Editorial: El ministerio de los adivinos
Editorial: El ministerio de los adivinos

Hace unos días el Ejecutivo presentó la versión preliminar de su “Plan nacional de diversificación productiva”, documento elaborado por el (Produce) y que toma el lugar del anunciado “Plan de industrialización”. En líneas generales, se trata de un trabajo bastante serio y que tiene más de bueno que de malo, como se esperaría de un ministerio dirigido por un técnico competente como el economista

Empecemos por lo mejor del mencionado plan: no se trata de un proyecto para incentivar, por medio de subsidios, protecciones arancelarias o beneficios tributarios a sectores específicos de la industria manufacturera, como se temió que pudiese terminar siéndolo cuando lo anunció originalmente el presidente . En cambio, el plan busca aumentar la competitividad de todas las empresas para que se puedan desarrollar nuevos sectores y nuestra economía, en palabras del ministro Ghezzi, tenga “más motores”. 

El plan también tiene otro aspecto sumamente positivo. Reconoce que el Estado impone numerosos sobrecostos y regulaciones innecesarias a las empresas, los cuales restringen sus posibilidades de crecimiento. Para enfrentar este problema, propone encargar a una dirección del Produce el monitoreo de las regulaciones laborales, medioambientales y de salud, con la finalidad de trabajar con las entidades correspondientes para mejorarlas. Asimismo, esta dirección tendría la misión de simplificar los trámites ante el Produce, desarrollar una agenda de reformas para facilitar el pago de impuestos e implementar un nuevo sistema para que los privados no tengan que incurrir en el costo de presentar nuevamente a una entidad información que antes ya han presentado a otra.

El Produce, así, se encargaría de una tarea que siempre ha estado huérfana (salvo por la labor que realiza la ): remover los obstáculos que el mismo Estado lanza en el camino de las empresas.

El plan de diversificación, sin embargo, tiene también propuestas que despiertan nuestro más profundo escepticismo. Plantea que el Estado cumpla una suerte de rol de guía de las empresas privadas que no encuentran las mejores oportunidades comerciales o que no se organizan de la manera más eficiente. Concretamente, el plan señala que el gobierno, para ayudar a los privados, debería identificar cadenas de valor y demandas potenciales del mercado, diagnosticar cuáles son las brechas de productividad, desarrollar agendas de innovación sectorial, financiar pequeños emprendimientos innovadores, entre otras iniciativas similares. Así, el Estado, con su mayor sabiduría, iluminaría a los privados ahí donde estos solo ven sombras.

El problema de esta idea es que parte de una premisa irreal: la burocracia sabe mejor que los empresarios cómo hacer su negocio. Esto es absurdo porque los empresarios son quienes están en contacto directo con los clientes y proveedores de cada mercado específico, razón por la que ellos tienen mejor información que nadie sobre qué le conviene a su empresa. Y, además, se juegan su dinero en esto, lo que hace que tengan los mejores incentivos para descubrir las mejores oportunidades comerciales, los métodos más eficientes de organización y, en general, qué es aquello que más les conviene.

¿Cómo así un pequeño grupo de funcionarios públicos verá las sutilezas del mercado que los privados no perciben? ¿Será que para esta labor se reclutará adivinos en vez de burócratas?

Nadie dice que los privados en ocasiones no fallen. Pero, claramente, sus puntos ciegos son menos que los de un burócrata con muy limitada información. Lo cierto es que si un funcionario público pudiese ver con más claridad los mercados que los empresarios que operan en él, lo más probable es que estaría volviéndose millonario haciendo negocios.

Celebramos que el plan de diversificación tome por las astas al toro de la sobrerregulación. Pero, a la vez, recomendamos a los funcionarios del Produce que destinen a esta labor todos los recursos que terminarían desperdiciando si juegan a los asesores empresariales. Así estos estarían, sin duda, mejor invertidos.