"Carta al teniente Shogún" - Lurgio Gavilán. (Foto: Difusión)
"Carta al teniente Shogún" - Lurgio Gavilán. (Foto: Difusión)

Por: Charles Walker
Comencé a leer el libro de Lurgio Gavilán Carta al teniente Shogún con una rara combinación de expectativa y trepidación. Me había cautivado su primer libro, Memorias de un soldado desconocido, que es tanto una autobiografía como un gran retrato del Perú de los años de guerra interna. Lo he releído, usado en varios cursos y seminarios, y recomendado a muchas personas, tanto su edición en castellano como en inglés (están en camino las traducciones al japonés y francés). Dudaba, sin embargo, si Gavilán iba a poder igualar la calidad de la prosa, la riqueza de las historias y su visión tan humana en su siguiente libro. Me preguntaba si no estábamos frente a un one-hit wonder, esos conjuntos de rock y pop que tuvieron un gran éxito y nada más. Felizmente, no es así. Carta al teniente Shogún es otro libro formidable, una importante contribución que confirma el lugar de Gavilán entre los grandes escritores peruanos en la actualidad.

El libro es una carta testimonial al teniente Shogún, el oficial que le salvó la vida a Lurgio más de una vez. Cuando el ejército capturó a Gavilán —en ese entonces miembro de Sendero Luminoso— en las alturas de Huanta, el teniente ordenó a sus soldados, en el último segundo, que no lo mataran. Parece que la condición de niño —flaco hasta los huesos, con ropa remendada muchas veces— le generó compasión. Gavilán describe otros actos benévolos del oficial, como cuando lo protegió del abuso de los soldados o le compró un par de zapatos.

—Buscando al teniente Shogún—
En Memorias de un soldado desconocido, conocimos a Lurgio como niño senderista, preso, soldado, sacerdote y antropólogo doctorado en México. Aquí descubrimos otras facetas, tanto o más fascinantes, de su vida. Gavilán retorna a su época en Sendero Luminoso para retratar el amor a su compañera Rosaura. Ambos sufrieron hambre, pero, más importante que eso, cuestionaron a Sendero: entendieron que su revolución era una ilusión terriblemente costosa y que el liderazgo senderista no se preocupaba por los “cuadros menores”. Estos dos jovencitos se cuidaban entre sí y encontraron el amor que tanto necesitaban hasta que ella murió en una emboscada. Es una carta de amor única en la literatura peruana. El libro relata también la mudanza de su familia, desde San Miguel a la selva, el Vraem, a fines de los setenta. Constituye el mejor testimonio que tenemos de esa migración interna que involucró a miles de personas. A la familia Gavilán le tomó días de caminata llegar; hoy en día hay carretera, pero los narcos tienen presencia y el impacto ecológico ha sido devastador.

Gavilán da vida a otros procesos, experiencias y fenómenos. Demuestra su gran aprecio y amor por sus padres, quienes nunca dejaron de trabajar, siempre pensando en sus hijos. Valora sus raíces andinas y ofrece notables descripciones de comidas, celebraciones y vida familiar. El quechua tiene un papel importante en su prosa, al permitir la descripción de sus mundos y de las plantas y animales que tanto le fascinan. Con este nuevo libro, comprendemos más sobre su vida, desde su desilusión con la utopía imposible de Sendero Luminoso hasta sus estudios en México. Su prosa es calmada, ecuánime, pero se mueve con destreza entre la descripción y la ponderación filosófica.

Lurgio Gavilán
Lurgio Gavilán

En un momento, le plantea una pregunta a Shogún: “¿Pensaste que los monstruos de mil ojos y mil oídos en realidad eran pobres harapientos sin táctica de guerra?”. Para algunos lectores, su descripción de la crueldad de los soldados hacia los senderistas capturados podría ser chocante e incómoda.

El libro es un intento por ‘encontrar’ a Shogún para agradecerle y hacerle saber que su acto de piedad —salvar a Gavilán y cuidarlo— permitió esta vida tan productiva, tan rica y con tantos vaivenes. Es evidente que, si Shogún llega a leer este libro (se desconocen hasta hoy su identidad y paradero), como todos esperamos, estará muy orgulloso de Gavilán y se dará cuenta de que esa decisión azarosa tomada en Razuhuillca, en 1985, al no permitir que sus soldados exterminasen a un niño hambriento, fue un milagro que ha permitido al autor tener la vida o vidas que explora con tanta destreza en sus dos libros.

Estamos frente a un testimonio único, desgarrador y humano, pero también a una gran obra de literatura. Como en su primer libro, Gavilán combina lo personal e íntimo con reflexiones mayores sobre el Perú, la violencia y los caminos a la reconciliación. Lurgio Gavilán no solo es un gran etnógrafo y un sobresaliente productor de literatura testimonial, sino también un autor original y fundamental.