(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Elmer Cuba

Economista, socio de Macroconsult

Por entendemos en esta columna a los dependientes del sector privado que operan al margen de las diferentes leyes laborales. En el Perú, el empleo dependiente está regulado por las diversas leyes laborales. Si un trabajador brinda un servicio, recibe una remuneración mensual o periódica y tiene una relación de subordinación, automáticamente es un empleado dependiente y, por lo tanto, su empleador debe cumplir con la ley laboral correspondiente al sector o al tamaño de la firma. Es lo que los abogados laboralistas llaman la “primacía de la realidad”.

A mediados de la década pasada esta informalidad laboral bordeaba el 80% y consiguió reducirse hasta el 70% en el 2012. Los datos del 2018 arrojan un 68% de trabajadores informales. En otras palabras, la ha seguido creciendo, aunque a tasas más bajas, y en el 2018 fue un 24% más grande que en el 2012. Sin embargo, la informalidad laboral se ha resistido a seguir bajando. Es más, en los últimos cinco años los trabajadores independientes han crecido más rápido (en tasa y volumen) que los trabajadores dependientes, tanto formales como informales. Estos hechos deberían llamar la atención de las autoridades económicas y de nuestros políticos.

La gran mayoría de los trabajadores dependientes (68%) mantiene relaciones laborales fuera de la legalidad. La mayor parte de la informalidad laboral está en la microempresa, donde la tasa llega al 90% de los trabajadores, mientras alcanza el 50% y el 19%, en el caso de la pequeña empresa y de la mediana/gran empresa, respectivamente.

La informalidad laboral tiene, a su vez, dos grupos. Aquella que ocurre dentro de empresas formales (que representa al 22% de los trabajadores informales) y la que se da dentro de empresas informales (cerca del 78% de los empleos informales). Las informales no están constituidas bajo la ley de sociedades y no tienen RUC.

Dentro del primer grupo, un 80% de informales está en la microempresa y pequeña empresa, lejos del ámbito de trabajo real de la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral (Sunafil). Dentro del segundo grupo, cerca del 99% está en empresas de este tamaño.

En otras palabras, el grueso de la informalidad laboral se concentra en las microempresas y pequeñas empresas, sean estas formales o informales, aunque son estas últimas las grandes empleadoras informales del país. Por ello, una estrategia formalizadora tiene que focalizarse en este segmento de firmas.

La relación laboral informal tiene su origen en una suerte de “contrato” entre el empleado y el empleador. Usualmente se mantienen las vacaciones y una parte de los aguinaldos de julio y diciembre. Sin embargo, el empleador “se ahorra” la CTS (un sueldo anual) y el aporte a Essalud (el 9% del sueldo anual). Para firmas pequeñas e intensivas en mano de obra, este “ahorro” no es menor. Por su parte, el trabajador prefiere recibir más efectivo hoy antes que en la forma de una pensión futura. Es decir, el informal de bajos ingresos no es “afectado” por un aporte de 10% más las comisiones. Así, un grupo de trabajadores se “escapa” de la formalidad laboral. Mientras que otra parte importante queda “excluida” de la formalidad por la sencilla razón de que no les es posible pagar ni siquiera la remuneración mínima.

Las causas últimas de los elevados índices de informalidad laboral están en la baja productividad laboral y empresarial, reflejo del bajo capital humano. Asimismo, un cuerpo de legislaciones imperfectas también son parte de la explicación. Unas permiten cierto oportunismo y otras son de difícil cumplimiento.

Afortunadamente, los ingresos de los trabajadores informales han venido aumentando más rápido que los de sus pares formales. Hace 12 años, la diferencia de ingresos entre el formal y el informal era de 3,2 a 1. Ahora es de 2,2 a 1. Es decir, hay un mayor espacio para que, con normas laborales y tributarias mejor pensadas para este sector, incorporemos a la formalidad a un buen número de trabajadores. Hay cerca de un millón de trabajadores informales cuyos salarios son “parecidos” al que perciben los trabajadores formales, alejados de la remuneración mínima.

La experiencia internacional muestra que el crecimiento económico va a ir derrotando la informalidad laboral. Aun así, el Perú tiene una tasa superior de informalidad en comparación con la de otros países con similar grado de desarrollo económico. En otras palabras, no solo hay que esperar a que poco a poco el crecimiento económico vaya bajando la informalidad de manera paulatina, sino también hay un espacio para mejorar la legislación. Este espacio se puede aprovechar para formalizar en un plazo corto cerca de 10 puntos porcentuales, reduciendo la informalidad al 58%, como primer fruto de un “combo formalizador”.

Recalibrando las actuales leyes laborales promocionales para la microempresa y pequeña empresa, así como las normas tributarias para este tamaño de compañías (NRUS y RER), podemos ampliar las avenidas para que el crecimiento económico haga su trabajo.