Miguel Villegas

Los goles de Pedro Aquino obligaron a revisar otra vez los álbumes de tapa gruesa plastificados donde iban las fotos de niño. Allí, con el fondo de las palmeras gigantes de Campo Mar, la categoría 1995 de Sporting Cristal le presenta al mundo dos niños futbolistas: abrazos, con camisetas amarillas, Pedro Aquino y Renato Tapia. Todavía no eran no tenían familia, no podían darse lujos.

Fue el periodista Jorge Gonzales quien la hizo pública en su cuenta de Twitter, después de los golazos de Aquino a Chile y esa eufórica celebración con Tapia, su competencia en el puesto en el equipo de Ricardo Gareca, su cómplice cuando había que tomar un par buses para llegar hasta el sur de Lima, en Lurín.

El amigo con el que no rivaliza, se abraza.

"Hoy pelean el puesto en la selección, pero apenas marcó Aquino el primero en ir a abrazarlo fue Renato", escribió Gonzales y la imagen se hizo viral.

Pero no es la única relación de toda la vida que explica por qué esta selección se mira como si el vestuario fuera la sala de su propia casa. Como si fueran una familia.

OREJAS FLORES Y ANDY POLO
Somos nuestro pasado.

Uno vivía en Collique, el otro en Barrios Altos. Les sobraba esquina, pista. Y les sobraba hambre en todos los sentidos, no crea: a Edison Flores apenas le alcanzaban las monedas para tomar tres carros hasta Campo Mar y Andy Polo tenía que esperar por horas el Maleño. Hasta que jugaron juntos en una Sub 17 de Perú en Ecuador –hicieron 6 goles entre los dos- y los rumores de que las menores de la ‘U’ estaban lideradas por estos dos muchachos ya no aguantaron más los pasillos. Fue a verlos Chemo del Solar, acompañado de Javier Chirinos, y no hubo duda. Tenían que pasar al primer equipo.

El coordinador general de Universitario, José Olaechea, entonces encargado del área de prensa, les tomó una foto de esas que solo los coleccionistas aprecian: últimos en bañarse, les pidió posar para el álbum que nadie revisa el día de su primer entrenamiento con el equipo principal. Era el 31 de marzo a la una de la tarde. No había ya un solo periodista. “Todos los que estábamos en la ‘U’ sabíamos que Oreja y Polo iban a romperla. Pero no decíamos nada para cuidarlos”, recuerda Olaechea ahora, después de publicar la foto de nuevo en su muro de Facebook.


Av. Grau 662, Barranco. Podía tomar la 10E, la Chama. Y ahí, cuando baja del bus, uno de los primeros en darle el encuentro era un moreno de piernas flacas que venía del colegio Alfonso Ugarte de Santa Anita. Era Jefferson Farfán, que en 1996 tenía 14 años y ya era uno de los jóvenes aliancistas más talentosos del programa Los Reyes Rojos. Ese año, Paolo coincidió por primera vez en un salón de clases de tercero de secundaria. Dicen –quienes los conocieron de entonces- que la química fue instantánea, notable, cara. Farfán se llevaba a todos en los torneos de AFIM, Paolo hacía los goles. Se fueron de gira a Europa. Se compraron los primeros gorritos, los primeros relojes, las primeras zapatillas. Juntos.

La crisis emocional de la selección post sanción a Paolo no se vivía dentro: allí, Jefferson Farfán nunca dejó de tener contacto con Guerrero, con quien chateaba por Instagram todos los días. El 10 de Perú pensó que era momento de un respaldo unánime, un golpe de autoridad para que sepan en cadena nacional que el plantel peruano estaba con Guerrero. Entonces mandó a hacer los polos con los que el equipo titular salió a calentar en ese inolvidable partido contra Nueva Zelanda en Lima, el 15 de noviembre del 2017. Y entonces habló con uno de los utileros por si, como le había pronosticado Paolo, él hacía un gol. Así nació el emotivo festejo, llorando, con la camiseta número ‘9’.

Una familia.

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