Por Oscar Paz Campuzano

Lima se ha edificado en gran medida con el ladrillo de Huachipa. A diario, miles de bloques de arcilla se queman aquí en hornos abiertos que le dan a esta zona del valle del río Rímac –o de lo que queda de este– un aspecto tóxico, deletéreo. He aquí la paradoja de la capital: las ladrilleras que aportan el insumo básico con el que se construyó la ciudad en las últimas tres décadas estarían, según un reciente estudio, destruyendo el ecosistema que las alberga.

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