El paraíso no está en la otra esquina

A propósito del post de Ernesto Gamra sobre Quebec, quiero aunarme a ese interesante artículo y compartir con mis compatriotas mi experiencia acumulada en Europa. Como canta Juan Luis Guerra, muchos peruanos creen que existe una “Visa para un sueño”. Desde el otro lado de la orilla, se idealiza la vida en el extranjero tanto como la religión mitifica el paraíso. Pero, ¿realmente existe un paraíso? ¿Existe acaso un país que te abre las brazos y te rescata del Perú, como dice uno de mis compatriotas que escribió en un post anterior, “por gracia de Dios”?
La mayoría de peruanos que sale por primera vez del Perú tienen una idea idílica de la vida en los países desarrollados. Saben por parientes o amigos que en el extranjero uno puede encontrar trabajo, ganar dinero y triunfar como todo peruano creativo y trabajador, pero ¿es así en la mayoría de los casos?¿Quién se fue al paraíso y volvió diciendo que era más bien el infierno? Nadie que yo conozca. Al contrario, la gente que pasó por el extranjero y regresó al Perú, se avergüenza de decir que le fue mal, que fracasó, y más bien tienen la “versión feliz” de su experiencia. Total, nadie en Perú realmente sabe cómo vivió. Este post es un comentario más de una peruana que reside y estudia en Alemania, y estos son algunos de los mitos que pretendo aclarar:
En el extranjero, uno consigue el trabajo que no consigue en el Perú
Creo que esta es una falacia. Uno puede encontrar trabajo dependiendo de su calificación. Si no conoces el idioma del país receptor (lo suficiente como para hacer una entrevista y desempeñarte eficientemente), si eres ilegal y no tienes idea de la sociedad a la que fuiste a parar, no consigues un trabajo humano.
Si por esas cosa del destino llegaras a conseguir uno, ese empleo será en el “mercado negro” o informal. Los mercados negros son aquellos en los que el empleador te paga al margen de la ley y donde no estás en ningún documento oficial de la empresa y por lo tanto, no tienes derechos laborales. En un castellano más fácil, recibes un salario por debajo del mínimo pese a cumplir 8 horas de trabajo. En buena cuenta, eres explotado, o como se dice, “mano de obra barata”. Ese salario quizá es mucho más de lo que hubieras ganado en el Perú, por supuesto, pero recordemos que en el país receptor tienes que comprar alimentos en dólares, euros, u otra moneda extranjera, no en nuevos soles. Además está la renta por el piso, los pasajes, un poco de ropa, etcétera.
Si eres inmigrante legal, sabes el idioma, y tienes algún oficio, las cosas mejoran. Sin embargo, te tienes que ganar el respeto y la confianza de tu empleador, es decir, debes ser responsable, trabajador, acatar las normas del país receptor (pagar impuestos, respetar las leyes). Este grupo de inmigrantes tendrá una situación estable a largo plazo luego de mucho sacrificio, como el caso honorable de mi compatriota Juan Valverde (El Rey del Cebiche en Córdoba, Argentina). Con mucho esfuerzo se puede salir adelante. Quizá no sean ellos los que disfruten de los sacrificios, sino los hijos o los nietos.
Si eres inmigrante legal, sabes el idioma, y encuentras un nicho en el mercado para explotar (junto con un capital, claro está) las posibilidades de ganar dinero son mayores. ¿Quién consigue eso? Muy pocos, creo yo.

La vida es mejor en el extranjero
La gente cree que si uno consigue salir del Perú como cuy de una jaula, uno tiene automáticamente una vida mejor. Cito textualmente un comentario del amigo J.J que escribió en un post anterior y que me ayuda a poner un ejemplo:
“Caray compatriota, parece que no fue lo que en sí buscabas en la vida, pero hiciste bien en emigrar a tierras lejanas, pues si en verdad te iba tan mal en el Perú, estoy seguro que allá en Canadá te va mejor”
Voy a suponer que “mejor” se traduce en trabajo, con el que gana dinero y se compran televisor, carros, casas, entre otros (cosa que no se consigue en el Perú). Ya expliqué que esta es una verdad a medias.
También es importante que se sepa que cuando se llega a un país extranjero, seremos “los otros”, “los inmigrantes”, y que el grado de aceptación de la sociedad receptora decidirá en buena cuenta la velocidad de nuestros progresos. Traduzco con un ejemplo: En Alemania, el grupo mayoritario de inmigrantes es turco. Los turcos llegaron en masa en la década del sesenta como invitados (Gast Arbeiters) y muchos se quedaron de inmigrantes ilegales debido a la situación económica de su país, por los atentados de musulmanes extremistas, las diferencias culturales. Los turcos y los islámicos en general son discriminados en la sociedad alemana. Conclusión: Un turco difícilmente ascenderá socialmente porque tiene una carga social negativa. Ello no significa que está condenado a no salir adelante, sino que su progreso será difícil y lento.
En Francia ocurre lo mismo. El grupo mayoritario de inmigrantes es africano, gente que viene de ex colonias francesas en busca de una mejor vida. Los negros no solo son discriminados, sino que la mayoría no tiene trabajo. Francia no es como lo pintan en televisión. Allá, ni los mismos franceses encuentran trabajo.
En España, el grupo mayoritario es latino. ¿Se imaginan por qué?. Los latinos o “sudacas” trabajan mayoritariamente en trabajos muy honrados como labores de limpieza, agricultura, y servicios. El que quiere hacer valer su cartón peruano y salir adelante como médico, abogado o ingeniero, tiene que dormir 5 horas al día para empezar a ganarse el respeto laboral.
No caigamos en la ingenuidad. Mi consejo no es que se deje de emigrar sino que, antes de hacerlo, uno se informe de las posibilidades y exigencias del país receptor.
Definitivamente es indispensable aprender el idioma con antelación y no esperar (como algunos amigos míos) a que por obra y gracia del Espíritu Santo el idioma cale en ti. Dominando el idioma uno puede encontrar mejores posibilidades de trabajo en los primeros años.
No es como mi compatriota Antonio (post “Bienvenu au Canada”) dice, no es el azar o la obra de Dios lo que nos da una visa, somos nosotros quienes, con decisiones responsables que se basan en la información y un exámen de nuestra realidad, los que nos formamos nuestro destino.
Fabiola Baquerizo, Alemania
*Esta es una experiencia personal de la lectora Fabiola Baquerizo. El Comercio no se solidariza con las opiniones vertidas en este post.
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