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Según la leyenda, la esposa del viejo Bacardí, al notar que las vigas de la destilería estaban habitadas por una colonia de murciélagos, decidió no ahuyentarlos, pues había oído a los indígenas de la localidad decir que esos animales eran símbolo de salud y fortuna. Esa fue la razón por la cual el murciélago pasó a ser el símbolo del ron en las etiquetas. «Mi amigo, el bisnieto», continúa Padura, «fue protagonista del segundo secuestro más sonado en la historia de Cuba». «¿Cuál fue el primero?», pregunté, intrigado. «El de Fangio, claro», contestó.
En efecto, en febrero de 1958, el máximo ídolo del automovilismo mundial, el argentino Juan Manuel Fangio, fue secuestrado en la víspera de la segunda edición del Gran Premio de Cuba, competencia impulsada convenientemente por el dictador Fulgencio Batista. Fangio había vencido en la exitosa primera edición y se esperaba que repitiera el triunfo, pero un grupo guerrillero que buscaba desacreditar el certamen y derrocar a Batista lo sorprendió en el hotel Lincoln, el más lujoso del centro de La Habana, y lo raptó por un par de noches. Al final el argentino agradeció el secuestro, no solo porque sus captores lo trataron muy amablemente –pidiéndole reiteradas disculpas y explicándole las motivaciones meramente políticas de la acción de la que era víctima–, sino porque al no poder participar en la carrera se salvó de verse alcanzado por el accidente sufrido por un piloto local que acabó con la vida de siete espectadores.
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Cuatro años antes de ese episodio, en febrero de 1954, se produjo el secuestro del amigo de Padura, Facundo Bacardí, quien entonces era apenas un niño de ocho años. Su raptor, Manuel Echevarría, se coludió con Guillermo Rodríguez, el chofer de la familia Bacardí, para llevar a cabo la retención de Facundito y pedir cincuenta mil dólares por el rescate. Una vez reportada la desaparición del pequeño, se inició un aparatoso despliegue de búsqueda por todos los rincones de la isla que incluyó el patrullaje de tres helicópteros puestos al servicio del Ejército cubano por las autoridades de la base norteamericana de Guantánamo. El propio presidente Batista dio instrucciones telefónicas para hacer más intensa la operación. Facundo, sin embargo, nunca se dio cuenta de que había sido secuestrado. El chofer era su amigo, de modo que el niño pensó que todo se trataba de un juego y se pasó aquel día feliz, sin asistir al colegio, comiéndose los mangos que bajaba de los árboles y cazando lagartijas en esa zona boscosa próxima a la Carretera Central donde lo tenían supuestamente privado de su libertad. En su posterior testimonio, Facundo contaría que Echevarría y Rodríguez incluso lo dejaron jugar con el cuchillo con el cual en teoría pensaban atentar contra su vida. Pero aquel día de febrero, solo con el paso de las horas, cuando se reencontró con sus padres visiblemente emocionados, cuando vio a cientos de carros policías movilizados, y cuando se enteró de que toda su familia había pasado las últimas horas rezando por su aparición en la Iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre, solo en ese momento el pequeño entendió la magnitud de los acontecimientos.
«Ese niño hoy tiene 77 años, vive en Panamá y se ha tomado un vuelo hasta aquí solo para escucharme hablar con Vargas Llosa», explicó Padura, sin dejar de mirar en dirección al Mediterráneo. Por la noche, después de la charla de ambos escritores, pude por fin darle la mano al que para mí era el personaje más esperado de la noche: don Facundo Bacardí Bravo, bisnieto del ‘Murciélago’, heredero del emporio del ron más famoso del mundo y sobreviviente de un secuestro que, como el de Fangio, reclama una novela. //
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