la confianza en la democracia en la región es el más fuerte en muchos años y puede terminar en gobiernos autoritarios con apoyo popular. El precursor de esta nueva ola ya no sería el Perú, sino El Salvador, donde Nayib Bukele está destrozando la democracia en su país, con amplio apoyo de la población.

Volviendo al Perú, la inmensa mayoría queremos que termine pronto nuestra catastrófica crisis política que se expresa principalmente en Pedro Castillo, pero que también en mucho es corresponsabilidad del Congreso; después de todo, ambos poderes son hijos de esta crisis, agravada en el último quinquenio.

Tenemos que tomar muy en cuenta las lecciones que nos deja la realidad latinoamericana. Un futuro de gobernabilidad democrática estable y con capacidad de solucionar problemas no está garantizado. Esto no es para nada una invitación a la parálisis, sino para saber que luego de que esta pesadilla acabe se nos vienen nuevas batallas políticas, quizás tan difíciles como las actuales.

Carlos Basombrío Iglesias es analista político y experto en temas de seguridad

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