Mis diez citas en San Valentín

“No hay mejor momento que el presente y no hay mejor edad que la actual”. Esta frase me ha estado dando vueltas en la cabeza últimamente, ahora que estoy por cumplir 30, magno acontecimiento que ocurrirá en abril. No me la terminaba de creer pues antes era yo quien animaba a mis amistades con otra sentencia recurrente: “La edad es un estado mental y depende de qué te quieres preocupar, si de la edad que tienes, de la que luces o de la que te sientes”.
Después de este último 14 de febrero, hoy estoy más convencido que antes de que soy muy feliz a mis 29 (y que me sigo sintiendo como de 19).
Empezaré contándoles que gracias al apoyo de una parte de mi familia, que solo descubrí y conocí en mi adultez, llegué al bellísimo estado de Colorado en los Estados Unidos. Cuando partí de Lima, en febrero del 2002, fue con la intención típica de alejarme de los míos por unos cuantos meses para trabajar, producir en divisas extranjeras y asegurar el regreso e invertir en algún negocio, vivienda (mejor si era ambas) o algo por el estilo. Sin embargo, en agosto de ese mismo año, me contrataron en la ciudad de Irving -condado de Dallas, estado de Texas- como el flamante nuevo maestro bilingüe en una escuela pública con una riquísima población hispana. Cambié de visa dos veces y empecé mi labor enseñando pequeñines de cuarto grado.
Ahora sí, les contaré lo que ocurrió el catorce: La clase del jueves fue ofrendada no a la figura histórico-mítica de San Valentín si existió o no, si fue mártir o no lo fue. La dediqué íntegramente al tema del amor y a la negación de la caricaturización telenovelesca de este. Revisamos juntos las versiones de este magno sentimiento, como lo pueden ser el amor conyugal, filial, paternal, maternal, amical, fraternal y filántropo. Después de discutir conceptos, pasamos a leer juntos pasajes históricos de algunos de mis grandes héroes modernos: Florence Nightingale (la “Dama de la linterna”, fabulosa heroína gestora de la enfermería moderna), el Padre Damián (mártir entre los leprosos de Molokai), y otras figuras, cuyas vidas son ejemplo latente de AMOR.
La parte académica de ese día iba a ser muy relajada. En Irving tenemos permiso solamente dos veces por año escolar –en Navidad y en San Valentín- para celebrar fiestas en el salón con golosinas, gaseosa y chatarra en general. Con ese fin, la noche anterior había ordenado pizzas por anticipado y me había ido al supermercado a comprar un ramo de rosas para las niñas de mi aula (tradición personal). Como cada febrero, se produjo la misma historia recurrente: más de 10 caritas curiosas rodeándome y sonriéndome… “¿Para quién son? ¿Es una maestra? ¿Es una “amigaaaaaa”?”, (haciendo los gestos de comillas con las manos, como les enseñé a hacerlo cada vez que usan una frase sarcástica o un término sacado de otro idioma), “Mr. Carpio… ¿Está con novia? ¡¡¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!!!”.
Como nunca, aquel día los mandé a almorzar a la cafetería (usualmente los dejo comer en el salón conmigo mientras vemos las películas que les traigo) para yo tener tiempo de cortar las rosas, imprimir un corazoncito amarillo y desearles un precioso día del amor y la amistad. Cuando me ocupaba de dichos menesteres, se aparecieron la subdirectora y la consejera en mi clase para curiosear sobre lo que habían escuchado de labios de mis enanas ante su interrogante.
- ¿Qué hacen aquí? ¡Ustedes comen con Mr. Carpio todos los días!
- Sí, pero el maestro dijo que necesitaba un rato a solas porque HA TRAIDO FLORES PARA ALGUIEN ESPECIAAAAAAAL… ¿Ud. no sabe quién es? Jijijijijijijiijjijijijii…
Ambas se quedaron encantadas al ver que las flores estaban siendo colocadas cuidadosamente en cada escritorio de mis alumnas. “Que hermoso gesto, J…”, dijeron. Más tarde volverían a pisar mis territorios para paladear el sabrosísimo y peruanísimo pionono que mi amiga Alicia preparó para invitar en la escuela.
Fin de la hora del almuerzo y tiempo de recogerlos. Los llevé al recreo para hacer la cosa más emocionante (era la 1 p.m. y la fiesta empezaba a la 1:30 p.m.). Ya sabía lo que se venia.
- Mr. Carpio, ¿ya le dio las rosas a esa persona “espeeeeciaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaal”? (moviendo los deditos de nuevo).
- (Dudando) Bueno, siiiiiiiiii, y espero que les gusten.
- ¿CÓMO? ¿¿¿¿Eran para más de una mujer????? (¡Escándalo! ¡Es un escándalo…).
- (Con la boca muy abierta) ¿Tiene algo de malo? ¿Acaso estoy con alguien? ¿Acaso no soy soltero? ¿AAAAAHHHHHHHHHHHHHH?
- Ya cálmese maestro (matándose de risa… ya no asusto a nadie)… Díganos pueeeeeeeees… ¿Para quién eran?
- ¿Para qué quieren saber? Eso es parte de mi vida privada… ¿Acaso ustedes tienen que enterarse de absolutamente TODO lo que yo hago?
- ¡S

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)