Cambio de vida

Nunca tuve como objetivo salir del Perú. A los 24 años, con mi diploma bajo el brazo, con trabajo en dos colegios, con la posibilidad de ser nombrada y con un romance que llegaría al altar, jamás paso por mi mente que mi vida cambiaría drásticamente. Por iniciativa de mi madre, me inscribí a un programa que envía niñeras a Estados Unidos. Pensando en mejorar el idioma dije que sí, pero con la idea de regresar después de un año para continuar mi trabajo como maestra de inglés.
Tengo una tía que vive en Virginia y cada verano viene a visitarnos, pero mi destino era Chicago. Partí en marzo del 2002 dejando atrás mi ciudad querida y todo lo demás.
Recuerdo que llegué un sábado y fui recibida por la señora que sería mi empleadora. Se mostró muy amable y comprensiva. Pensé que el trabajo no sería tan difícil, pues ella venía de separarse y solo tenía un niño de 2 años. ¡Qué equivocada estaba! A solo tres días de mi llegada, me dijo que ella se retractaba de su decisión, y que ya había hablado con la coordinadora del programa para que me transfiriera de familia. Hasta el día de hoy no sé exactamente por qué ella cambió de parecer.
El siguiente sábado estaba volando a Maryland. Hablando con el abuelo, me preguntó si tenia familia en Estados Unidos y le comenté de mi tía en Virginia. Para mi sorpresa, ella vivía a 40 minutos de ahí, así que la llamé y quedamos en vernos pronto. En esos días conocí a otra niñera peruana, y en mi única salida a la discoteca, conocimos a otro peruano. A los 10 días de mi llegada a MD, la mamá me estaba diciendo que ya no quería que siga en su casa porque ella quería que yo cocine, cosa que no estaba en mi contrato de trabajo. Esa misma noche, la coordinadora me entrego mi pasaje de regreso a Lima. Se supone que tienes 3 oportunidades de mudarte, pero no quisieron que yo las tuviera.
Asustada y en un arranque de locura, decidí escaparme. En vez de ir al aeropuerto, me fui a casa de mi tía con la ayuda de la otra niñera y el peruano. Una vez ahí, me comuniqué con el jefe en Lima para pedir mi tercera oportunidad ya que mi mamá había gastado los ahorros de su vida en un viaje que no había durado ni un mes. Esperé, esperé y esperé. El tipo en Lima nunca me llamó. Ahora estaba sola. Durante esas dos semanas de espera, mi amigo el peruano me mostraba la ciudad de Washington DC y trababa de convencerme para que me quedara de ilegal como él. Yo tenia miedo, pero más fuerte era en mi la culpabilidad del dinero perdido de mi madre.
Finalmente, mi amigo me ayudó a conseguir un trabajo como cajera en McDonalds. Ese día volví a casa de mi tía y le conté la decisión de trabajar. Ella me respondió con unas palabras que quedarían selladas en mí para siempre: “Si te vas a quedar de ilegal, mañana mismo sales de mi casa”. Al día siguiente salí con mis maletas, expulsada por tercera vez en menos de un mes. Sin embargo, mi amigo el peruano me dio cobijo en su estudio. Ese mismo día empecé a trabajar de 5 p.m. a 2 a.m. ganando menos del mínimo y por las mañanas salía a buscar un mejor empleo. Así estuve 6 meses. Como indocumentada las cosas son muy difíciles y los únicos trabajos accesibles son de limpieza o cocina. Me sentía tan frustrada profesionalmente que solo me quedaba mirar al frente y seguir.
Hasta que por fin encontré otro trabajo, también de cajera, pero en un mejor restaurante y con mejor paga. Después de 10 meses, mi jefe se dio cuenta de mis papeles falsos y me despidió, pero como dicen, no hay mal que por bien no venga. A los pocos días encontré trabajo en un restaurante que estaba a punto de abrir.
Con el correr de las semanas todo mi esfuerzo empezó a dar frutos, hasta que la dueña me propuso que sea su gerente. Estuve con ellos casi un año hasta que conocí al que es mi esposo. Yo pensaba que me quedaría viviendo en Estados Unidos con mi nueva familia, pero no. Mi esposo, que es canadiense, decidió que era mejor para mi situación legal ir a Canadá. Volví al Perú el 2006 después de 4 años y empezamos los papeles de residencia canadiense. Ahora ya tengo 2 años aquí, dos lindos bebes, y hace poco compramos nuestra primera casa. Si alguien me hubiera leído el futuro, nunca le hubiera creído. Y mirando hacia atrás, valió la pena todo lo que pasé para tener la familia y la vida que ahora llevo.
Pd.- Quiero agradecer públicamente a mi amigo Javier por haberme dado un techo cuando más lo necesitaba: Javier, aunque nunca te lo haya dicho, me salvaste la vida.
Pd2.- La foto que acompaña este post fue tomada durante el carnaval de Quebec en febrero. Hacen esculturas de hielo, y esa de ahí es con Bonhomme Carnaval, el símbolo del festival.
Amarilis, Canadá
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)