Redacción EC

Gabriela Reyna 

Hasta hace un par de años, yo sentía que cargaba conmigo a un traidor: mi cuerpo. El que tiembla cuando no tengo miedo. El que suda cuando no siento vergüenza. El que me humedece los ojos y quiebra la voz cuando ni siquiera estoy triste. Mi cuerpo, siempre pensé, sería mi peor publicista. Un empaque que me hacía lucir débil e insegura aunque yo me sintiera fuerte y convencida. 

De niña, mi mamá me jalaba de la mano para saludar con beso a mis tías. De adolescente, mis dos amigas creían que teníamos que conocer aún más amigas. Ya adulta, trabajo sentada alrededor de una mesa con cinco personas en donde el ‘brainstorming’ no es opcional. En el mundo en el que me tocó crecer, hay que ser popular y hablar más fuerte, ¿entiendes, cuerpo? Gana el que opina las 24 horas del día –aunque sea por Twitter– y a mí opinar me cansa. Literalmente. 

Mi cuerpo y yo nos reconciliamos hace dos años cuando, caminando en un supermercado, la portada de una revista me llamó: En un fondo blanco, un niño miraba al suelo mientras sostenía un megáfono. «El poder de los tímidos », decía el título. Compré la revista porque algo en mí se identificó, aunque mis amigos dicen que hablo demasiado como para llamarme tímida. En ese artículo presté atención por primera vez a otra palabra: introvertido. Entendí que introversión no es sinónimo de timidez.

Portada de la revista Time: The power of the shyness (febrero 2012)

La timidez es el miedo a la humillación en público, mientras que la introversión es preferir ambientes que no estimulen demasiado tu cerebro. Siempre lo sospeché: mi ansiedad es una reacción biológica. En la Universidad de Harvard hay científicos estudiando el cerebro del hombre para entender su temperamento. Uno de ellos, Jerome Kagan, empezó un estudio en 1989, cuando él y su equipo reunieron a 500 bebes de cuatro meses en su laboratorio. 

Durante 45 minutos los expondrían a un puñado de nuevas experiencias: el olor del alcohol, el sonido de un globo al reventarse, móviles de juguetes de colores. Las reacciones a los estímulos dividieron a los niños en dos grupos: los que reaccionaban pronto (agitando brazos y piernas o llorando), y los que mantuvieron la calma (registraban el estímulo pero no parecía incomodarles). 

El científico Kagan ha vuelto a ver a estos niños a la edad de dos, cuatro, siete y once años y descubrió que los que no se incomodaron con el sonido de un globo al reventar se habían convertido en capitanes de fútbol y protagonistas de obras escolares, mientras que los niños que se desesperaban ante el mismo sonido, pertenecían a un grupo de lectura o eran felices estrellas de reparto.

Kagan todavía hace análisis periódicos a estos mismos pacientes, porque sigue recopilando datos para sustentar su teoría: las personas más sensibles a los estímulos son personas introvertidas y las personas menos sensibles a los estímulos son extrovertidas. Ese experimento se mencionaba en el artículo de la revista que resultó siendo el extracto de un libro: «El poder de los introvertidos en un mundo que no puede callarse». Conseguí el libro y Susan Cain, la autora, con sus más de 300 páginas me ayudó a entender que era posible que mi cuerpo se angustie cuando está entre muchas personas, aunque yo no sienta temor excesivo a la desaprobación de ellas. Comprendí que yo no era tímida, pero sí introvertida.

Siempre me ha puesto nerviosa un globo a punto de reventar. Hace dos años me reconcilié con mi cuerpo porque entendí que ese hipersensible cerebro que me hace sudar y temblar cuando se siente sobrecargado es el mismo que me permite conmoverme con un libro, disfrutar de los momentos a solas o sentir el dolor de un amigo. En el mundo exhibicionista en el que vivimos, se dice, sin decirlo, que para ser exitoso tienes que ser carismático y popular. 

Pero para todos hay un sitio: para el que habla desde un escenario y para el que aplaude entusiasmado por lo que acaba de oír. Trabajo con gente a la que admiro y a la que me gusta escuchar. Aun así, cuando siento que la ‘lluvia de ideas’ me ahoga, me tomo cinco minutos para respirar tranquila fuera de la oficina. Un momento para que mi cerebro descanse. Luego regresaré a la discusión y defenderé mis opiniones: es más fácil hablar si algo realmente te importa. Sin esforzarme por encajar en ningún estereotipo, ha sido más sencillo encontrar mi sitio. En una fiesta, casi siempre soy la chica que conversa con dos amigos en la cocina pero me divierto tanto como la que baila sobre la mesa.

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