Maite  Vizcarra

Las recientes elecciones presidenciales en Colombia vuelven a comprobar que las redes sociales y todas esas plataformas socio-digitales que solían usarse –solo– para el divertimento, se han transformado en el escenario favorito de los debates electorales.

¿Qué es lo que atrae tanto a los a estas nuevas plataformas? Concretamente, ¿por qué fue crucial en la última segunda vuelta electoral colombiana la difusión de contenidos vía ?

Empecemos por explicar qué pasa en TikTok. Si usted toma la iniciativa y se crea una cuenta ahí, ingresará al reino de los videos graciosos, lúdicos, bizarros y, muchas veces, sin sentido alguno. Y es que esta plataforma de origen chino está sostenida básicamente en el poder de lo visual y en la simplicidad para crear contenidos de ese tipo. Ahí es posible crear y compartir vídeos cortos de tres a 15 segundos o de 30 a 60 segundos. O sea, cosas ¡cor-tí-si-mas!

Justamente, el hecho de que los contenidos audiovisuales que se crean en esta –también– red social sean tan breves es lo que privilegia que los políticos la empiecen a preferir, pues es muy funcional para la creación de narrativas que generan una suerte de expectativa. En TikTok se ‘habla’ a manera de capítulos flash, todos independientes; y si ese capítulo de historias se cuenta bien, probablemente logremos una audiencia ansiosa de más historias y fantasías.

Si bien es cierto que TikTok es una red social fuertemente demandada por las poblaciones más jóvenes –los llamados ‘centenniales’–, las elecciones en Colombia comprueban que también es un estupendo canal para comunicar políticamente, pero tal y como hoy lo demandan las redes sociales. Es decir, provocando una interacción intensa de las audiencias, lo que puede derivar en apoyo y adhesión.

Y ese apoyo y adhesión va más allá del ya viejísimo ‘like’ del entorno Facebook. Por ejemplo, una adhesión en TikTok se puede expresar en la imitación de la historia que estamos contando vía un bailecito o un reto o incluso un chiste. Emular esas historias, imitándolas según nuestras propias habilidades –TikTok permite la edición de videos increíbles, verdaderas obras audiovisuales–, equivale a adhesión o al menos a viralización. Y al viralizar ‘nuestra historia’ –no discurso–, lo que se consigue es una mayor capilaridad entre diversos públicos.

En el caso del candidato Rodolfo Hernández, lo que más ha sorprendido es que haya optado por usar –casi– exclusivamente la red de las coreografías como su canal oficial de comunicación. Su estrategia fue inteligente, pues apeló a la tremenda viralización en la que su narrativa pretendía calar y que millones de muchachos se encargaron de popularizar.

Para Hernández, TikTok fue muy funcional, pues le facilitó impregnar en la mente de los votantes una sola idea: Acabar con los ladrones y corruptos.

Como colofón de lo que acaba de pasar en la disputa Petro vs. Hernández, nos queda como moraleja una que he venido anunciando reiteradamente y que es fundamental asimilar: las redes sociales han logrado lo que hace un tiempo atrás parecía imposible, al empoderar a la gente de a pie, permitiéndole hablar –chatear o comentar, al menos– sin intermediarios y en tiempo real con los políticos o con su equipo de campaña.

Las historias del tipo TikTok están pulverizando la política como la habíamos entendido hasta hoy, porque, entre otras cosas, han abierto un canal de interacción ilimitado, intenso y multidireccional que está equilibrando el ejercicio del poder en las democracias del siglo XXI. Y cuando hablo de poder hablo de la capacidad de influir en la voluntad y el pensamiento de las personas o, mejor aún, modelando conductas.

Si antaño se creía que era casi una fábula eso de la ingeniería social, hoy con un conocimiento inteligente de las redes sociales de nuevo cuño ese afán es bastante más probable. Lamentablemente, por ahora.


Maite Vizcarra Tecnóloga, @Techtulia

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