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Julio Hevia

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Psicoanalista

Panini 2018: la nueva revolución es coleccionar figuritas

La revuelta antiimperialista de estudiantes en Francia cambió la vida de generaciones. Cincuenta años después, un álbum de figuritas mundialistas hace lo propio, en medio de una dimensión eufórica no menos revolucionaria. Es la globalisation néolibérale dominante

Panini

La indignación es síntoma de buena salud del pueblo. Lo saben quienes fueron por figuritas y salieron trasquilados.

Mayo del 68. La coyuntura exigía desempolvar las viejas complicidades de las autoridades de turno con el monstruoso y tentacular imperialismo yankee. Estigmatizadas la apatía, la alienación y el reformismo, el estudiante debía mostrarse inconforme, combativo y militante. En medio de aquel imaginario, el humanismo cristiano dialogaba sin fisuras con el ideario guerrillero del ‘Che’ Guevara; con Luther King, Malcom X y Angela Davis, certificábamos la necesidad de luchar por las minorías étnicas. La promoción de la marihuana y los alucinógenos, amén de una crítica extrema a toda pasividad adulta, confluían en un pacificismo revolucionario que, trágicos y coherentes, encarnaron Morrison, Hendrix y Joplin por allá; e, idiomáticamente más cercanos, Milanés, Mercedes Sosa e incluso la salsa de Colón y Lavoe. 

Aunque no era extraño el hábito de quemar llantas en la vía pública ni la necesidad de huir de los chorros, súbitos y contaminantes, despedidos por los rochabuses policiales limeños, la verdadera chispa contracultural se encendió en París. Aquella rebelión gestada en el nicho académico fue, para muchos, la última gran revolución que Occidente atestiguó, en desmedro, claro está, del escaso protagonismo que a la clase obrera le cupo en tal lid. En tránsito se encontraba el deseo revolucionario –una y otra vez postergado, una y otra vez criticado, una y otra vez aplastado– virando hacia una revolución del deseo. 

Para tal propósito, el ajuste materialista alimentado por Karl Marx se vio atenuado por los absurdos virajes escenificados por Groucho; la liberación sexual y corporal de la juventud que W. Reich exigiera encontró su par conceptual en la postura de un Marcuse dando cuenta del lado maquínico y automatizador que el capitalismo destila a diario sobre el trabajador común. Del polémico O. Wilde se tomó, cual pulmón aspiracional, aquella sentencia que reza que el auténtico realismo debe exigir lo imposible; finalmente, pintas y graffitis irguieron otro código en el escenario urbano, más colorido, más lúdico, próximo a la estilística del flower power.  

Cineastas de gran calibre plasmaron, por aquellos años, auténticos himnos a la libertad y a la solidaridad de las nuevas generaciones, luego devenidos en piezas de colección o pretextos para pronunciamientos más o menos nostálgicos. He allí el jipismo motorizado de Easy Ryder; el romance fugaz y fugitivo entre clases sociales y pugnas políticas que Zabriskie Point hiciera estallar; la fuerza con que es documentado el enfrentamiento entre estudiantes y policías en Las fresas de la amargura, por no hablar del cínico barroquismo con que La Naranja Mecánica ilustra los afanes correctivos de una sociedad desbordada por doquier.  

Después del mito, obligado es el retorno a la realidad. Así, en palabras de Monsiváis, lo del 68 no pasó de ser el ensayo de un proletariado freudiano, aburguesamiento de unas luchas escenificadas en recintos otrora sacros, antaño intocables, indiscutiblemente gerontocráticos. Luego de que Lacan anunciara, en tono conservador y nada gratuito, que lo que los menores requerían era, simple y llanamente, un nuevo padre, Lipovetsky y Perniola resaltaron ciertos corolarios que ya no era posible negar: una cosa son las intenciones que animan cualquier gesta y vehiculan su verdad; otra, el modo en que un aparato mediático las absorbe y desconecta, las maquilla y atenaza. Dado que las distintas revueltas estudiantiles generaron una obligada resonancia televisiva, constituyeron también un contundente indicador del modo en que la cansina repetición de las noticias tiende a asfixiar todo hecho que haga peligrar al establishment. Se trata de diseminar para mejor enrarecer; de atiborrar la agenda informativa para mejor vaciarla a primera hora, sobre la marcha, al ritmo del teclado. 

La nota completa este sábado en la edición impresa de la revista Somos

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