Hay una escena de la serie “Slow Horses” (o “Caballos lentos”, de Apple TV) en la que el protagonista, el espía Jackson Lamb, habla por teléfono distendidamente. Una conversación que podría parecer trivial. Si el espectador solo la escucha, sea por haber ido a lavar los platos o por tener la serie solo de fondo, se perderá la mayor revelación de toda esta historia cuando la cámara enfoque los pies del actor protagónico, Gary Oldman. Se trata de un detalle que revela mucho sobre este personaje que nunca cuenta nada sobre sí mismo. Un guiño ejecutado sin reparo ni vergüenza por un actor que se ha llevado el Óscar, el Bafta y el Globo de Oro en una carrera que se sostiene por interpretar cada vez a personajes más inusuales y únicos.
Oldman (68) habla con Somos desde el Reino Unido vía Zoom, vestido casualmente, con la barba crecida y el pelo largo; señales que lo mantienen cerca de su personaje, el primer protagónico continuo que ha tenido para la pantalla chica. La sexta temporada de la serie recién está por estrenarse, pero ya filmó la séptima y es probable, por el look que mantiene, que la octava esté encaminada. La serie sigue a un escuadrón de malos espías, gente que cometió un error en el servicio secreto del gobierno británico y a quienes se les ha dado a elegir: retirarse o quedar castigados con tareas menores en un edificio destartalado.
Dirigido por Lamb, el equipo eligió Slough House, ese pantano burocrático, antes que el destierro. “Creo que si nos identificamos con los personajes de la serie es porque son fallidos, disfuncionales”, cuenta Oldman al mencionarle lo atractivo de ver a gente meter la pata, lo cual ocurre copiosamente en esta ficción. “Tienen hipotecas, problemas de drogas, están divorciados y tienen que navegar por la custodia de los hijos. Son espías con los que la audiencia se puede identificar, mientras que alguien como James Bond, que disfruto enormemente, es más fantástico y en cierto modo más grande que la vida. Es casi como un superhéroe comparado con este elenco”, añade.
Por azares de su carrera, Gary Oldman ha tenido que pasar horas y horas en la silla de maquillaje para grabar sus escenas. Una década después de entrar a Hollywood, y un año después de la fama que le traería interpretar a Lee Harvey Oswald en “JFK” (1991), el actor se convirtió en el viejo conde de “Drácula, de Bram Stoker” (1992), cuya primera aparición en la cinta lo muestra como un ser decadente y tan blanco que parece mortalmente enfermo. En aquella ocasión el papel le valió el premio Saturn a lo mejor de la ciencia ficción y fantasía (una nada si lo comparamos con lo que vendría después).
Lo del maquillaje pesado se volvería una constante en su carrera. Así lo hizo al convertirse en Mason Verger para “Hannibal” (2001), pederasta a quien el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins mutila; o en “Las horas más oscuras” (2017), donde se convirtió en el primer ministro del Reino Unido Winston Churchill luego de pasar cuatro horas cada día recibiendo maquillaje prostético. La paciencia funcionó: ese rol en particular le hizo ganar el premio Óscar a mejor actor. “Un premio glorioso”, dijo él al subir al escenario. Tiempo después, ya en su casa, puso ese y otros galardones alineados y simuló jugar bolos para una foto de Instagram.
Aun así, tanto maquillaje no es fácil de soportar. Entrada la nueva década, el actor, un amante de clásicos de la televisión como “Mad Men” y “True Detective”, quería su propio rol en este formato. Siempre y cuando cumpliera ciertos requerimientos: sin vestuarios pomposos, sin acentos complicados, sin maquillaje muy elaborado y que sea del género de espías, pues disfrutó mucho su trabajo en “El espía que sabía demasiado” (2011). La clase de condiciones que solo puede poner alguien de su talla. Al final consiguió todo eso con “Slow Horses”, donde Jackson Lamb siempre luce la misma gabardina y el mismo cabello grasoso. Debe gustarle el show, pues ya lleva seis años allí.
“Inicialmente tú respondes al material: es un gran personaje y es, como puedes imaginarlo, muy divertido de interpretar. El elenco es estelar. Han sido seis años, seis temporadas, y lo esencial para mí son las personas. Es poder regresar como un personaje, lo cual es un deleite”, cuenta Oldman, quien al haber hecho carrera en el cine estuvo acostumbrado a grabar unas pocas semanas y de ahí decirles adiós al equipo de producción, al director y a los guionistas. Aquí, en cambio, es un hasta luego, un hasta la próxima temporada.
“Trabajar con ese grupo particular de gente y el elenco y equipo técnico es lo que recordaré más. No son escenas específicas que uno hace o los guiones. Es lo colectivo, es la experiencia de trabajar… lo cual nunca había hecho antes. Hice un poco eso con ‘Harry Potter’ [donde fue Sirius Black] y también con la trilogía de ‘Batman’ [como el comisionado Jim Gordon], pero estar tan involucrado con una compañía de actores ha sido una gran experiencia. Como estar en una compañía de teatro”, sostiene.
Si alguien conociera a Jackson Lamb en la vida real, sentiría asco. Pero este hombre que instrumentaliza sus propias flatulencias es, al mismo tiempo, el espía con la mente más aguda de todo el país. A lo largo de todo “Slow Horses” no hay situación que él no pueda superar, dejando por los suelos a los agentes que sí tienen el favor del gobierno. La inteligencia de este hombre hace que uno se pregunte si su conducta, si esta “sinceridad” al extremo no será, tal vez, puro teatro.
“Ya sabes ese viejo dicho de juzgar un libro por su cubierta: si te encontraras con Jackson Lamb, lo menospreciarías”, cuenta Oldman desde el otro lado del Atlántico. “Y eso es parte de su espionaje, creo. Esta máscara que presenta no necesariamente es él en realidad. Vivimos en un mundo donde nos dicen que tenemos que comer mejor: no podemos fumar, no podemos beber, no podemos hacer todas estas cosas que hace Jackson Lamb. Creo que la mitad de las veces él fumaría solo porque sabe que molesta a la gente. Y fumaría deliberadamente en un área de no fumadores. Todas estas cosas que hace ponen al oponente en desventaja. Da la impresión al mundo de que no le importa nada, pero aun así creo que le importa mucho. Creo que probablemente le importen las cosas más que a la mayoría”, reflexiona el actor. Tal vez nunca sepamos la verdad. //
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