Mi sangre lleva tierra, tierra del Perú

Desde hace algunos años tengo la suerte y también la desgracia de vivir fuera de mi tierra peruana. Suerte ya que tengo muchas oportunidades de estudiar, viajar y nutrirme como persona. Y desgracia porque, aunque viajo mucho y conozco diferentes sitios y personas, no hay nada como mi Perú, mi gente, como nuestra sencillez y calidez.
He recorrido medio mundo. A mi corta edad, creo conocer mucho, pero ¿saben? Cuando uno nace en el Perú, todas esas cosas que nos suceden nos hacen personas llenas de vivencias. Nuestras almas están curtidas de lo bueno y lo que nos ha costado superar cada problema -pequeño o grande- que nos da la vida, la vida nuestra en el Perú.
Mis padres -personas maravillosas- son el pilar de mi vida. De ellos recuerdo que cuando era pequeño siempre me decían: “Estudia mucho que eso será lo único que quedará nuestro en ti, para toda tu vida y eso será lo que te hará sobresalir en este país, en este mundo”.
Recuerdo que de pequeño veía la puerta de mi casa como la de una pequeña oficina (de beneficencia). Gracias a Dios y a su perseverancia, mi padre era una persona con un patrimonio fruto de su esfuerzo, el que, al igual que mucha gente, le costó lágrimas y sudor. Mucha gente amiga de mi padre llegaba siempre para que él colabore en tal o cual obra social, o para que ayude a una u otra persona que, por circunstancias de la vida, estaba en una situación crítica. Siempre veía a mi padre y a mi madre darles la mano a todo aquel que necesitara ayuda y que, claro, podían ayudar.Después de haber cumplido 14 años, recuerdo las colectas de ropa y juguetes que se realizaban entre miembros de mi familia para llevarlos a los lugares más pobres de mi ciudad. Cuando llegaba a cada sitio nuevo, me costaba comprender que las personas pudieran vivir en esas condiciones: en arenales, sin agua ni energía y, lo que es peor, con una alimentación incipiente.
Fue chocante descubrir que no solo había esa pobreza, sino que había otra muy extrema, que te duele solo al verla, que te marca el alma de la impresión. Fue así que me dediqué más a los lugares más necesitados.
Sin querer me fui involucrando en una obra social. Disfrutaba ver que con lo poco que daba recibía mil sonrisas que me llenaban el alma. He vivido creyendo en mi país, pero he renegado de los gobernantes, ya que he visto que la pobreza ha ido a más y no ha disminuido. El Perú es costa, sierra y selva; muy bien, pero todos deberíamos tener las mismas opciones y oportunidades. Lamentablemente, así como en el mapa, costa, sierra y selva están separados por el olvido e ineficiencia de los gobernantes de turno.
Después de algunos años, me enviaron a estudiar fuera del país, pero me faltaba algo: aquí en Europa no veo gente realmente necesitada como la hay mi ciudad (Cañete), en Lima y en diferentes partes de nuestro querido Perú.
Cada Navidad regresaba a Perú, a mi Cañete querido, y cada vez salía lleno de juguetes. Pero ya no era como antes, los juguetes no eran de segunda mano, los había podido comprar nuevos con la ayuda de mis primos y mi querida prima Karin Matumay. Además, ya no eran ni 10 ni 15 niños como antes, eran más de 200. Y en cada lugar, cada sonrisa y esa frase que no me gusta que me digan (“gracias joven”) me llenaba y me recargaba en esta lucha contra el olvido.
Una pelota o una muñeca eran capaces de dibujar sonrisas en los arenales que recorría. Algunas veces deseo que no sea arena, ya que el viento borra las huellas en la arena; quiero que sea barro, barro que quede marcado. Creo que esas sonrisas (que gracias a muchas personas el día de hoy puedo ayudar a dibujar) y esas navidades quedarán grabadas en esos niños para toda su vida.
Estando en España una vez mis amigos me preguntaron qué era lo que había hecho en Navidad en mi país. Les enseñé mis fotos y al verlas se quedaron algo sorprendidos por las cosas que se veían: casas en medio de la nada, niños jugando solo con su imaginación, con cuerdas o con latas. “Estas son las chocolatadas –les dije-. Estos son mis niños, como ellos hay muchos en mi tierra”. “¡Qué fuerte! –me respondieron-. Y pensar que la gente aquí tiene todo y no lo valora”. “Así es –agregué-, estas son mis navidades. Claro que paso algunos días con mi familia, pero otros días también me lleno de alegría recorriendo estos sitios donde mucho niños me dicen tío”. Sonreí y les dije: “¿Ven? Tengo muchos sobrinos”.
Después de esta conversación, un amigo propuso hacer eso mismo pero de manera más organizada. Justo aquella tarde llegaba su tía, que es directora de la escuela inicial de niños “La Línea de La Concepción”, aquí en la provincia de Cádiz, en España. Reunidos vieron las fotos y todos sintieron que algo faltaba en ellos. Se dieron cuenta de que estaban incompletos, pudieron entender en mí esa necesidad de llenarme de los demás. Así surgió la idea de crear una ONG, una organización no gubernamental de cooperación al desarrollo, y así nació KHANAPERÚ. ‘Khana’ es una palabra quechua que significa iluminación, transparencia, como la luz al final del túnel.
Había pasado un año desde que empezamos a trabajar cuando sucedió el terremoto en Pisco, mi ciudad, la que se vio muy afectada. Esa Navidad, con más ganas de trabajar, fui a Perú y las chocolatadas y los regalos se hicieron ya en nombre de la organización.
Se pudo ayudar a niños con VIH y recuerdo que uno de ellos fue a mi casa. Cuando lo vi, lo cargué y abracé. Él me sujetó las mejillas y su madre rompió a llorar. “¿Qué te sucede?”, le pregunté. “De las pocas personas que saben lo que tenemos, nadie nos da la mano, mucho menos sujetan o cargan a mi hijo. Es más, nunca lo besarían”, me dijo. En ese momento se me cayó el alma porque veía que la desgracia no solo era estar infectado, la ignorancia de la gente los iba matando más rápido que la enfermedad. Aquella noche en mi cama, rompí a llorar como un niño. Fue una experiencia muy fuerte, pero también me sentí feliz de poder sentir por los demás, porque solo así me puedo ver realmente involucrado en sus luchas y sus persistencias.
Hoy agradezco a mis padres, porque por ellos puedo ser así; a todas aquellas personas de los pueblos de Cañete y Matucana, donde me permiten entrar y siempre soy recibido con muchas sonrisas y abrazos sinceros; y a mis amigos y miembros de la ONG KHANAPERÚ, por volverse parte de este proyecto, de esta realidad que poco a poco también se va convirtiendo en la realidad de muchas personas que solo sueñan con un mundo mejor.
En agosto del 2008 ellos viajaron conmigo al Perú. Fuimos a todos estos lugares que alguna vez me marcaron. Cada abrazo que recibieron, cada sonrisa, cada “gracias” que la gente de los pueblos que visitamos les dio, también fue para ellos una cosa especial y los hizo sentirse parte de esto.
El último día de visita en Perú, antes de regresar a España, recuerdo que miraron las fotos y lloraron, me daban gracias a mí por hacerles conocer lo maravillosa que es mi tierra y lo maravillosa que es mi gente, porque mi gente, los más pobres, ellos aun no teniendo nada, les han enseñado todo.
Gracias a Ana, Mari, Beli, Manuel, Victoria y a todas aquellas personas que forman parte de KHANAPERÚ.
Manuel Gómez, España.
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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