Miguel Villegas

En un almanaque colgado en la sala, un imán pegado en la refri o ese viejo televisor sin control remoto que en los 80 -aún- reunía a toda la familia, el apellido del honorable señor Chiyoteru invadió todas las casas peruanas desde que se tiene memoria. Invadía y acampaba: aquella radio National Panasonic la había importado él, el ventilador Philips para el verano tenía su carta de garantía y la última laptop Miray para las clases durante la pandemia se buscaba en su clásico edificio de la avenida Abancay y tenía, en algún lado, su sello. Eran un Hiraoka.

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