“Alain Bertaud promueve no solo la interpretación de las ciudades sino su transformación”. (Ilustración Giovanni Tazza).
“Alain Bertaud promueve no solo la interpretación de las ciudades sino su transformación”. (Ilustración Giovanni Tazza).

El museo Guggenheim en Bilbao fue diseñado por el arquitecto Frank Gehry, y al ser inaugurado en 1997 tuvo un impacto enorme en la ciudad, marcando el inicio de una era de prosperidad en el País Vasco en . De acuerdo con diferentes cálculos, el museo generó alrededor de US$160 millones en el primer año, cubriendo gran parte de su costo de construcción, y en los siguientes años la obra ha contribuido a la economía vasca con casi US$4,5 mil millones de dólares con empleos, ingresos para el gobierno local y mayor nivel de vida para los residentes. Este llamado ‘efecto Bilbao’ ha tratado de ser replicado en muchas partes del mundo con altos costos y los resultados no han sido positivos.

¿Por qué la experiencia de Bilbao no es siempre replicable? Alain Bertaud, un experto en planificación urbanística ayuda a encontrar una respuesta. En su reciente libro “Orden sin diseño: Cómo la economía define las ciudades” (“Order Without Design”, MIT Press, 2019) discute la brecha que divide a los planificadores de los economistas urbanos, y defiende la necesidad de integrar ambas disciplinas.

Algunas definiciones: El planificador es quien trabaja en un municipio o metrópoli decidiendo el uso del suelo y las regulaciones para su desarrollo o conservación. El diseñador urbano trabaja con objetivos estéticos y paisajistas siguiendo los planes de la ciudad. Ambas profesiones se combinan, y en municipios pequeños el planificador tiene que hacer de contador, urbanista y a veces hasta de abogado. La planificación no existe en muchos países como disciplina independiente, aunque muchos provienen de la .

Bertaud, un francés que es planificador y arquitecto de formación, dedica este libro a promover la integración entre la planificación urbanística y la economía, y esto porque son los planificadores los que toman las decisiones sobre la configuración de las ciudades y muchas veces claudican ante la presión política del alcalde o presidente para llevar adelante obras que no son las más eficientes. Desde el Instituto Marron de la Universidad de Nueva York, donde es profesor y acude a dictar su charla para el curso ejecutivo de ONU-Habitat con su esposa Marie-Agnes –planificadora y urbanista también–, Bertaud habla con el respaldo vivencial de haber trabajado en proyectos en más de 50 ciudades.

En sus estudios y presentaciones Bertaud explica que el planificador debe establecer las normas y regulaciones, y dejar que el mercado asigne los servicios basado en esas reglas. Por ejemplo, en el campo de la movilidad, la habilidad del planificador está en diseñar sistemas donde las personas puedan acceder a empleos y servicios en el área metropolitana con un tiempo máximo de una hora. Eso va a permitir al empleado elegir el mejor puesto de trabajo posible, y al empleador disponer de una cantidad mayor de profesionales calificados. Así la total de la ciudad va a aumentar.

Bertaud critica a los diseñadores –más arquitectos que planificadores– que promueven visiones mecánicas de “ciudades compactas” con la simplista argumentación de que las personas prefieren caminar o ir en bicicleta, o “espacios públicos” cerrando el acceso de vehículos a las calles con la idea de que se crearán espacios mixtos. Tanto los como las ciudades compactas son importantes esquemas, pero para ser eficientes requieren de una lógica mayor: la económica.

En el campo de la vivienda asequible, la mayoría de los planificadores piensa en términos de ‘normas’, mientras que los economistas piensan en ‘necesidades’. Ante la pregunta de cómo proveer viviendas, el planificador imagina el tamaño y diseño de las casas; el economista, en los costos de oportunidad y el acceso a empleo. Ambos ángulos son necesarios.

Estas ideas llegan en un momento de grandes transformaciones para las ciudades cuando sus líderes en todo el mundo están buscando nuevos paradigmas. Las obras fastuosas por sí mismas no son la respuesta a los desafíos urbanos sino la guinda del pastel, y el pastel son las ciudades con buena planificación y economía.

Las ciudades exitosas, productivas y felices son aquellas donde la gente puede acceder a empleos, tener vivienda asequible, y contar con lugares de esparcimiento. Le Corbusier, arquitecto franco-suizo del siglo pasado, pensaba que la planificación podía transformar las ciudades e incluso la cultura. Tuvo una gran influencia, aunque su visión no fue siempre acertada. Hoy Alain Bertaud, con su potente perspectiva, es el filósofo de las ciudades del nuevo siglo, pues promueve no solo la interpretación de las ciudades sino su transformación.

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