Haciendo conexión en Boston
Difícilmente suelo dormir cómodamente en los aviones, pero esta vez el cansancio y el rezago de las emociones vividas en la víspera por la despedida conjugaron y caí rendida. Al llamado de la tripulación desperté, asomé por la ventanilla, vi que sobrevolábamos tierra gringa, y chequeé mi reloj. Con una precisión poco usual, 6.10 a.m., mi vuelo de Continental aterrizaba en Houston-Texas, y a las 7.40 a.m. me esperaba la conexión rumbo a la ciudad de Boston. Tenía entonces que correr para pasar todas las garitas de migraciones y de control para alcanzar mi vuelo a tiempo.
Pero por más esfuerzo desplegado y sudando la gota gorda llegué a las 7.35 a.m., cuando mi vuelo ya estaba cerrado. Las disculpas de la counter no disiparon mi fastidio del momento, solo me quedó aceptar que me ubiquen en el vuelo de las 11 30 a.m.
Con cuatro horas de espera para abordar comencé a deambular. El aeropuerto George Bush es inmenso pero de más fácil acceso para desplazarse a diferencia de los gigantes de Florida o NY. Sin otro destino caminé buscando un espacio en las abarrotadas cafeterías. Me senté y empecé a observar curiosamente todo alrededor. como lo hice la primera vez que llegué. La gente, enfrascada en sus conversaciones animadas, en sus politos y gorras deportivas de invierno aún, felices devorando los sándwiches de McDonald’s o cualquier otro horrible fast food americano.
“Qué lejos quedó mi país. Pensar que ayer estaba junto a mi gente y ahora estoy tan lejos”, pensé. Busqué disipar la melancolía, compré el desayuno más light que pude encontrar, me dispuse a leer uno de los libros que me habían obsequiado, pero no logré concentrarme. Mientras mis ojos recorrían los primeros textos del prólogo, los recuerdos y fotos mentales más recientes empezaron a filtrarse vivamente entre líneas. Aparecieron entonces las sonrisas de tanta gente querida, de mi padre durante los desayunos caseros, las tertulias delirantes de risas con mis amigos, y también la tristeza y el llanto que no pudimos evitar cuando en el Jorge Chávez tuve que volver a decirles adiós.
Es que para mí, volver al Perú ha tenido esta vez una connotación muy especial. No pude haberlo sentido más acogedor, más llen de luz, de algarabía por el ardiente verano de febrero y marzo, más orgullosa que nunca por el ‘boom’ de la gastronomía, llena de cumbia, y de nuevos ritmos contagiosos, más poblada y congestionada vehicularmente al tope, pero rebosante de un innegable optimismo colectivo.
Y como las notas de nuestro himno, tras largo tiempo de peruano oprimido, por fin pude retornar a mi dulce hogar, a mi familia, mi madre, mi papi, mi hermano, mis sobrinos, mi perra Máxima, mi ciudad. Allí estaban mis amigos de siempre, y todas esas personas entrañables, compañeras que han significado tanto en algún momento de mi vida, esperándome con cariño, recordarme así que Perú es y será por siempre mi hogar.
Sucede que cuando decidí emigrar a Estados Unidos nunca imaginé cuánto me costaría aceptar este nuevo lugar como mi hogar circunstancial. Sin conocer mucho, solo llevada por las circunstancias del momento, hace 3 años me instalé en Cape Cod, y afortunadamente creo que la elección no fue tan mala.
El Cape también es conocido como la Nueva Inglaterra. Ubicada a una hora de Boston, la bahía esta bañada por las aguas del Atlántico y afortunadamente tiene el mismo horario que el Perú. Tiene muchos lugares interesantes por conocer. Plymouth, el pueblo donde se ha escrito los primeros pasajes de la historia norteamericana. Aquí todavía residen las comunidades indias que se enfrentaron con los primeros peregrinos europeos que arribaron en el siglo XV por eso la población del Cape es mayormente Irish, (irlandeses) descendientes de esos primeros colonos europeos.
Otro pueblo simpático para visitar es Province Town. Después de San Francisco, es la comunidad que alberga un gran número de población gay de este país. “Pi Town” como se le conoce también, me recuerda el balneario de Asia en Lima, aunque es más tranquila, sus calles invitan al paseo turístico, la armonía en que viven sus pobladores se esparce en el aire. La cordialidad es el letrero de bienvenida a los visitantes. -no en vano la famosa poetisa Mary Oliver, autora de los versos más hermosos y sensibles de la poesía americana contemporánea vive actualmente en esta localidad-.
Todo Cape Cod es turísticamente atractiva y espléndida para visitar, especialmente en primavera y verano. Hermosas y cristalinas playas bordean la ciudad. Lagos, yates, barcos y ballenas son parte del panorama, todo enmarcado bajo un limpísimo cielo azul.
Siendo entonces una ciudad bonita, tranquila y segura para vivir, siempre me he cuestionado el porqué no he querido considerarla como un hogar permanente. Debe ser porque a pesar de sus maravillas, siento realmente que no pertenezco aquí.
Claro, aquí he vivido muchas de mis experiencias positivas. Aquí me reencontré con amigas de antaño, aquí estudié y aprendí del idioma y del periodismo americano, aquí aprendí a trabajar a lomo partido, en jornadas incluidas de sábados y domingos, insertándome así a la cultura del time is money. Aquí asimilé la cordialidad como parte de la cultura de vida americana. Aquí me descubrí apasionada por nuestra cocina peruana. Aquí también conocí gente muy linda, mis primeros profesores de quienes recibí tanto apoyo, y a Juanchi y Johana, los mejores amigos que pude haber encontrado.
Pero también aquí conocí la soledad y la nostalgia (síndrome de la mayoría de inmigrantes) que acarrea la odiosa tristeza, especialmente cuando llega el invierno y el sol se oculta muy temprano. En esos días, todos iguales de oscuritos, es difícil evitar sentirse solo y empieza a encubarse la nostalgia de manera descomunal. Entonces, como fue en mi caso, el anhelo de volver pronto a mi país se convirtió en mi necesidad más grande, en mi consuelo, en mi único y mejor aliciente para seguir adelante.
Gracias a Dios ese maravilloso tiempo llegó, y los dos mejores meses llenos de recuerdos que ya han sido atesorados. Los días y siestitas en casita, las horas de cocina y comelonas con mi hermano y familia, los reencuentros de ley con mis amigas del cole, y de la universidad, la visitas a mis lindos compañeros del Mimdes donde trabajé por una década, mis días de playa en familia y mejores amigos, el reencuentro con mis amigos de RR.EE. luego de casi 12 años, visitar a mi abuela que le falta poquito para cumplir 100 años, la suerte de trabajar algunos días, las súper sesiones de masaje que me daba la tía Magui, los cumples de mis entrañables Nancy y Frimi, los karaokes de rigor, la noche del concierto de los Guns N’ Roses con Carlitos cuando todos quisimos linchar al vocalista Axl Rose por fresco, en fin, tantos inolvidables y divertidos momentos.
Si me permiten publicar esta historia, sepan que está dedicada a ustedes, mi familia, amigos y amigas de mi maravillosa tierra peruana. Cada uno de ustedes reciba mi sincero agradecimiento por tanto lindo gesto que tuvieron para conmigo. Gracias por permitirme traerme un pedacito de su cariño en mi corazón, por recargar mi espíritu de cosas positivas, por ayudarme a fortalecer mi fe, por su compañía, por sus consejos, por el aprecio que a pesar de tanto tiempo sigue intacto. Gracias por haberme hecho sentir muy feliz y agradezco también al cielo por haberlos encontrado tan bien. Mis maletas regresaron pesadísimas pero llenas de cosas lindas, de libros, de obsequios, pero sobre todo, de sus buenos deseos.
Aquella tarde en la que retornaba, aún sumida en los recuerdos con la penita respectiva, aborde el vuelo a Boston.
Mientras aterrizaba en el aeropuerto de Logan, decidí visualizar amigablemente el futuro. Living in América un poco más, finalizar mis estudios de comunicación, mis anheladas vacaciones en Europa claro que van, un poco más de lucha que dar, un poquito más que bregar, pero esta vez me siento bien, fortalecida, ready para echar adelante con todo.
La tarde era tibia y soleada en la majestuosa y bella ciudad de Boston. Los pilotos nos dieron la bienvenida.
- ¿Necesita alguna ayuda para bajar sus maletas?- interrumpió mis dispersos pensamientos algún amable pasajero con la cortés pregunta dentro del avión.
Agradecí el ofrecimiento. Más allá el mismo gesto al recibir ayuda extra al retirar mis pesadas maletas.
“Por lo visto ya estoy nuevamente en New England”, pensé. La cordialidad típica de sus habitantes es de siempre. No solo me arrancó la primera sonrisa del día, también terminó por hacer una real conexión dentro de mí con la realidad; estaba de vuelta en Estados Unidos.
Partí entonces rumbo al Cape. Mientras tomaba la highway de salida seguía milongueando. Sí, había extrañado conducir mi auto en la armonía y respetuoso orden de esta ciudad. Mis ojos se iban llenando del verdor del panorama, pero nuevamente evoque cuán feliz había sido en mi patria, cuanto la quería, y me pregunté apenada cuando podría regresar.
- Tranquila. Ese tiempo llegará muy pronto. Mientras tanto Perú, te quedas en mi corazón-, me consolé animadamente.
De repente “Don’t stop believing” de Journey, my favorita de favoritas empezó a sonar en la radio. Subí el volumen para escucharla mejor. Mientras seguía las notas de la canción, una gran parte de mi ser empezaba a llenarse de una sublime ternura y de esperanza.
Así debía ser. Un nuevo tiempo esperaba por mí. Un nuevo camino por recorrer estaba por empezar…
Marly Pereda Espinoza, Estados Unidos
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