¿Qué quieren las mujeres?

Foto: cowbite
Llegué a Barcelona en enero del 2003. Por fortuna, o quizás por desgracia, no sufrí ese gran dolor que deben padecer muchos compatriotas al tener que dejar a su ser amado al otro lado del charco. Se podría decir que nunca he tenido buena suerte en el plano sentimental, mis relaciones nunca han sido duraderas. Al principio lo atribuía a mi inmadurez o a mi negativa a sentar cabeza. Luego, pensé que solo era mala suerte y ahora creo que es mi falta de comprensión hacia las mujeres.
La primera vez que me pregunté ¿qué quieren las mujeres? fue con mi primer lío amoroso en el viejo mundo, el cual, a su vez, vino de la mano de mi primer empleo. Trabajé como camarero en un bar cercano a las ramblas (uno de los lugares más turísticos de Barcelona) y a pesar que no tenía ni idea de qué era un carajillo o un cortado, me contrataron, pues conocía algo sobre bebidas y mi inglés era fluido.
Aquella aventura la tuve con una compañera del trabajo, una catalana con pinta de intelectual, quien llevaba siempre un par de modernas gafas y se pasaba todo el tiempo comentando pasajes de los libros que se devoraba. Nunca llegué a entender qué era lo que quería en esta vida. Después de poco más de un mes de ser “amigos con derecho a roce”, decidió renunciar al trabajo y marcharse a Dublín a perfeccionar su inglés. Por supuesto, me pidió que la fuera a visitar, pero mi economía no me lo permitía y mis prioridades eran otras en esos momentos. No la volví a ver nunca más.Poco después y aún sin haber tenido el tiempo necesario para olvidarme de aquella chica del lema “Amor y Paz”, volvería a hacerme la misma pregunta. Era el día de Sant Jordi (patrón de Cataluña y Día del Libro y la Rosa) y aquel bar estaba abarrotado de gente. Aun así, pude percibir que había una dama en medio de ese mar de mesas y clientes que parecía interesada en mi persona. Ya lo había notado antes, pero fue aquel día que la invité a salir. Era una clienta habitual con aspecto de guiri (así se les llama a los turistas aquí), que acudía cada día a media mañana. A pesar de ser 10 años mayor que yo, se comportaba como si tuviera mi edad y bailaba muy bien la salsa para ser austríaca. Entre otras cosas, me aseguró que lo que ella quería era tener una relación seria y que, por motivos económicos, aún convivía con su ex pareja hasta que lograran vender el departamento que habían comprado juntos. Con ella viví unos de los momentos con más adrenalina de mi vida: cuando su supuesto ex novio casi nos “ampaya” en su propio apartamento (no explico detalles para no herir la susceptibilidad de algunos lectores). Fue entonces cuando le descubrí la mentirilla y decidí alejarme. Unos meses después, quedaría estupefacto al verla por la playa tomada de la mano de otra mujer. Al principio pensé: “deben ser muy amigas”, pero un largo y apasionado beso me mostró la realidad. Para una vez que tuve oportunidad de cumplir mi fantasía sexual, voy y la pierdo.
Poco antes del vencimiento de mi contrato de seis meses en aquel bar de los recuerdos, recibí una oferta de empleo de una clínica dental, con lo cual dejé la hostelería. Comencé trabajando como higienista y auxiliar mientras recorría el largo y engorroso camino de la homologación. Pasados varios meses y ya con un contrato fijo, pude por fin alquilar un humilde estudio (pequeño apartamento) en un barrio céntrico de la “Ciutat Comtal”. Fue en una de esas tranquilas tardes después del trabajo, cuando una hermosa andaluza llamó a mi puerta para ofrecerme los servicios de una compañía telefónica. La invité a pasar y mientras me explicaba que si las llamadas locales eran gratis y que si me regalaban el router inalámbrico, etc., etc., yo solo atinaba a pensar que la belleza de las chicas del sur de la península era incomparable. Después de varios minutos de conversación, le pedí su número por si tenía alguna duda con respecto a su oferta. Por supuesto la llamé y le insinué que teníamos que conversar sobre el tema aquel viernes por la noche, cenando en un restaurante vegetariano que yo conocía (con lo que odio las verduras).
No habían pasado ni treinta días desde la primera vez que nos liamos, cuando me propuso venirse a vivir conmigo. Me aseguró que a sus 24 años ya lo tenía todo claro. No me desagradó del todo la idea, sin embargo, le sugerí más tiempo e intenté convencerla que de momento siguieramos así, conviviendo solo los fines de semana. Fue ahí cuando comenzaron los malos entendidos. Además, su empresa le había cambiado de sector y tenía que mudarse a un pueblo no muy cercano. Quizás debí apoyarla cuando me pidió que adoptara a sus dos perros, pero lamentablemente soy alérgico y no me apetecía tener mascotas. Creo que con esta última negativa decidió dejarme, pues esa fue la última vez que hablamos en persona. Luego, las pocas conversaciones telefónicas que tuvimos fueron frías y distantes. Finalmente desapareció de mi vida sin siquiera despedirse. Aquella misteriosa pregunta volvería a rondar por mi cabeza por tercera vez.
Luego hubo algunos pequeños ligues más. Desde una trujillana muy liberal que me advirtió que solo buscaba un hombre para llevarlo a la cama porque, según ella, estaba muy concentrada en su trabajo, hasta una jovencita de nacionalidad rusa que no se cansaba de repetirme que el matrimonio era la base de toda relación formal, claro, considerando que yo ya tenía la nacionalidad española. Sin embargo, fue mi última novia quien realmente me motivó a escribir esta entrada y titularla con esta indescifrable pregunta.
Dicha dama, atraída por el clima y la gastronomía catalana, decidió visitar a una prima suya, que lleva ya un buen tiempo viviendo en Barcelona. Coincidimos en una de esas fiestas interculturales que se montan en los pisos y que terminan en alguna discoteca cercana. Esa noche me confesó que tenía cierta fascinación por la cultura latina, y por supuesto, aproveché para enseñarle algo de español y me ofrecí a llevarla por todos los rincones de esta ciudad en los cinco días que le quedaban. De este modo surgió mi -hasta ahora- último romance. Después de una segunda visita por parte de ella, me tocaría a mí ir a visitarla a su pequeña ciudad en Jutland, en la fría Dinamarca. Así pasaron seis meses, aprovechando los puentes y fines de semana para poder estar juntos. Por fin, cansada de aviones y largas horas en los aeropuertos, me invitó a vivir con ella. Al comienzo no me agradó la idea. Tan sólo pensar que tenía que comenzar de cero en un país cuya lengua desconocía por completo y además, con todo el esfuerzo que me había costado homologar mi título aquí en España… Sin embargo, luego comprendí que era la solución más óptima si queríamos seguir juntos. Ella no hablaba nada de español y yo con mi inglés quizás podría encontrar algún trabajo en aquel nórdico país. Finalmente me decidí. Estuve a punto estuve de renunciar a mi trabajo cuando, de la noche a la mañana, me salió con que aún no estaba preparada para vivir en pareja. Posteriormente dejó de conectarse al messenger y ya no respondía al teléfono. Finalmente, después de algunas semanas, encontré en el buzón de mi vivienda, una carta escrita a puño y letra por ella.
Ha pasado ya más de un mes y aún no llego a entender qué pasó, qué era lo que realmente quería. Teniendo en cuenta que es solo unos meses mayor que yo, por qué se habrá despedido diciéndome “busca una chica más joven que yo y forma una familia”. En fin, ¿quién las entiende?.
P.D.: Probablemente no haya sido muy elegante ventilar mis aventuras, o mejor dicho, mis desventuras amorosas en este espacio. Simplemente me pareció divertido compartirlas con los lectores de este blog. Si alguien conoce la respuesta a esta incógnita, agradecería mucho me la diera a conocer.
Zack Reina, Barcelona.
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)