La perfección no existe, a menos que formes parte de un museo y seas un objeto sin vida. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
La perfección no existe, a menos que formes parte de un museo y seas un objeto sin vida. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Por Luciana Olivares

Hasta ahora recuerdo la cara de ‘Daniel san’, el tirifilo aspirante a karateka interpretado por Ralph Macchio en la emblemática película Karate kid. Su maestro, el Sr. Miyagi, le ordenaba encerar autos y pintar cercas como parte de sus lecciones de karate, y Daniel no entendía nada. Hasta se cuestionaba si ese viejecillo más bien se estaba ahorrando unos dólares en no contratar a alguien para sus quehaceres del hogar o evitando algún dolor de espalda. “¿A santo de qué me la paso con franelas y brochas cuando debería estar rompiendo ladrillos”?, se preguntaba. Hasta que descubrió que todo aquello que le parecía parte de una rutina sin valor, lo estaba preparando para ser rápido, fuerte, disciplinado, a tener balance, rutina y hacer los mejores movimientos, que incluso lo hicieron ganar la gran competencia de karate en su final de película.

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