Por Marcial García

La minería en nuestro país lleva décadas entrampada en un clima de conflictividad social permanente, ante la pasividad e indiferencia del Estado. Desde Tambogrande hasta Tía María, pasando por Conga, se han frustrado una serie de proyectos de un enorme potencial productivo, con la falsa excusa de defender el medioambiente, a punta de movilizaciones y protestas violentas. Es incalculable el daño que se ha causado al Perú en términos de crecimiento económico, empleos y tributos.