(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

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Mi vida no sería la misma sin Mafalda. Siendo pequeño encontré dos de esos libritos alargados en un depósito de la casa de mis primos. Llevé algunos a casa, donde descubrí que había otros iguales en la biblioteca. La primera lectura dejó dos cosas claras: unas tiras eran muy graciosas y de otras no entendía ni pío. Entre las primeras, las del almacén Don Manolo, la escuela, el cohete de Miguelito, Felipe y su imaginación, las vacaciones en la playa. Y entre las últimas, obvio, las más políticas.

El proceso de entender las viñetas es complejo, formativo. Comienzan las preguntas y las averiguaciones, cada lectura y cada año se comprenden más. Esa educación me marcó tan profundamente que hoy con suma frecuencia una situación de política local o internacional me llevan a una viñeta, una frase, de Mafalda. No menciones a Vietnam frente a Nixon. Los buenos empezamos a cansarnos. Lo que es tener el chupetín por el palito. Empiezo a entender eso del respeto a las instituciones. Usted me preguntó si me gustan las plantas, no si me gusta su vida.

Mientras releía “Todo Mafalda” después de recibir el mazazo que nos sacudió en la semana, van saltando más y más cosas en las que me educó políticamente. Descubrir, por ejemplo, el peso de las ideas de nuestros referentes adultos en nuestras propias ideas. Como el abuelo fascista de Miguelito, que tuvo a bien explicarle que si no fuese por Mussolini el hombre no habría llegado a la luna. Recordé cuando dije en voz alta en una clase de política contemporánea con el gran Jeffrey Klaiber en 1992 que la unificación alemana podía llevar a la tercera guerra mundial. Ni bien las palabras salían de mi boca me preguntaba de dónde había salido esa idea, martillada en mi cerebro como instinto y no reflexión. De mi abuelito belga-peruano y sus pasiones antigermanas tras dos guerras que afectaron a su familia.

O percatarse que el feminismo me lo fue inyectando Mafalda de a pocos. Una niña era la que seguía los eventos internacionales, la que se preocupaba por la bomba nuclear y quería aprender sobre divisiones que no podía explicarle su maestra. Susanita y sus objetivos maternales eran cuestionados, con cariño, por las expectativas e intereses de Mafalda. Lo bacán era ser Mafalda. Y no me atrevo a decirles aquí que me casé con una maravillosa Mafalda porque luego en casa me regañan por cursi.

O apreciar las tensiones de Libertad y su mirada irónica, a veces triste, sobre el compromiso político. La hija de padres que vivían con las contradicciones del cambio revolucionario que creen posible y la realidad aplastante de un salario Concorde, “por lo rápido que vuela”. Libertad piensa en la revolución social, pero capitula por un helado, un escapismo de pistacho. Se esperanza con unos obreros levantando una barricada, para luego descubrir que la revolución social no podía tener “gran categoría, con todos los ambientes al exterior y cocheras optativas”.

En fin, tantas cosas. La crítica al capitalismo pero sin entusiasmo por nuevos amos: la sopa es a los niños lo que el comunismo es a la democracia. La desconfianza a los medios, esos supuestos “vehículos de cultura”. La geopolítica y la limitada esperanza en la ONU. La vida de la clase media, con sus nocturnos suspiros “ay Dios” de preocupación económica. La importancia de la escuela pública. La tortuga burocracia.

Mafalda enseña sobre la complejidad de la política, un espacio donde poner a los buenos y malos en cajones es complicado. Enseña que los amigos piensan distinto, y aun así siguen siendo amigos. A soñar que una sociedad o un mundo diferente es posible, a la vez que improbable. Aunque Quino haya hecho muchas otras viñetas, algunas igual de geniales, el dolor de esta semana es, sobre todo, porque se nos ha muerto el papá de Mafalda. Y a todos nos duele el Asia.

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