Jerónimo Pimentel

Pensar que fútbol y política son esferas diferenciadas es un error: ambas son expresiones culturales por siempre solapadas. Algunas de esas intersecciones son felices: convertir la inclusión en un valor a celebrar, la felicidad nacional que produce una copa bien organizada. Otras son funestas, sobre todo cuando el deporte se instrumentaliza para fines oscuros: la guerra entre El Salvador y Honduras en 1969 o el Mundial argentino de 1978. En ese sentido, , el primer Mundial organizado por un país árabe en la era de la cancelación y las redes sociales, abre dilemas inexplorados.

Dos extremos enmarcan las fronteras éticas. Por un lado, la posición relativista, verbalizada por Infantino: si vemos cualquier cosa de cerca, durante mucho tiempo, está mal; por tanto, hagamos ojos ciegos. En el rincón opuesto, el esencialismo maradoniano: la pelota no se mancha. Ambas son insostenibles. ¿Qué resquicios quedan, entonces, al amante del fútbol? Aquí una propuesta práctica.

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1. Infórmate. La construcción de la infraestructura catarí produjo la muerte de 6.500 trabajadores en la última década, según la estimación de The Guardian. El escándalo es no haber boicoteado el evento cuando estas atrocidades ocurrían. Lo mismo se puede decir del terrible récord catarí en derechos humanos. La indignación sin data corre el riesgo de ser trivial.

2. Protesta hasta que suene el silbato, retoma 90 minutos después. Uno puede criticar cómo se ha organizado un evento y, a la vez, apoyar a su selección favorita. Pensar que el fútbol debe morir por culpa de la FIFA y los emires no solo no sirve de nada, sino que es inviable, insoportable. Uno debe ser capaz de problematizar y denunciar aquello que debe ser sancionado, pero también celebrar, de otra manera, la vida sería absurda.

3. Presta atención a los símbolos. El fútbol siempre ha sido un vehículo de reclamos y homenajes. Desde las amapolas rojas que se prenden en Inglaterra en homenaje a los caídos en la Primera Guerra Mundial, hasta los crespones negros en son de duelo y los brazaletes arcoíris en apoyo al colectivo LGTBQ. Muy probablemente, ante las presiones oficiales, algunos gestos y símbolos se resignificarán. Otros habrá que entenderlos en su contexto, como la negativa de la selección iraní de cantar su himno en respuesta a la represión que sufren las mujeres de su país.

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4. No todos los problemas reciben la misma atención. Uno es muy preocupante: la ínfima cantidad de entrenadores afrodescendientes (3 de 32), en oposición a su representación dentro de los jugadores de campo. También extraña cuán normalizada está la ausencia de mujeres en la dirección técnica, lo que no tiene una explicación sino desde la discriminación de género. El machismo y el racismo en el fútbol siguen asentados en la estructura de este deporte.

5.Construye otro futuro. El Mundial es también un espejo frente al cual podemos evaluarnos. ¿Nuestra situación en DD. HH. es óptima? ¿Nuestro fútbol, nuestra sociedad, ha desterrado el machismo y el racismo? ¿Nuestros trabajadores de construcción se desempeñan en entornos idóneos?

6. Los futbolistas no tienen la culpa. El futbolista no debe ser responsabilizado por ejercer su profesión. En selecciones, sobre todo: no se juega por dinero, sino por gloria. Extrapolar la posición propia y exigirla a los demás es solo otra forma de intolerancia.

7. Identifica al verdadero enemigo. Esta es fácil, es la FIFA. //



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