Flor Quispe, la explotadora, trabajaba en un establecimiento de salud de Zapallal. No se presentó a la lectura de la sentencia y la policía la busca.
Flor Quispe, la explotadora, trabajaba en un establecimiento de salud de Zapallal. No se presentó a la lectura de la sentencia y la policía la busca.

En la esclavitud no ha desaparecido. ‘María’, de 10 años, tenía que cocinar, barrer, trapear, planchar, lavar la ropa y los utensilios de cocina de la casa de su madrina, Flor Mirtha Quispe Mallqui, de 38 años. Hacía todo eso de lunes a domingo y, por si fuera poco, también debía cuidar al bebe de 2 años de la mujer. Cuando algo no le salía bien, Quispe le daba de correazos y le gritaba que era una “tonta”, “burra” o “puerca”.

En noviembre del 2014, una vecina que había escuchado los maltratos aprovechó que Quispe se iba a trabajar y se acercó a conversar con ‘María’. La examinó rápidamente y vio las marcas de correa que tenía en las piernas. Al volver a su casa, llamó a la línea 100 para denunciar la situación. “Esa mujer acostumbra traer niñas de lugares apartados para tener mano de obra gratuita”, denunció.

Cuando llegaron los policías y representantes de la fiscalía, encontraron a la niña en plenas labores. “La señora Flor se va a trabajar y me deja cocinando. Sé hacer varios guisos”, les dijo, y se vio interrumpida por el llanto del bebe. ‘María’ abrió los ojos y exclamó nerviosa: “¡Tengo que ir a verlo!”. Y se fue corriendo.

Los funcionarios se miraron e ingresaron a la casa.
–¿Todos los días tienes que hacer esto? –le preguntaron.
–Sí, pero sábados y domingos es peor. La señora Flor está acá y no puedo descansar.
–¿Te ha pegado alguna vez?
–Sí.
–¿Qué tan seguido lo hace?
–Todos los días. Una vez vino mi prima a verme y ese día no me pegó. Pero me llevó a su cuarto y me dijo: “Cuando se vaya tu prima, vas a ver lo que te voy a hacer”.

A pesar de ser la encargada de preparar desayuno, almuerzo y cena, la pequeña no podía disfrutar de las mismas comidas. Las frutas, las carnes y los lácteos le quedaban terminantemente prohibidos. Ni qué decir de los dulces.

–En el desayuno y en la cena como pan con agua. En el almuerzo, arroz con lentejas y también agua. No me dejan tomar refresco.
–¿Te quedas con hambre?
–A veces... Pero espero a que ellos se duerman y me cocino algo rico. Lavo todo rapidito y me acuesto.

Un día, ‘María’ no resistió la tentación de probar el yogur que Quispe había comprado. Ni siquiera se sirvió un vaso. Solo abrió el envase y lamió la tapa. Quispe la cogió en el acto. “¿Acaso eres perro?”, le gritó.

Las autoridades sacaron a la niña de esa casa e iniciaron una investigación a Quispe. Esta, al ser confrontada, juró que criaba a ‘María’ como si fuera su propia hija. “¡Pero le negaba la comida! Eso es reprochable, sobre todo viniendo de una madre”, se queja la fiscal Berenice Romero Omaha, de la Segunda Fiscalía Provincial Especializada de Delitos de Trata de Personas.

73,2% 

de los niños y adolescentes que trabajan no recibe ninguna remuneración. Son considerados “trabajadores familiares”.

Quispe incluso insistía en que ella le pagaba a una persona adulta para que hiciera las labores del hogar. “Llevó a una testigo de parte, que se hizo pasar por la supuesta empleada. Pero en el barrio nadie reconoció a esa señora”, cuenta la fiscal Romero. Agrega: “El servicio doméstico es peligroso para un menor de edad. La niña estaba en contacto con productos de limpieza, trabajaba sin descanso y a cambio de nada”.

—Sin apoyo familiar—
Cuando la fiscal Romero llamó al padre de la niña para ponerlo al tanto de la situación, este no quiso sentar ninguna denuncia contra Quispe. “Es mi comadre”, dijo. Y explicó que él le había firmado una cesión de tutela.

Eso fue en la primera quincena de setiembre del 2014, cuando Quispe lo visitó en la comunidad asháninka Shabashipango, en el distrito de Río Negro, en Satipo, Junín. El hombre es viudo y tiene varios hijos. “Trabajo todo el día. Mi comadre me dijo que podía llevarse a ‘María’, que es su ahijada de bautizo, y mandarla a un colegio de Lima”, contó el padre a la fiscalía.

En cuanto llegó a Lima, Quispe se olvidó de la promesa. En vez de matricular a su ahijada en el colegio, le dio una lista de quehaceres. “Se lo contamos al padre, pero no entendió que lo que había hecho Quispe era un delito”, afirma la fiscal. El hombre se mantuvo al margen del proceso judicial y nunca reclamó nada para la niña. ‘María’, según ordenó la justicia, tuvo que volver a Satipo con él.

Peritos del Instituto de Medicina Legal concluyeron que la niña mostraba reacciones ansiosas compatibles con violencia psicológica. Los especialistas del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables agregaron que la menor presentaba indicadores de estrés agudo, que su situación era de vulnerabilidad y que su red de protección familiar era escasa.

El pasado 17 de octubre, Quispe fue condenada por la jueza Ana María Revilla, del Octavo Juzgado Especializado Penal de Lima Norte, a 23 años de cárcel y al pago de S/13 mil a favor de ‘María’. Según la fiscalía, es la mayor sanción impuesta hasta el momento en el país por trata de personas con fines laborales.

Sin embargo, la mujer no se presentó a la lectura de la sentencia. Tampoco estaba en su casa cuando la policía llegó para arrestarla. Al cierre de esta edición, seguía con paradero desconocido. 

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