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Lo que va dejando Lava Jato, por Pedro Tenorio

“Este 2019 ha puesto en evidencia la debilidad de Martín Vizcarra como jefe de Estado”.

Pedro Tenorio Analista político

Martín Vizcarra

“Cabe preguntarse si el país va a continuar como hoy, paralizado debido a las absurdas rencillas que ocupan el tiempo de quienes toman decisiones”. (Foto: GEC).

Tomó su tiempo, pero el momento ha llegado: el Caso Lava Jato en el Perú ingresa a una etapa decisiva, aquella en la que los fiscales comienzan a formalizar sus acusaciones (han empezado por Ollanta Humala y Nadine Heredia, pero vienen más) y el Poder Judicial dicta prisiones preventivas contra personajes que parecían destinados a evitarlas, como la ex alcaldesa Susana Villarán y algunos de sus colaboradores. Así, mientras continúan las investigaciones, surgen nuevos aspirantes a colaboradores eficaces y sigue arribando información clave desde Brasil, se instala un período que, quiérase o no, contribuirá al desgaste de la clase política. ¿Se podrá hacer algo desde el Gobierno y el Congreso para evitarlo o, cuando menos, atenuar sus devastadores efectos?

Por supuesto aquí no hablamos de boicotear la labor del equipo especial de fiscales. La verdad se sabrá y los peruanos exigen sanciones. Sin embargo, cabe preguntarse si el país va a continuar como hoy, paralizado debido a las absurdas rencillas que ocupan el tiempo de quienes toman decisiones a nivel del Poder Ejecutivo y el Parlamento, o si existe otra vía que permita avanzar en cambios urgentes y que, de ser así, podría demostrarle a la ciudadanía que aun en medio de la peor crisis política de los últimos 20 años el Perú avanza camino a su bicentenario. No se trata de invocar la buena voluntad de las partes, sino de constatar cuál es el único camino que les queda para tener algún futuro político más allá del 2021.

Este 2019 ha puesto en evidencia la debilidad de Martín Vizcarra como jefe de Estado y ha profundizado la enorme brecha que separa al Congreso, controlado por la oposición, de las necesidades de millones de peruanos. Las encuestas reflejan esta realidad sin atenuantes. Ante ello solo cabe aplicar la única receta posible: dado que la confrontación no sirve a ninguno (en el 2018 favoreció a Vizcarra, sí, pero ese tiempo ya pasó), hoy el único camino para no sucumbir es el de una agenda de trabajo conjunto, capaz de acercar a la población a sus representantes y viceversa. No entenderlo y agudizar el clima de guerra solo nos lleva a un escenario en el que todos pierden. Es una elemental regla de supervivencia política, pero para variar esto en el Perú genera todo tipo de resistencias.

¿Por dónde empezar? La reforma política es necesaria, pero aún no cuenta con el consenso suficiente. La reforma laboral –¡tantas veces diagnosticada!– podría ser un buen comienzo: apunta a la mejora de la productividad y a la obtención de derechos para millones de trabajadores atrapados en la informalidad y víctimas de la demagogia. Congreso y Ejecutivo no tienen nada que perder y el país mucho que ganar si se logra su impulso y aprobación conjunta. El Gobierno debería tomar la iniciativa antes de que sea tarde.

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