Módulos Temas Día
Módulos Tomas de Canal

Editorial: Una nueva esperanza

Venezuela ha dado un paso importante para recuperar su democracia y la comunidad internacional debe empujar en ese sentido.

Editorial

Juan Guaidó se autoproclama presidente encargado de Venezuela ante miles de opositores. Foto: AFP

Juan Guaidó se autoproclama presidente encargado de Venezuela ante miles de opositores, el pasado miércoles 23 de enero. (Foto: AFP).

El 23 de enero de 1958 una serie de protestas callejeras terminaron por cercar y deponer a la tiranía que el general Marcos Pérez Jiménez había instaurado en Venezuela. Como si se tratara de un guiño del destino, ayer, exactamente 61 años después, se abrió una puerta para que el pueblo venezolano pueda restituir su libertad, esa que le ha sido usurpada por un régimen que, como hemos mencionado reiteradas veces en este Diario, no solo ha pulverizado el Estado de derecho sino que también ha convertido al país caribeño en un páramo en el que se violan derechos humanos, escasean los alimentos y las medicinas, y del que millones prefieren escapar –incluso a pie– antes que tratar de sobrevivir a él.

En un evento público y cobijado por una multitud, Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional Legislativa, se autoproclamó “presidente encargado de Venezuela”, para “lograr el cese de la usurpación”, inaugurar “un gobierno de transición” y convocar “elecciones libres”, esas que, como sabe cualquier observador mínimamente informado, no se celebran en Venezuela desde hace ya varios años.

El llamado de Guaidó, como se esperaba, fue rápidamente correspondido: Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, entre otros países de la región, reconocieron su mandato en las horas siguientes. Mención aparte merece la actuación de nuestra cancillería, que con su respaldo al presidente Guaidó ha demostrado no solo estar a la altura de lo que la historia demanda, sino que ha dejado en claro el compromiso del gobierno de Martín Vizcarra con la democracia en el país caribeño, algo que uno de sus predecesores no tan lejano en el tiempo prefirió ignorar para, por el contrario, apoyar al chavismo.

Y no es que en Venezuela, como podrían pensar algunos hoy, haya dos presidentes. A lo sumo, podríamos decir que hay dos liderazgos, marcadamente distintos. Uno que se arroga oprobiosamente el título de presidente de la República amparándose en un proceso electoral fraudulento que se celebró sin ninguna garantía el pasado 20 de mayo, y otro que fue nombrado por el único poder democrático que le queda a Venezuela, la Asamblea Nacional Legislativa, esa que surgió del voto popular en diciembre del 2015 y a la que la tiranía acosó sistemáticamente en los últimos años. Y ha sido precisamente en apego a la Constitución –esa misma que Nicolás Maduro y sus adláteres se han dedicado a violar sin remilgos– que Juan Guaidó ha asumido la presidencia. Lo ha hecho, no por libre albedrío o por el clamor de la ciudadanía, sino porque se lo ordenaban los artículos 233, 333 y 350 de la Carta Magna que juró defender cuando asumió como parlamentario hace más de tres años.

La comunidad internacional, especialmente aquellos que defienden la libertad y la democracia, no tienen sino otra consigna que respaldar a Juan Guaidó, quien –no es exagerado decirlo– se está jugando incluso la vida en este lance. Basta ver si no cómo terminaron algunos de sus predecesores, que lideraron antes que él los esfuerzos para recuperar la democracia en Venezuela, como Leopoldo López (apresado), Julio Borges (exiliado en Colombia) o Freddy Guevara (refugiado en la embajada chilena en Caracas). Y debe hacerlo, no solo por un tema de principios, sino porque, como sabemos los peruanos por experiencia propia, los maretazos del deterioro de Venezuela se pueden sentir incluso más allá de las fronteras.

A su vez, la juramentación de Guaidó servirá también como una regla para medir en todo el continente, y particularmente en nuestro país, quiénes realmente están comprometidos con la democracia o quiénes, por una miopía ideológica, prefieren seguir aupando al chavismo: una vergüenza de la que nunca podrán despercudirse.

Nada de esto, claro está, quiere decir que la crisis venezolana esté amainando. Pero es innegable que se ha prendido una pequeña luz como la que Venezuela no veía desde hace mucho y que depende de la comunidad internacional evitar que esta llamarada se extinga. Quizá en unos años, la historia pueda darle a Venezuela un recordatorio de que en un 23 de enero, esa fecha tan simbólica, la tiranía de Marcos Pérez Jiménez no fue la única que el pueblo derrumbó.

Leer comentarios ()

SubirIr aúltimas noticiasIr a Somos
Ir a portada