Choque cultural… al revés

Anyela y su esposo Rene.
Todos los que estamos lejos del Perú podemos hablar de las diferencias que hay entre un país y el otro, de cómo es en Perú y de cómo es en Holanda, por ejemplo, de lo que extrañamos, de cómo la cultura es diferente y de un sinnúmero de cosas más… Cierto es que a la distancia se valora más lo que se dejó atrás, y cierto es también que con la distancia se tiende a recordar lo bueno y olvidar un poquito lo malo (es como recordar a un antiguo amor). Y por supuesto, esto también se da al revés….
Podría empezar escribiendo todas las historias de mi propio choque cultural, pero prefiero empezar compartiendo algo que me sucedió algunos meses atrás: Una mujer holandesa me escribió, a través de una de esas redes similares al hi5, para felicitarme por una pagina mía. Tuvo comentarios muy amables hacia mí y hacia nuestro país, lo que por supuesto me llenó de orgullo. Antes de responderle decidí darle un vistazo a su página que, según yo, prometía muchas cosas buenas sobre el Perú y su gente…
Ella estaba casada con un peruano y habían vivido juntos en el Perú por un par de años. Empecé a leer su blog con entusiasmo y grande fue mi sorpresa cuando, a medida que iba leyendo, un gesto de terror y un signo de interrogación se fue dibujando en mi rostro…
¿QUÉ? Pero… ¿QUÉ?? ¡Todo lo que decía del Perú era malo! ¡Era un blog de unas siete entradas y todas eran negativas! No podía ser, tenia que haber algún error ¿Era la misma chica que me había escrito diciendo cosas amables del Perú?
¿Y qué era lo que ella decía? Bueno, aquí algunas -entre otras- cosas:1. Que los peruanos no sabemos sumar y/o hacer operaciones matemáticas mentales, para lo cual ella daba unos cuantos tips de cómo aprovechar esta situación para “lidiar” con la señora del mercado para que no te cobre de más cuando eres “gringo/a”
Bueno, pensé, es cierto que no todos somos muy rápidos. De inmediato imaginé una operación matemática con sumas, restas y multiplicaciones para probar su error y bueno, la verdad es que yo jamás fui buena en matemáticas… ¿pero de ahí a que no sepa sumar 3 veces 3?
2. Que no hay fiesta que no termine en borrachera, con gente borracha en los rincones.
¡Qué exageración!, pensé. ¡Así no es en todo lado!… Y por ahí en un rinconcito de mi mente se filtró la imagen del clásico tío borrachín que nos arruina la fiesta a todos…
3. Sobre la comida: que nuestras bebidas son demasiado dulces (tres cucharadas de azúcar en el té), que a todo le echamos demasiada azúcar o demasiada sal, que solo comemos arroz (y que este es muy seco y sin sabor), que comemos el pollo con piel y huesos, que nuestros postres tienen aún las pepas de las frutas, que no nos gustan las verduras y que si siempre nos duele el estomago después de comer es porque todo lo comemos frío y la palabra “caliente” no existe en nuestra comida.
¡Esto sí que no!, dije… Pero si la comida peruana es una de las más ricas del mundo, ya están reconociéndolo mundialmente, ¡hemos ganado premios!… Claro que conozco a una tía a la que le gusta echarle tres cucharas de azúcar al té y claro que recuerdo la cara de horror de mi esposo cuando en su primera visita al Perú mi mamá le sirvió un aguadito con su respectiva patita de pollo, pero de aquí a que nuestra comida sea horrible… ¡Qué exagerada esta chica!
4. Que la hospitalidad no existe en el Perú porque no le damos al invitado la posibilidad de elegir, sino que lo atiborramos de todo y le negamos la posibilidad de decir “no, gracias”.
Decía ella que si no llegas a la casa de un peruano a la hora de la comida no te ofrecen ni té (con su galletita al lado), pero que si, al contrario, llegas alrededor de la hora de la comida te sirven un plato de comida como para dos, con mucho arroz y al que es casi imposible negarse.
¡Pero cómo que no existe hospitalidad! Pero si nosotros nos jactamos de eso. Es cierto que en nuestras casas nunca falta comida extra en caso de visitas y bueno, también es cierto que las porciones que mi mamá le servía a mi esposo eran para dos (“Pero si el es hombre hijita. ¡Los hombres comen más!). Pero tampoco era como esta chica lo decía… Qué exagerada de nuevo…
Como verán, por mis comentarios, tuve diferentes reacciones:
La primera fue de indignación y las peores comparaciones cruzaron por mi mente: ¿Pero qué se ha creído esta chica? ¡Ay, si yo comparara las cosas que ella menciona con lo que sucede en Holanda!
Mi segunda reacción fue: “Bueno, algunas cosas son un poquito ciertas. Sucede en algunos casos, no se pude generalizar, no todos somos iguales. ¡Pero qué fea es la manera en la que lo dice”, etc.
Mi última reacción fue una sonrisa. Sí, una sonrisa. ¿Por qué? Porque entonces comprendí. Comprendí que ella había pasado por un choque cultural, similar al mío aquí en Holanda, ¡pero al revés!
Comprendí que ella había sentido lo mismo que sentimos nosotros cuando todo nos parece tan diferente y a veces hasta un poco difícil. Y comprendí que ella estaba generalizando algunas malas experiencias, de la misma manera en que yo generalizaba algunas cosas que me habían pasado aquí en Holanda.
Entonces le envié una respuesta corta, agradeciendo sus saludos y comentando que era una pena que no hubiera disfrutado mucho de su estancia en Perú, según lo que podía leer en su blog. Su respuesta fue muy clara: Las cosas que escribió las escribió hace ya algunos años, durante su primer año en el Perú, que ese ya no era su sentir y que con el tiempo había ido cambiando poco a poco de opinión, a tal punto que ahora que estaba de regreso en Holanda, extrañaba muchas de las cosas de las que en su momento se quejó.
Esto me sirvió para confirmar en voz alta lo que ya sabía: que cada cultura es distinta y que ninguna es mejor que la otra. Nadie es mejor que nadie, somos simplemente diferentes. Si vemos las cosas con ojos positivos, todo fluye a ese nivel.
No siempre es fácil, pero si esperamos respeto, debemos darlo. Así que intento mantener esa línea y cuando me pongo demasiado nacionalista, lucho por ser más tolerante, porque lo que para mí puede ser grandioso (o riquísimo) no tiene porqué serlo para la otra persona (y viceversa).
Para mí también fue grande el choque cultural los primeros dos años que estuve aquí. Mis primeras quejas fueron: la comida (ahhh), las fiestas/cumpleaños (ahhh), el sistema médico (ahhh), etc. Estuve tentada de escribir la segunda parte de “Undutchables” visto del punto de vista de un latino (¿han leído ese libro?). Pero también aprendí a valorar las cosas buenas que hay por aquí y ahora que tengo un hijo (y otro en camino) nacido aquí y un esposo al que adoro, también holandés, ¿cómo no voy a querer a Holanda? ¿Cómo voy a renegar de ella? Es ahora mi segunda tierra y ahora, casi 7 años después, por fin puedo afirmar que pisar Schiphol después de las vacaciones se siente tan bien como pisar el aeropuerto de Lima al llegar de algún otro lado. Ambos son “llegar a casa”.
Por supuesto que sigo adorando al Perú, con sus cosas buenas y malas, y sigo defendiéndolo a ultranza cuando escucho comentarios negativos. Sigo pensando que algunas cosas son mucho mejores allá que acá, la única diferencia es que ahora es más fácil reconocer que no todo es mejor allá, ni todo es peor aquí, que hay de bueno y de malo en ambos países, y que todo es una cuestión de actitud: una actitud positiva.
No voy a negar que tengo mis días: días de tristeza, días en los que extraño el Perú, días en los que lloro con música de mi tierra o en los que pienso en volver, pero eso es normal… De lo que hablo aquí es simplemente de las diferencias culturales, cada lugar tiene lo suyo, lo bueno y lo malo van de la mano y conviven en todo lado… Pero bueno, eso es ya otro tema.
Anyela Ramos, Holanda
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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