Puyol fue el encargado de marcar a Figo y no lo dejó hacer nada. (Foto: Twitter Carles Puyol)
Puyol fue el encargado de marcar a Figo y no lo dejó hacer nada. (Foto: Twitter Carles Puyol)
Jorge Barraza

Periodista

Posee dos títulos que ningún archivo omitirá: ser el primer fichaje “galáctico” y el jugador más odiado de la historia del fútbol. Y tantos otros, aunque ninguno lo ha marcado más que aquellos. Luís Filipe Madeira Caeiro (lisboeta, 48 años) fue multicampeón en Europa, Balón de Oro del año 2000 y es Oficial de la Orden del Infante Don Enrique de Portugal. También millonario y esposo de una despampanante modelo sueca - Helen Svedin- que es la madre de sus tres hijas, protagonista ella de una chispeante salida de Ronaldo “el Gordo”. Jugaban ambos en Madrid, y mientras Figo era un profesional intachable, el brasileño adoraba la noche, estaba excedido de peso y solía llegar tarde a los entrenamientos.

-Aprendan de Figo, que a las cinco de la tarde ya está en su casa-, los retó Florentino Pérez, paternalista, al Gordo y un par más..

-Presidente, si tuviera la mujer de Figo yo también llegaría a las cinco de la tarde a mi casa-, respondió el maravilloso centrodelantero.

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Luis Figo fue un buen extremo derecho (quizás muy bueno, no más que eso), pero nadie lo recordará por sus fantasías con la bola sino porque hace veinte años protagonizó una bronca jamás vista ni antes ni después en los anales del deporte. Fue el 21 de octubre del 2000, cuando el clásico Barcelona-Real Madrid, el primero tras su escandalosísima salida del Barza. Figo sembró tempestades y cosechó maldiciones en aquel episodio que el barcelonismo no olvidará nunca y que daría para más de un libro.

El Camp Nou estaba como agazapado, en trance, en un silencio expectante, mientras Manel Vich, la voz del estadio, anunciaba los equipos. Dio la alineación del Barcelona, siguió con la del Real Madrid: “Casillas… Hierro… Roberto Carlos… Makelele…” Hizo un paréntesis para conferir mayor expectativa y significación, y al pronunciar “Figo”, explotó virtualmente el gigantesco estadio, detonó su bronca. El estallido reprobatorio, mezcla de silbidos y rugidos de cien mil personas es aún hoy, dos décadas después, uno de los sucesos más conmocionantes de este deporte. “Alcanzó 111 decibeles, el mismo ruido que hace un avión al despegar”, informaron expertos en el tema. Y nos impactó hasta a quienes lo veíamos por TV.

El abucheo y los gritos de “traidor” y “pesetero” continuaron cada una de las veces que Figo tocó el balón. Jamás en tan copetudo escenario se arrojaron tantos proyectiles a un futbolista, nunca se despreció tanto a alguien. Cada vez que iba a ejecutar un córner caían a sus pies botellas, naranjas, bolsas de basura, hasta juguetes sexuales (en 2002, enardecidos aún, le arrojaron una cabeza de cerdo)… No estuvo organizado, no hacía falta, el odio estaba instalado en cada corazón azulgrana. Luis Figo era el capitán y la figura saliente del FC Barcelona. Había llegado cinco años antes del Sporting de Lisboa para reemplazar a una estrella que también osó cruzar de vereda: Michael Laudrup dejó La Sagrada Familia para irse a otra catedral, el Bernabéu.

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Nadie podía sospechar que después de cinco años como culé, de ser un emblema del club y llevar el brazalete, de recibir los trofeos que se ganaban, huyera a los brazos del acérrimo rival sin el menor aviso, de la manera más sorpresiva. El 25 de julio del 2000, a los hinchas catalanes se les salían los ojos de las órbitas: la TV estaba mostrando en directo cómo su ídolo, con contrato con el club, era presentado por Florentino Pérez y Alfredo Di Stéfano como nueva luminaria del Real Madrid, dando inicio a la “era galáctica” del presidente blanco, consistente en contratar una megaestrella por año. Luego le siguieron Zidane, Ronaldo, Beckham, Kaká… En Cataluña el estupor era total, nadie podía entender qué había pasado, muchos incluso se resistían a creer que fuera cierto. Ya le habían sustraído a Di Stéfano en 1953, ¿ahora esto…? La indignación alcanzó su cénit tres meses después, cuando Figo debió volver al templo catalán con la casaca merengue. La ira y el despecho de los cien mil espectadores, fermentados durante ese tiempo, se descargó en el clásico. Barcelona ganó 2 a 0, aunque eso fue anecdótico. Y la victoria no calmó nada.

Florentino Pérez se había lanzado a la presidencia del Real Madrid en 1995 y perdió frente a Ramón Mendoza. En su segundo intento, año 2000, buscó dar un impacto con efecto doble, hacerse del jugador del momento y, de paso, clavar un puñal al barcelonismo: anunció que, de ganar, llevaría a Figo al club madrileño. Nadie le creyó. ¿Figo…? Noooo… eso “no era posible”. Tampoco que ganara las elecciones, pues no era favorito (lo era Lorenzo Sanz, que acababa de conquistar su segunda Copa de Europa desde el sillón). Figo nunca se iría del Barça, era un ídolo. Además su cláusula de rescisión ascendía a 61 millones de euros, algo exorbitante hace veinte años. Nadie pagaría eso.

Pero José Veiga, el agente de Figo, había firmado un maquiavélico y estrambótico pacto secreto con Florentino: si éste ganaba la presidencia, pagaba los 61 millones y le daba a Figo 500 millones de pesetas (unos 3 millones de euros). Si no lo conseguía, igual le daría al jugador los 3 millones. Era un negocio redondo y Veiga lo firmó confiado pues nadie pensaba que Florentino llegaría al trono. Pero… Si Florentino era electo y Figo se echaba para atrás, le tendría que pagar él ese dinero al Real Madrid. Era lo que valía el abono de un año de todos los plateístas en el Bernabéu. “Si yo no puedo cumplir mi promesa porque Figo y su agente rompen el acuerdo, al menos los abonados verán una temporada gratis al Madrid”.

Foto: AP
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A Figo lo seducía semejante dineral. Y aceptó, aunque por dentro sentía una presión tremenda. Cuando Florentino Pérez hizo el rimbombante anuncio electoral se pensó que era puro farol para captar votos. Luego lo reafirmó y recontraafirmó. Ahí, el diario Sport, de Barcelona, entrevistó a Figo para saber si era cierto y éste juró fidelidad al Barça, pensando que Florentino no se impondría en los comicios. Sin embargo, se dio lo impensable: sacó el 55% de los votos. Y Figo se vistió de blanco. Sport había puesto en tapa: “NO SE VA”. Quedó en ridículo. Sintiéndose traicionado como todos los culés, el día del partido con el Madrid, el matutino sacó en su edición “el antiposter”, una lámina gigante con un billete de 10.000 millones de pesetas con la cara de Figo, lámina que los hinchas llevaron al estadio y la mostraban como pancarta.

“Figo se fue como un traidor del Barcelona. No valoró lo mucho que le quisieron. Tomó una decisión incorrecta y la afición no le perdonará nunca”, recuerda Joan Gaspart, el titular barcelonista, a quien nadie envidiará su suerte. Fue durante 22 años vicepresidente del club, asumió la presidencia el 23 de julio de 2000 y apenas puso un pie en el despacho se le fugó Figo. “La noche que fui elegido presidente, el mejor jugador del fútbol español se me fue al Real Madrid. Fue una jugada sucia, nocturna y alevosa de mi buen amigo Florentino Pérez”.

Al ser presentado en el Madrid, Figo lucía una cara de espanto, seriedad que no encajaba con el acto que se celebraba. Aún hoy el expuntero reconoce que “estaba asustado”. Pero aquel día de su reaparición en el Camp Nou aguantó todo con enorme temple. Puyol lo fue a buscar en una como para partirlo y no dijo ni mu, en otra le dio un pelotazo casual y la gente lo celebró como un gol. Pero pidió siempre la pelota y fue al frente. “Ningún deportista en el mundo habrá tenido la experiencia de jugar en un estadio con 100.000 personas contra él”, dice hoy el portugués. Ninguno tampoco se atrevió a tal infidelidad con una hinchada que lo quería.

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