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Protección y adolescencia

La representante de Unicef, Ana de Mendoza, reflexiona sobre las situaciones de violencia en la vida de los niños y los valores que se deben afianzar para evitarlas

Protección y adolescencia

Mientras chicas y chicos atraviesan la primera infancia y la niñez, el entorno familiar primero, y el escolar después, suelen estar más alertas para protegerlos. /Foto: archivo)

Por: Ana de Mendoza / Representante de Unicef


La paternidad y la maternidad demandan cuidados, atención y protección desde el momento que sabemos de la llegada de una niña o niño hasta el día en que están listos para abandonar el nido.

Mientras chicas y chicos atraviesan la primera infancia y la niñez, el entorno familiar primero, y el escolar después, suelen estar más alertas para protegerlos. Pero cuando esos “locos bajitos” crecen, y llega la certeza de que ya no introducirán los dedos en el tomacorriente y que mirarán el semáforo antes de cruzar la acera, se impone otro gran desafío: seguir protegiéndoles, enseñándoles a ser cada vez más autónomos y a identificar comportamientos que pueden ponerles en situaciones de riesgo. A los adultos, empezando por madres, padres y docentes, nos corresponde acompañar a los adolescentes en su tránsito hacia la madurez.

La tarea no es nada sencilla. La adolescencia, es una etapa en la que chicas y chicos experimentan cambios físicos, emocionales, sociales e intelectuales, que los sorprenden emocionan, y muchas veces también los asustan, y en la que la presión social les exige cumplir con estereotipos que confirmen su feminidad y masculinidad. Como resultado de ello, tenemos en el mundo a cientos de chicas víctimas de la anorexia, y a otros tantos chicos demostrando su virilidad con puñetazos o manipulando armas que nunca debieron llegar a sus manos.

Proteger a las y los adolescentes es quizás la tarea más ardua que debemos enfrentar como sociedad. Es una misión compleja que requiere hacer del hogar y la escuela entornos de cuidado y estimulación positiva, donde existan reglas que no colisionen con sus derechos a vivir sin violencia y expresar su opinión, y les aseguren protección, tal como lo establece la Convención sobre los Derechos del Niño.

No ejercer violencia contra nadie, no conducir el auto si aún no tienes licencia, regresar a casa a la hora acordada, no beber alcohol, pueden ser algunas de estas reglas, pero es importante que seamos coherentes y actuemos dando ejemplo.

Cómo decirle a un adolescente que la violencia no vale para relacionarse con los demás si las estadísticas indican que muchos adolescentes son víctimas habituales de ella en su familia y en la escuela; cómo explicarles que con las armas no se juega cuando desde pequeños les hemos regalado la pistolita de luces o de agua; cómo evitar que las usen cuando se sienten amenazados si el padre las tiene en casa para proteger los bienes materiales.

Los entornos familiares y escolares deben dotar a chicas y chicos de valores humanos y habilidades sociales que les ayuden a desenvolverse y tomar las decisiones correctas, que eviten situaciones de riesgo para ellos y para los que les rodean.

La presencia de armas en casa o en el colegio es una medida más peligrosa que protectora. La muerte de un adolescente nos lo ha confirmado esta semana. La vida de un chico se ha perdido y otra ha quedado marcada para siempre, más aún si el ingreso a un centro juvenil es la medida que se adopta. Como ha señalado el Defensor del pueblo, el internamiento preventivo de adolescentes debe usarse siempre de manera excepcional y como último recurso.

Familias, escuelas, medios de comunicación y sociedad en general tenemos en esta tragedia una oportunidad para la reflexión y el aprendizaje, no la dejemos pasar.

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