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Edgard Guillén: el mago del unipersonal

A los 80 años, el incansable y talentoso Edgard Guillén vuelve a hacer teatro en su casa con una performance en la que rendirá homenaje al maestro del butō. La temporada se iniciará el 1 de abril.

Edgard Guillén

Edgard Guillén en 2014, en el papel de Hécuba, la reina de Troya que tras la muerte de su hijo va en busca de venganza. [Foto: Renzo Babilonia]

Renzo Babilonia



una sala en penumbras. De pronto, un haz de luz baña el centro de la habitación y comienza a distinguirse la figura de un hombre flaco. Viste una especie de túnica y su cabeza brilla como una bola de billar. Está solo en el escenario y su cuerpo se contorsiona como si fuera una marioneta. Los brazos extendidos, la espalda se arquea hacia atrás y hacia adelante, y el hombre experimenta entonces una especie de metamorfosis. Se convierte en el Fausto de Goethe, el personaje capaz de vender su alma al diablo con tal de obtener conocimiento, placer y fortuna; después es Ricardo III, el rey shakesperiano que no duda en asesinar a quien se interponga en su loco camino hacia el poder; y luego se vuelve el andrajoso protagonista de Carnet de identidad, la obra escrita por Juan Gonzalo Rose, en la que un ser humano despierta tras un sueño de dos mil años, y es acechado por los ecos de un mundo posnuclear.

Todos estos personajes, finalmente, son uno solo: un actor que acaba de cumplir 80 años y que está sentado en el centro de su sala, rodeado de recuerdos, cuadros, afiches, fotografías y máscaras, con las que ha interpretado cada uno de sus papeles. Un actor que, desde que cumplió los 22 años, jamás dejó de subirse a un escenario para hacer lo único que le hacía feliz: hacer teatro. Ser otro y ser él mismo a la vez.

Su nombre es Edgard Guillén y —luego de una década de haber clausurado el teatro en su casa— anuncia con ilusión que volverá a abrir las puertas de su pequeño mundo, en Pueblo Libre, para pararse nuevamente frente al público. No más de treinta personas, que se sentarán otra vez en las sillas de su sala, o en las gradas de las escaleras, para observar un espectáculo único, el de un actor que se niega a claudicar. Al final de la función, él conversará con los asistentes, les contará su vida y pasará el sombrero una vez más.

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En el número 1147 de la avenida Paso de los Andes hay un letrerito con su nombre: Edgard Guillén. La puerta se abre y aparece él con una sonrisa ancha. Viste una camisa celeste y un pantalón casual, y no aparenta tener los 80 años que acaba de cumplir. Me recibe con un apretón de manos, y le comento que la última vez que nos vimos fue justamente en el 2008 cuando me contó —con pesar— que iba a cerrar, quizás para siempre, la temporada de teatro en su casa. Ahora, paradójicamente, nos reencontramos para la reapertura de esas jornadas de unipersonales que lo hicieron tan feliz.

Edgard Guillén

A los 80 años, el actor vuelve a abrir las puertas de su casa con un homenaje a Kazuo Ōno. [Foto: Hugo Pérez]

Hugo Pérez

Todo se inició con un post que él publicó en Facebook el pasado 1 de marzo. Ahí decía: “Cumplir 80 años es abrumador… 58 años los dediqué a esto que se llama teatro…el más mínimo impulso me llevó a él… mañana tarde y noche... no había dudas... los maestros, los libros, las aulas, las teorías, los métodos y el trotar mundos me empujaron a querer ser mil y una personas y me pregunto si alguna vez fui yo, cuando sumergido en múltiples personajes, al término de cada ceremonia viva, me descubría caminando solo por calles, plazas, parques y ciudades. […] No hubo tiempo de amar o tiempo de ser amado… atravieso mi vida sin poder explicarme... las noches son para soñar un otro mundo que me alimenta en el más absurdo de los mundos y me pregunto si no será ese el final de todo... quiero reinventarme, pero veo que solo es posible en ese micromundo que quiero volver a compartir con ustedes. Nuevamente, TEATRO EN MI CASA, ¿será aquí donde continúe y termine este viaje?”.

Guillén me invita un vaso de Inca Kola y me dice, con sinceridad: “El Facebook para mí es como el desahogo. No sé si leíste la reflexión que escribí, pero a veces publico cosas y después me arrepiento. Ahí digo que solo tuve tiempo para hacer teatro y es verdad. A veces la depresión hizo que me retirara un poquito, pero llevo 58 años haciendo teatro sin parar. Últimamente, he estado haciendo teatro delivery, pero ya me cansé, y tomé la decisión de volver a actuar en mi casa. Voy a tener que transformar otra vez la sala, deshacerme de esto, de aquello, poner asientos, luces nuevas… Pero empiezo el 1 de abril de todas maneras. Y si me tengo que morir actuando, mejor en mi casa. De repente, estoy en plena obra y me caigo muerto. Sería maravilloso”, sonríe.

Después se pone serio y comenta: “Yo no sé si le tengo miedo a la muerte… justo hoy, temprano, soñé con una actriz que era muy amiga mía, Rosa Wunder, la mamá de Gustavo Bueno, quien falleció a los 86 años. En el sueño, le decía que estaba muy preocupado por saber si había o no un más allá. Después, he soñado también con Mario Delgado —su gran amigo, el desaparecido director de Cuatrotablas— y le he preguntado: ‘Mario, ¿el cielo existe?’. No es una preocupación consciente, pero debe estar ahí, en mi subconsciente, para soñar estas cosas”.

La idea de llevar el teatro a su casa surgió a inicios de los años noventa. Era una respuesta a la crisis del momento. Crisis coyuntural y personal. “El por qué lo hago tiene muchas explicaciones y la más evidente, entre tantas, es querer seguir adelante con el único trabajo que sé hacer, pese a las condiciones adversas del medio. Son pocas las salas que se alquilan y muy pocos quienes podemos alquilarlas. Los auditorios de los institutos culturales son para breves temporadas y algunos con requisitos increíbles. Nunca olvidaré que para el estreno de Ricardo III se me quiso cobrar 500 dólares por una noche y porque el público era invitado. Por suerte el alma de Shakespeare hizo que no progresara semejante abuso: por tratarse de él se me exoneró de tamaño costo. […] Otros cobran por sábados y domingos un precio tan especial que no se puede afrontar, porque lo que queda de taquilla, después de haber cobrado ellos el 40 por ciento, difícilmente alcanza para pagar a quienes podrían trabajar con uno… Entonces, ¿por qué demonios no hacer las funciones en la sala de mi casa sin cobrar la entrada y pasar el sombrero para simplemente sobrevivir de lo que más me gusta en la vida?”, escribió en un texto publicado en el libro Memoria de mi memoria.

Así Guillén se convirtió en un artista solitario. “En un autogestionario”, dice él. Es su propio director, productor y autor. Pero no siempre fue así.

Edgard Guillén

El actor en la sala de su casa. En la pared, a la izquierda, se muestra el cuadro de Kazuo Ōno en una performance en Nueva York. [Foto: Hugo Pérez]

Hugo Pérez

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Nació en Arequipa, en 1938. Fue el último de cuatro hermanos —“Era el conchito”, ríe—. Pasó su niñez en Puno, donde su padre era tesorero de la Beneficencia Pública. Por la diferencia de edades, llegó a ser criado más por su hermana mayor que por su mamá. “Cuando hice terapia, el psicólogo me dijo: ‘Tú eres un niño doblemente abandonado’”. Sucede que su madre prácticamente lo entregó a los brazos de su hermana, a quien él quiso tanto que, cuando ella se casó y se marchó a Lima, sintió como si se hubiera quedado huérfano. “Yo la adoraba —cuenta, mientras me enseña su fotografía colgada en la pared—, tenía 5 años cuando ella se fue y recuerdo claramente haber llorado por las noches, solito, porque se había ido”. De su madre, Rosa Mendoza Núñez, recuerda que le gustaba el cine, el arte y el canto, y que, además, bordaba de maravillas; y de su padre, Leonidas Guillén Zaconet, que tenía parientes fotógrafos y documentalistas. “Seguro de ambas ramas me viene la vena artística”, afirma.

Edgard llegó a Lima a los 12 años para terminar la secundaria. Sufrió horrores en el colegio Guadalupe —a donde el esposo de su hermana había insistido que lo matricularan porque “ahí se hacían a los hombres”—, pero luego le fue mejor en La Merced, una escuela de curas mercedarios, amigos de su mamá.

Era un niño tímido pero aplicado. Cuando terminó los estudios, lo único que quería ser era médico. Postuló a la Universidad de San Marcos y una tarde, mientras iba a ver sus notas, se detuvo en el local del Teatro Universitario (TUSM), en el jirón Lampa. Un aviso había llamado su atención: se anunciaba un taller teatral a cargo de Luis Álvarez. Estaba absorto en el anuncio cuando escuchó una voz:

    —¿Quieres ser actor?
Se volteó y vio a un hombre bajito, de aspecto amigable.
   —No —le dijo.

Pero el hombre insistió. Le preguntó de dónde era, y cuando descubrió que había nacido en Arequipa, lo abrazó y le contó que era su paisano. Se llamaba Guillermo Ugarte Chamorro y era el director del TUSM. Entonces, lo invitó a pasar.
“Entré y ahí me quedé, hasta el día de hoy”, me dice Edgard Guillén.

Edgard Guillén

Edgard Guillén en la obra Ricardo III [Fuente: Centro Cultural Británico]

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Sus grandes maestros de esa época fueron Luis Álvarez y Carlos Gassols. “Había una escuela muy bonita en ese tiempo”, cuenta sobre su paso por el TUSM. Sus inicios fueron en el grupo Alba, con Alonso Alegría, quien es menor que él, pero lo dirigió en 1961, nada menos que en el montaje de Esperando a Godot, en el Club de Teatro de Lima. Luego, pasó a El Tábano, donde conoció al gran director y dramaturgo Hernando Cortés. “Ese año me marché a Europa, con una compañía española, con la que me fui de gira. Hicimos, antes, una parada en Colombia, con un repertorio muy lindo. Eran obras de Jacinto Benavente. Estuve tres años en España haciendo teatro; ahí hice una de las cosas más bellas que he realizado en mi vida, Historia de un soldado, de Ramuz y Stravinsky, dirigida por Ángel Facio. Luego, me fui a Holanda, donde viví todo el año 1964 y después me volví a Lima”, cuenta, con una memoria envidiable.

A su vuelta, en 1966, estrenó en La Cabaña, Carnet de identidad, el texto que Juan Gonzalo Rose escribió para él y se convirtió en su obra emblemática. La ha realizado en cuatro ocasiones, la última en 1993 ya en su casa de Pueblo Libre. A fines de los años sesenta, Guillén formó su propio grupo —Pequeño Teatro—, con el que realizó obras importantes, innovadoras y atrevidas.

“En Wikipedia ponen que fui el iniciador, o algo así, del teatro gay en el Perú. Al principio me dio rabia, pero luego dije: ‘Sí, pues, fui el primero en tocar este tema en un escenario de Lima’”, afirma. La obra se llamó Ejercicio para cinco dedos, de Peter Shaffer, en la que una madre burguesa y sus dos hijos —una adolescente y un muchacho— se enamoran del profesor de piano. Luego, vinieron Las criadas, de Jean Genet, en la que él y los actores Arturo Villacorta y Alfredo Ormeño salieron al escenario con trajes largos y delantales. “En un momento nos quitamos el vestuario y nos quedamos calatos. Debe haber sido la primera vez que pasaba eso en Lima. Era 1973”, cuenta divertido.

Después, en 1977, estrenó Los muchachos de la banda, con la que medio Lima —dice en broma— salió del clóset. En los años ochenta realizaría una de las obras más vanguardistas que se han presentado en la escena local. Con su gran amigo, el recordado director y actor Mario Delgado, montó una especie de laboratorio teatral. Cerraron la sala del Icpna de Lima, y detrás del telón pusieron dos columnas de sillas, en las que se sentaban los espectadores. Quedaba una franja de escenario, donde ambos rindieron homenaje al teatro mismo, a su vida como actores y al maestro Konstantin Stanislavski. La obra se llamó Los viejos papeles y tal vez significó el embrión de lo que Guillén ya venía gestando: su pasión por la metamorfosis de personajes que, en el fondo, resultan ser el mismo actor que cuenta su vida, sus dramas y miedos, a través de otros. Eso que, con el tiempo, lo ha convertido en el mago de los unipersonales, capaz de reinventar una tragedia clásica en la sala de su casa y mantener en vilo a una audiencia que prácticamente convive con él durante la hora que dura la función. Algo que el gran crítico Hugo Salazar del Alcázar llamó “el género Guillén”, y que tal vez se manifiesta en obras tan personalísimas como Sarah Bernhardt y las memorias de mi vida, en la que el actor se rapó la cabeza, y encarnó a la mayor diva de la escena francesa.

Edgard Guillén

Edgard Guillén interpretando a Kazuo Ōno. [Foto:Renzo Babilonia]

Renzo Babilonia

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“Cuando alguien por ahí dice: ‘Esto no le va a gustar al público’, es mentira. El público recibe lo que tú le das si lo sabes transmitir. Yo he hecho durante nueve años Fausto y cuatro años Ricardo III en mi casa y siempre hubo gente. Creo que el teatro está hecho para pensar, para vivir, para transmitir, para convivir con los personajes, y para hacer al público partícipe de esa experiencia”, dice.

Por eso asegura que siempre ha vivido a través de la actuación. “Un amigo me decía: ‘Va a ser difícil que puedas compartir tu vida con otra persona, puesto que siempre la has compartido con el teatro’. Y es cierto. Nunca he tenido tiempo para querer ni para dejarme querer”, reflexiona. El ser que más amó se llamaba Osito y vivió con él más de 18 años. A la muerte de su lanudo perrito blanco, la depresión lo llevó a cerrar el teatro en su casa hace diez años.

Ahora está de vuelta. Quiere reinventarse y hacer algo nuevo. Entonces apareció la figura de Kazuo Ōno, el maestro japonés de esa danza oscura y silenciosa llamada butō. “Es un personaje que siempre he idolatrado —dice—, al que siempre le pisé los talones. Alguna vez llegué a Brasil a verlo, pero la noche anterior ya había partido. Murió a los 103 años, y bailó hasta el último, hasta en silla de ruedas. Lo que hacía en el escenario era impresionante”. En su sala hay dos fotografías que muestran a Kazuo Ōno en plena acción. En una de ellas, agita algo que parece una manta, mientras tiene la cara pintada de blanco, como un mimo. “¿Qué crees que está haciendo ahí?”, me pregunta Guillén. “Está en un hotel de Nueva York, ha cogido un cubrecama, y ha salido a las calles en una especie de performance”.

Guillén cuenta que siempre quiso ser como él o mejor dicho que siempre quiso ser él. Pero como eso es imposible, entonces ha concebido un espectáculo que ha llamado Viviendo a Kazuo Ōno. “Como no lo voy a imitar, eso sería una grosería, voy a vivirlo a mi manera”.

Edgard Guillén

Fuasto, uno de los tantos personajes de Edgard Guillén. [Foto: archivo]

Archivo

Las luces de su sala se encenderán nuevamente el próximo domingo 1 de abril. Y otra vez este hombre solitario se pondrá en la piel del actor que siempre fue para sentirse menos solo. “Soy un solitario absoluto, pero la soledad no me hace mucha gracia, menos ahora que tengo 80 años”, dice. Y, luego, mira debajo de los muebles. Busca a Micha, su gata negra que lo acompaña desde hace cinco años.

“A veces hay gente que no entiende —me dice, mientras mueve su cabeza a ambos lados—, pero para un solitario una mascota lo es todo”.

una imagen
—¿Cómo creas un unipersonal?
Te diré que en mi primer unipersonal, Sarah Bernhardt y las memorias de mi vida , fue cuando descubrí que todo nace a partir de una imagen. Yo me imaginé una Sarah Bernhardt con la cabeza rapada y me corté el pelo —en esa época tenía una melena gigantesca— y me afeité, me puse un corsé y una pierna ortopédica. Era una imagen grotesca y para mí esa era Sarah, la diva de la escena francesa. Entonces, así nace el unipersonal y se llamó Las memorias de mi vida porque, a través de ella, yo contaba mi vida, lo que me había pasado a mí de niño, de cómo me enrolé en el teatro. Solo sacamos (con Sara Joffré) una escena de esa obra estupenda que se llama Sarah y el grito de la langosta, que es cuando ella se enfrenta con Oscar Wilde y le pregunta: “¿Tú crees que en los siglos venideros nos perdonen?”. Porque ellos eran tan abiertos, tan liberales.


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